Poesía

 

Poesía

A N C E S T R O S

Escucho en mi silencio voces quedas.
Venidas de otros siglos; de otros vientos.
Todas vibran en mí. Y en mí las siento
cimbrar las copas de mis arboledas.

Presiento que mi voz sólo remeda
ese rumor de risas y lamentos;
y, sin querer, revive sentimientos
que vaya uno a saber de quién hereda.

En mi decir sus voces sobrevienen.
Como un retoño sobre sus raíces,
hundidas en los humus del pasado,

Yo soy palabra suya, que ellos vienen
a decir en secreto en los jardines
de este prado interior que me han legado

 


AL SEÑOR DE LA PACIENCIA


Porque está tu esplendor
coronado de espinas,
es la rosa la flor
que más se te avecina.

Porque entrega la vid
su sangre en el lagar,
Tú pudiste decir:
Yo soy vid de verdad.

Y porque la mujer
que sufre dando a luz,
por el que ve nacer
se olvida de su cruz,

nos pudiste explicar
por qué debías sufrir,
pues no es posible amar,
como Tú, sin morir.

Y rosa, vid, mujer,
reflejan esta ley
de amor y padecer
que les puso su Rey

para prefigurar
qué precio de dolor
tendría que pagar
el amor del Señor.

Todo el que aspira a amar

como Tú nos amaste,
ha de poder pasar
por lo que tú pasaste;

por eso es que, - quizás -
das tu amor con medida,
pues si nos dieras más
nos quitaría la vida.

¿Quién osará pedir
la gracia de ese don
si no puede sufrir
otra crucifixión?

Dale al espino rosas,
dale vino al lagar,
da hijos a la esposa,
da valor para amar

Tú que a amar nos conduces
y a sufrir nos enseñas
fabricándonos cruces...
pero cruces pequeñas.


Cantehondo de’r chingolillo

¿Sabes por qué el chingolo
llora en la tarde
y suda el petirrojo
sudor de sangre?

Pues escucha esta copla
que trae el viento
y dime si es que sopla sin fundamento:

Voceaba sus peteneras
un pajarillo en la tarde.
Un pajarillo en la tarde
voceaba sus peteneras:

“¿Quién habrá que no se muera
sufriendo penas tan fieras
               ¡Ay!
sufriendo penas tan fieras
¿quién habrá que no se muera ¡Ay!
sufriendo penas tan fieras
con corazón tan cobarde?”

Y sus palmas las palmeras
acompañando sus ayes
al compás de aquella pena
piqueteaban por el aire
¡Ay!
y sus palmas las palmeras,
sus palmitas las palmeras
piqueteaban lastimeras,
-compasivas compañeras-
del avecita cobarde.

Y coreaban los gorriones
como estribillo a su queja:
“¡Canta! ¡canta tus dolores!
¡Porque las tribulaciones
que te tienen entre rejas
¡Ay!
porque las tribulaciones
que te traen entre rejas,
se han de aliviar con los sones
y endulzar con las canciones
que tu desgracia te deja!”

Y el chingolo y las palmeras
y el corillo de gorriones
dejaban la tarde entera
transida de peteneras
¡Ay!
dejaban la tarde entera
transida de carceleras
de transidos corazones.

Y tras callar un momento,
fatigados de sufrir,
retomaban el lamento
echando su pena al viento
como quien se va a morir.

Y tornaba el avecita
a derramar su razón
y a dar cuenta de su cuita:
“¡No duele tanto el dolor
que la vida nos envía,
cuanto el corazón traidor
¡Ay!
cuanto el corazón traidor
que nos llena de rubor
desertando en su agonía!”

Y era la pena tan grande
y tan débil el chingolo
que comenzó a sudar sangre
para compasión de todos
¡Ay!
que comenzó a sudar sangre
para compasión de todos
¡Ay!
que comenzó a sudar sangre
y se tiñó su plumaje
como el de los petirrojos


 E P I F A N I A
Meditación

Día de Reyes magos, seis de enero.
De niño es preguntar: ¿Qué me trajeron?
De adulto comprobar: ¿Qué me dejaron?
Y es de viejos, incrédulos y avaros:
sospechar que los Reyes les robaron.

Yo considero estos zapatos míos
y los encuentro llenos de...vacío.
Mas ya sólo tenerlos es regalo,
en los tiempos que corren, nada malo.

Así que: ¡gracias por estos zapatos!
Y mientras me los pongo y me los ato,
descubro otro regalo y me enmimismo:
¿no es don poder calzarse por sí mismo?

Y al ir desenvolviendo reflexiones
crece mi gratitud por tantos dones.
Caigo en la cuenta, con sorpresa mía,
de que es un día de Reyes cada día.

Porque al calzarse cada día los pies,
recibe el hombre, en don, cuanto hace y es.
Y lo que da la vida, aunque parezca malo,
es, bien mirado, todo de regalo.

Encuentro al despertarme... de mi engaño,
que es corona de gracias todo el año.
Y que la Epifanía manifiesta
que toda nuestra vida es día de fiesta.

Que nadie el Don de Dios, por tanto, mida
por los puntos que calza en esta vida.
Cuando regala, Dios tiene por norma
rebosar de abundancia toda horma:

deja lo mismo en la alpargata rota
que en los charoles y en las finas botas.
¿No vale más la vida que el vestido?
Descalzos nacen reyes y mendigos.

Fueron los Reyes Magos los primeros
en saberse, sin Cristo, pordioseros;
y en deponer ante los pies del Niño
su ofrenda de fatiga y de cariño.

Los primeros también que comprendieron
que Tú dejabas a estos hijos ruines
colmados de Jesús los escarpines.


  LA HUIDA A EGIPTO
Meditación

La Virgen Madre salva al Niño
huyendo en las persecuciones.
Huyendo, fue la Luz a Egipto
y perseguida, a las Naciones.

Como María: así la Iglesia.

La Virgen Madre salva al Niño.
Huye con él, del rey Herodes.
Vive, por él, en el exilio.
Vuelve con él. Con él se esconde.

Brilla la luz en vida oculta
con admirables resplandores.
Y ella, que ve la Luz, exulta,
hasta que alumbre entre dolores.

Como María: así la Iglesia.

La Madre guarda oculto al Niño
de la mirada de los hombres.
Pues todos somos asesinos
y todos somos pecadores:
el que no es Judas es Pilatos
quien no es Pilatos es Herodes;
y los que no, pasan de largo,
indiferentes o burlones.

La Virgen Madre ocultó al Hijo
huyendo en las persecuciones.
Huyendo fue la luz a Egipto
y perseguida, a las Naciones.
Pero en la Hora de su Hijo
acata lo que Dios dispone.

Como María, así la Iglesia.

Y así da a luz la nueva Luz
del Evangelio del Dolor:
el sufrimiento redentor
sufrido por y con Jesús.

Como María: así la Iglesia.

Huyendo por y con el Niño
su santa Madre nos anuncia

y con su ejemplo nos enseña

un evangelio de cariño,
un evangelio de renuncia
y un evangelio de paciencia

Y así la Iglesia.


RETRACTACIÓN DE FRAY LUIS DE LEÓN
(Para la Ascensión y su octava)

Una Voz:
Fray Luis: pues ves ahora
lo que hace cuatro siglos no veías,
tu queja de una hora,
que aún gime en tu poesía
con nuevas luces - ¿no retractarías?

Fray Luis:
De mi engaño me espanto.
De ese canto de ayer aún hoy me curo:
“¿Y dejas Pastor santo,
tu grey en este valle, hondo, oscuro
con soledad y llanto
y tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?”

El Pastor:
¿Comprendes, Luis, ahora
que estás en mi anhelada compañía,
cuán ciego fuiste otrora
si viendo que partía
no comprendiste que era para tu alegría?

Fray Luis:
¡Que injusto era el reproche
que contra ti lanzaba en mi amargura!
¡Tú estabas en mi noche
-aunque larga y oscura-
como en el pan está la levadura!

Mas dije inadvertido:
“¿Los antes bienhadados
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
a do convertirán ya sus sentidos?”

Job:
Tú, que las Escrituras
escrutabas con arte de rabino
¿Lucas no te asegura
-en el verso vecino-
de un grande gozo que les sobrevino?

Fray Luis:
Sí, pero estaba ciego. Y dije en mi amargura:
“¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura:
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

San Lucas:
Bien claro dejé escrito:
¡Sus ojos se prendaron
de la nube que de ellos lo ocultaba!
¡Y en ella se arrobaron
más que cuando él estaba!
Sus oídos, abiertos, escucharon
las voces de unos ángeles que hablaban.

Fray Luis:
¿Y yo? Triste gemía,
por no considerar tanta alegría:
“Aqueste mar turbado:
¿Quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero airado?
Estando tú encubierto
¿qué norte guiará la nave al puerto?”

San Lucas:
¿No reparabas en la Bendición
ni la Promesa oías?
¿Pues ambas en el Templo de Sión
Congregaban la grey día tras día
y fiel en la oración
allí la congregaba y mantenía?

Luis: ¿dónde viste el daño?
¿dónde vacilación en el rebaño?
¿No te hablé de tus sus manos levantadas
en oración constante y regalada?


Fray Luis:
Sí. Yo mismo me extraño.
Afuera de la rada
Se agitaba mi alma desolada:
“¡Ay! Nube envidiosa,
aún de este breve gozo ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos ¡ay! Nos dejas!”


Job:
Tiniebla es, engañosa,
que de extraviar las almas nunca ceja
y la angélica prosa
opuesta a su conseja
estorba y enmaraña en su madeja...


Santo Tomás Apóstol:
¡Pobre Fray Luis hermano!
Envuelto en una nube tenebrosa
de tu cuidado vano
se te ocultó la otra, luminosa,
nube de la Ascensión esplendorosa.



 PENTECOSTÉS

Un abismo de amor que a Sí nos llama
y una Llama de amor que nos abisma

Un suspiro, un anhelo,
el alma misma
como un peso del ser que a Dios atrae
y va hacia Él.
Y hacia Su amor se cae.

Un abismo de Dios
que se ensimisma
en santas nupcias con la creatura
y suspende, y sumerge en sus honduras.


Un abismo de amor que a sí nos llama, 
y una llama de amor que nos abisma
Un suspiro, un anhelo, el alma misma
como un peso del ser que a Dios atrae
y va hacia Él.Y hacia Su amor se cae.
Un abismo de Dios que se ensimisma
en santas nupcias con la creatura
y suspende, y sumerge en sus honduras

 

UN CORAZÓN FELIZ

Un corazón feliz. Es todo lo que pido.
Pero que sea feliz con sólo tu victoria.
Que te crea si dices que “todo está cumplido”
y espere firmemente que así verá tu gloria.

Un corazón feliz. De todo desasido.
Y con los brazos libres para abrazarlo todo.
Para quererlo todo como Tú lo has querido;
y que en vida y en muerte, viva y muera a tu modo.

No sé si lo que pido será mucho pedir...
¿Puedo beber el cáliz de Pasión que has bebido?
Lo que Tú resististe ¿lo podré resistir?

La Bienaventuranza de los que te han seguido:
- “si a mí me persiguieron os van a perseguir” –
es lo que Tú me ofreces. Y es todo lo que pido.

 


 

AL PRADO

"¡Oh prado de verdura,
de flores esmaltado,
decid si por vosotros ha pasado!"
[San Juan de la Cruz]

Prado montevideano.
Copia del Paraíso
donde me puso Dios como Adán ciudadano.
De céspedes prohibidos.
De araucarias que amo.
De senderos perdidos que recorro y reviso
y cruzan como líneas del destino mis manos:
por el querer, divinos;
por el errar, humanos.

Fuentes abandonadas.
Donde el alma se deja.
Donde el agua se queja
crepitando el arrullo de su blanda tonada,
su susurro de abeja
que persuade de siesta la quinta sosegada.

Cautivos de frescura en los hondos pilones
van peces dormilones en manadas doradas,
en manadas bermejas,
o vagan, remolones,
en lentas, sosegadas, apartadas parejas
contemplando sin prisa los algosos rincones
de su jaula sin rejas.

Y como un pez dorado
de brillantes escamas,
se aleja el alma, a nado,
buceando entre las ramas,
buceando en la arboleda soledosa del Prado.

Alma herida en los ojos por blando acero de agua,
en sueños, Adán fragua
que le corre un bautismo de prado por la frente,
que ha abierto sus portones en Gan-Edén la fuente,
y que puede pasearse, a solas con su Dueño
por el Prado del sueño.


Nota: Prado se llama un extenso parque
y paseo público de Montevideo, Uruguay
 



Buscamos el Edén

Buscamos un jardín que se parezca
Mas ninguno es igual,
En todos hay discordias,
En todos algún mal

Ya no hay Edén afuera
Ya no hay jardín cercado
Ni dicha verdadera
Ni día sin pecado.

Pero aún es posible
Por la gracia del Hijo
Hablarle al Padre dentro, en lo invisible
Acogerse a su sombra, a su cobijo.

Eso aún es posible por la gracia del Hijo.

Puedo ingresar en mí a ese mundo divino.
Y conversar con Dios como en el Huerto
No en el de Edén; en el de los Olivos.

Ya no existe el Edén del que Adán vino
Volverse a Edén es hoy volverse al Padre
Ser de cara a la hondura de su Seno.
Y en el Templo interior adorar al Dios vivo
Al Padre, al Padre, al Padre, al Padre eterno.

En el centro del alma,
Es Él el Árbol de la Vida
y del conocimiento.
Cuyo fruto es Amor.
Es sufrimiento

Es el Querer del Padre.
Es la muerte aceptada
Es el cuerpo del Hijo, el alimento
De un fuego que arde y arde y no se apaga.


SILENCIO CLAMOROSO
Al modo de Francisco Luis Bernárdez

"Los que profesan ser de Cristo, por sus obras se pondrán de manifiesto.
Porque lo que hay que hacer ahora no es tanto predicar la fe,
sino ser hallado fiel a ella hasta el fin.
Más vale callar y ser que hablar y no ser...
El que de verdad posee la palabra de Jesús, 
puede también escuchar su silencio 
[San Ignacio de Antioquía, A los Efesios 142 - 15, 2]

Desde el silencio de esta casa, que es de la Madre de la Iglesia,
se alza un clamor que solamente escucha el cielo.

Es el clamor de una oración ¡que sube y sube1 como el humo del incienso.
Es un clamor que como el humo, quiere escalar hasta el más alto firmamento.
Es un clamor que como el humo, hace visible un invisible y santo fuego.

Ya nada pueden las palabras. Ya sólo resta este recurso del silencio.
Este callar de quien trabaja. Reparación por su pecado y el ajeno.
Este callar de los que oran, al solo Santo, al solo Justo, al solo Bueno.
Al que tampoco quiso hablar, y ante el perverso tribunal hizo silencio.

Junto a este fuego del hogar, que se devora las fatigas y los sueños,
esta liturgia de callar, es un morir, es un quemarse como un leño,
que se consume sin gritar, se purifica en el dolor y se recobra en el silencio.
Como lo puede hacer el hombre que de su propia libertad se siente preso

Esta es la casa del silencio. Y ese silencio es un sagrado compromiso.
Esta es la casa de los cantos, de los que cantan en silencio su martirio.
Ese clamor que es su silencio, es un clamor configurado a los del Hijo,
de los que aprenden obediencia, sin apartarse de su voto y su destino.

Como el bramido de la cierva que a la carrera va a la fuente de los ríos,
es el gemido de las almas que acosas Tú con fuego y aguas de tu Espíritu.
Desde esta casa de silencio, de penitencia y compunción y de cilicio
donde se lloran los pecados, la desviada voluntad y el propio juicio
se alzan palabras de silencio, que no se pueden escuchar con los oídos.


EMAUS

Quédate con nosotros, que anochece.
Se echa a dormir la sombra en los caminos.
Quédate con nosotros, peregrino.
Estarás bien aquí... ¿no te parece?

Ya están puestas las trancas en la puerta.
Cerradas las ventanas, los postigos.
Compartiremos nuestro pan contigo
pues no hallarás otra posada abierta.

Arrimas tu candil a la Escritura
y hacia tu luz, desde la alcoba oscura,
como una mariposa encandilada,

acude al gozo de tu llamarada
el corazón transido de amargura.
Quédate con nosotros... ¿quién te apura?


FONDO

Encuentro una divina semejanza
reflejada en la imagen de este hombre
que se sienta en su fondo y que descansa
llamando a cada cosa por su nombre.

La paz de estar en casa lo rodea
con un ritual menudo de costumbres.
Bajo el parral del fondo se le orean
pensamientos, begonias y legumbres.

Matea en la tardecita, solitario.
Mira su Gan-Edén y se recrea.
Repasa, como cuentas de un rosario,
del rabo del cachorro hasta el canario.
Y “amén-amén” el grillo le corea.


HOMBRE

Cabe un árbol entero en una hoja.
Hay todo un bosque oculto en la semilla.
En un carozo de hombre, un Dios se aloja.
Y la verdad sublime es la sencilla.

Por eso es grande, el hombre que se humilla.
Y humilde el hombre, cuando se despoja.
Y se alegra en su lecho de gramilla.
Y bendice la lluvia que lo moja.

Cuando no tiene a nadie que lo acoja.
Pero tiene al que obró la maravilla
de hacer caber la dicha en la congoja,

y le puede servir en la escudilla
que su mano amasó de arcilla roja
un pan que con sudor cobró en su trilla.



 LOS PASTORES DE NAVIDAD

Llenos de fe llegaron los pastores,
Puntas de pie, dedo sobre los labios.
Envueltos en celestes resplandores
por caminos ocultos a los sabios.

Llegaron los primeros. Con sus dones.
El Niño estaba como en Isaías.
Rocío de Gedeón en los pellones
con que la Virgen Madre lo cubría

Y José de anfitrión. Era el encuentro
del Niño Dios con sus primeros fieles.
Hallaron – como el Ángel les dijera –

Al Prometido que guardaban dentro,
tibio de corazón bajo sus pieles
blanqueadas por la escarcha de la espera


“Nos visitará el sol que viene de lo alto...”
(Lucas 1,78)
Pequeña parábola de la Encarnación

Entra por el tragaluz un rayo de sol dorado
en el cuarto entumecido,
de mohoso empapelado.

Entre sucios almohadones, el niño enfermo, tendido,
-mirando, como al vacío, al polvillo iluminado-
se vuelve a quedar dormido.
Y el rayito avanza, lento, descalzo por no hacer ruido,
por el suelo embaldosado.

El sol pasa un largo tiempo
recorriendo el corto trecho.

Pero por fin llega al lecho.
Trepa por los cobertores
y estrecha contra su pecho,
y abraza de mil amores
en sus tibios resplandores
al niñito contrahecho.


NUESTRA SEÑORA DE LA PACIENCIA
Meditación


Miremos a la Madre Dolorosa.
A la del Corazón Inmaculado,
del Corazón sin mancha de pecado.
Hija de Dios. Madre de Dios. Su Esposa.
La que ama a Dios, tres veces amorosa,
con toda el alma y sobre toda cosa,
como nunca y por nadie ha sido amado.

Hasta la Cruz lo amó. Desde la cuna.
Y Dios también la amó. Como a ninguna.

Porque si hay creatura
que, después de creada, al contemplarla,
Dios la vio buena y digna de alabarla;
que halló gracia a Sus ojos - "Santa y pura"
como dijo Gabriel al saludarla - :
ésa, es esta Mujer.

¿Cómo es, entonces, que el dolor la acosa
y no la viene Dios a defender?

¿Cómo es que viendo cómo se la veja;
cómo es que viendo cómo se la insulta,
parece que el Poder de Dios la deja,
parece que el Poder de Dios se oculta,
la abandona y la deja padecer?

¿Por qué no quiso Dios, puesto que pudo,
ahorrarle este dolor que la anonada?
¿Por qué no quiso interponer su escudo
ni apartar de su pecho la estocada?
¿Qué designio de Dios cumple esta espada,
cuando traspasa con su filo agudo
al alma más amante y más amada?

Era preciso que ella padeciera.

Era preciso que ella reflejara
el oculto dolor que a Dios depara
que el hombre lo rechace y no lo quiera.

Era preciso que ella compartiera
por ser hija, el dolor de Dios, su Padre;
la Pasión de Dios Hijo, como Madre;
y sufriera, paciente y dolorosa,
las penas de su Esposo, como Esposa.


¡Saetas traigo en mis venas
A la Virgen Dolorosa!
¡A la Virgen nazarena!
¡Y música de verbenas 
que pauta danzas gozosas;
bailes de mozos y mozas
a la luz de luna llena!
¡Y también hay en mis venas
memorias de corajosas
y de lucidas faenas
que como con rojas rosas
ensangrentaron la arena!

Pero sobre toda cosa
traigo una sangre en mis venas
que se vertió generosa
en las Navas de Tolosa,
que trepó hasta las almenas
de Algeciras y Morón
y logró la ocupación
largo tiempo ambicionada
de la ciudad de Granada.

¡Qué herencia! ¡Qué obligación
de continuar la cruzada
si ya no más por la espada
sí por la fe y la oración!

 

STABAT MATER
Himno


Estribillo:
¡Oh, la madre del Crucificado!
¿Quién habrá que jamás la consuele?

 Estrofas

1. A los pies de la Cruz de su Hijo
silenciosa lloraba su Madre.
Lo que el santo Simeón le predijo
se cumplía a las tres de esa tarde.

2. Cuando Cristo expiró dando un grito
y después inclinó su cabeza,
traspasó tu interior, hasta el alma,
una espada de angustia y tristeza.

3. ¿En qué pecho, tan duro o tan fuerte,
de enemigo, de juez o soldado,
no hay un poco de pena, por verte,
sin consuelo, llorando a su lado?

4. Cuando niño, una vez, lo perdiste.
Lo buscaste y lo hallaste en el Templo.
Por tres días la angustia sentiste
que hoy revive en tu alma al perderlo.

5. Apoyabas tu frente en el poste
de la Cruz en que estaba clavado.
Y cubriste su cuerpo de besos
cuando Juan lo dejó en tu regazo.

6. Tras ungirlo de aroma y perfumes
los envolviste en el lienzo, llorando.
Lo pusiste en el santo sepulcro
y quedaste en silencio. Esperando.

7. Tanto santo dolor te hizo bella
a los ojos del Padre del Cielo.
Una lágrima tuya fue estrella
y otra lágrima tuya lucero.

8. Y entre ambas, el Sábado Santo,
fue reposo de Dios en tu duelo,
pues Jesús descansaba entre ellas
consolado por tu desconsuelo.

9. Sólo el Padre, que todo lo puede,
te podrá devolver lo quitado.
Y por eso tú, Madre paciente,
acatando al Señor, te has sentado.

10. Sólo el Padre, que todo lo puede,
te podrá devolver lo quitado.
Y tú aguardas llorosa y sufriente
la venida del Resucitado.

11. Ante ti acudimos tus hijos
a aprender fortaleza y paciencia.
Tú eres Madre. Jesús nos lo dijo.
Y te dueles de nuestras dolencias.

12. Ella tiene la sabiduría
de la fe inquebrantable y profunda;
nos da el Sol de Justicia y el Día
que de luz las tinieblas inunda.

13. Ella tiene la sabiduría
de la fe inquebrantable y serena;
nos da el Sol de Justicia y el Día
que disipa tinieblas y penas.

A L M A

Mis únicas tristezas no mentidas
me suben desde el alma desdeñada
que, cansada de hablarme y nunca oída,
optó por fin por esperar callada.

Ella se cubre el rostro, dolorida,
por mi decir y hacer crucificada;
pues la dejan mis dichos desdecida
y la dejan mis hechos, desdichada.

Como una esposa llora su despecho
confiándolo al secreto de la almohada
ella llora sin llanto su reproche.

No alcanzo a comprender lo que le he hecho,
pero mi alma, sin decirme nada,
llora el único llanto de mi noche

 


 

GETSEMANI
Meditación

I
Pues todo auxilio humano ha claudicado
en esta soledad de los olivos;
y puesto que remedio entre los vivos
en vano a mis quebrantos he buscado,

vengo a invocar a mis antepasados,
esos que todos tratan como muertos
mas Tú dejaste en mi interior despiertos,
velándome en el Huerto, desolados.

Si a muerte los vivientes me condenan
y de mis muertos recibí la vida:

¿por qué no he de bajar a la Gehenna
para buscar en mi raíz perdida

aquella comprensión para mi pena
que me explique la causa de esta herida?


II
Si estando mis amigos en el Huerto
se duermen de pesar bajo la luna;
si no consigue criatura alguna
velar con el que debe estar despierto;

si, así de solo, en este cementerio,
me siento tanto más acompañado
cuanto la multitud que me ha engendrado
me sale a recibir del cautiverio;

¿Cómo rehusar el cáliz que me envías
ni pedirte que apartes esta hora,

si en ella ha de brillar por fin Tu Día,
y Tú has de esclarecerme en esa aurora

con luz que ya presiento y no vería
si no sufriera lo que sufro ahora?

III
Por poco tiempo estoy entre los muertos.
Por poco llevo a mis difuntos dentro.
A poco he de salirles al encuentro
y hacer un Paraíso de este Huerto.

Y Tú de Quien procede toda vida,
de Quien cualquier paternidad procede,
Padre que quieres concederme y puedes,
lo que gima en Tu Espíritu y Te pida:

¿no me darás volver hasta la fuente
de Tu infinita y paternal ternura?

¿y no pondrás por fin, sobre mi frente
ese cariño, que en mi noche oscura,

mendiga mi dolor, sin que lo encuentre,
de la indigencia de Tus criaturas?

IV
Este cáliz que tomo entre mis manos
y apuro hasta el final de mi destino
contiene la salud de los que amo
y en él vierto mi sangre como un vino.

Si no puedes ahorrarme su amargura
no puedo no querer lo que Tú quieres.
No puedo no morir lo que Tú mueres
abandonado por tus criaturas.

Piso solo en mi vela de guerrero
las uvas de tu ira en mis lagares.

Es un furor de Dios mi abrevadero
que tiñe de Nisán los olivares.

Y blando en mi perdón tu duro acero
que salpica de sangre mis ijares.


 ANOTACIONES
 Getsemaní se traduce: Valle de los Olivos o Lagar de las aceitunas. Era un campo o huerto en la ladera del Valle del Cedrón y del Monte de los Olivos. Casi a los pies de los muros del Jerusalén. Según la tradición se sitúa a unos cincuenta metros del puente sobre el torrente Cedrón, torrente turbio o negro, según la etimología del nombre. Por este lugar huyó David de Jerusalén en su noche triste (2 Sam 15,23ss). El Valle del Cedrón se une con el de Hinom o Gehenna, valle de los sepulcros, y está él mismo sembrado de sepulcros desde muy antiguo (2 Re 23,6). Entre esos sepulcros están los de Absalón y Zacarías. El lugar era ya en tiempos de Cristo un antiquísimo cementerio.

Desde el Huerto de los Olivos, Cristo puede ver un cementerio donde yacen antepasados suyos. El Señor solía orar a menudo allí. En la noche de su agonía tiene a su vista la ciudad de Jerusalén y las tumbas del valle. Su descenso al Cedrón es como el descenso al valle de las sombras de la muerte (Salmo 23,4: ge' tsalmávet en hebreo). Una tradición que puede ser muy antigua le llama al valle del Cedrón, Valle de Josafat y pone allí el juicio final anunciado por Joel 4,2.12.14. Joel lo llama también: Valle de la Decisión. Allí Jesús tomó en efecto decididamente la resolución de aceptar la Pasión que le asignaba el Padre.

Según el Salmo 22-23,4 en el valle de las sombras o el valle tenebroso es donde Dios conforta el alma del justo, lo guía por senderos de justicia por amor de su nombre, unge con aceite su cabeza y le sirve un cáliz desbordante. En todos los detalles del escenario de este Salmo podemos rastrear los sentimientos de Jesús, abandonado de todo auxilio humano y que se vuelve hacia la intimidad con su Padre. La multitud de sus antepasados le habla también del Padre, como a verdadero hombre, y le ayuda a levantarse hacia él. Dios Padre, es aquél "de quien toda paternidad procede en los cielos y en la tierra" (Ef 3,15).

El Huerto está asociado con la tribulación de su Padre David. La circunstancia de dejar aparte a los discípulos y la frase misma de Jesús "quedaos aquí" tal como la formula Mateo, recuerda la de Abraham a sus mozos (Génesis 22,5) y sugiere un paralelismo con la tribulación de su Padre Abraham y el sacrificio de Isaac, o, como se dice en la tradición judía: "la ligadura de Isaac".

El descenso de Jesús al Valle, es como una prefiguración del descenso a los infiernos, un artículo del Credo frecuentemente olvidado hoy, según el cual, la primera obra de piedad de Cristo es acudir en ayuda de sus antepasados. Y en la perspectiva de Lucas, el árbol genealógico de Jesús arranca de Adán, por lo que todos los hombres justos que habían existido podía estar pendientes del acto liberador de Cristo en su Pasión.

Los Padres señalan y subrayan que es el alma de Jesús lo que se entristece y sufre. Quizás ningún salmo refleje mejor ese estado de alma como el 42-43: "como jadea la cierva", "por qué desfalleces, alma mía, y te agitas en mí...? mi alma desfallece...de noche....por qué he de andar sombrío (hebreo: kóder, de la misma raíz de Kiddrón o Cedrón, el valle oscuro) por la opresión del enemigo?"

Lo que Jesús sufre es reflejo y revelación de un misterioso sufrimiento del Padre: "No puedo no morir lo que Tú mueres, abandonado por tus creaturas". Jesús era consciente de que quien lo rechazaba a él, rechazaba al Padre que lo había enviado (Lc 10,16 y par.). La identificación entre la voluntad de Cristo y la del Padre, entre los intereses de ambos, se refleja maravillosamente en el Salmo 68-69,10: "El celo de tu casa me consume a mí, y el insulto de los que te vejan recae sobre mí". Lo que dice el Salmo 87-88,9.19: "has alejado de mí compañeros y amigos, son mis compañías las tinieblas" y el eco que se desprende del Salmo 37- 38,12 "mis amigos y compañeros se alejan de mí, los míos se quedan a distancia", son reflejos, en la clave filial, de ese insondable misterio de la aversión de las creaturas frente a su Creador. El insondable misterio de la acedia, la tristeza demoníaca ante el Bien que es Dios.

Hay también múltiples lamentaciones del Salmo 87-88: "Señor, Dios mío, de día clamo, grito de noche ante ti", que se prestan muy bien para reflejar la situación de Cristo en la agonía del Huerto.

En el mismo valle del Cedrón, un poco más abajo, se encontraban los Jardines del Rey, precisamente en la confluencia con Hinnom o Gehenna. De esos jardines nos habla Nehemías 3,15. Jesús podía divisar desde su sitio o ubicarlos tras los recodos del valle, los sitios de la coronación de Salomón (1 RE 1,9.38ss). Pero también otros tristemente célebres, como aquellos en los que el mismo Salomón erigió altares idolátricos (1 Re 11,7). Jesús estaba también muy cerca de donde sus antepasados Acaz y Manasés ofrendaron a sus propios hijos en holocausto a Molok (2 Re 7,31s; 2 Cron 28,3; 33,6; Jer 32,35). Desde la reforma de Josías esta Gehenna, tan próxima a los deleites edénicos y paradisíacos de los jardines regios, había pasado a ser un basural de horrores (2 Re 23,10.13s; cfr. Jer 7,31-32;19,1-13; 2 Cr 34,4s) y un escenario de la venidera cólera divina (Isa 30,33; 66,24), sinónimo de infierno.

Jesús baja a este valle como anticipación de su descenso al Hades. Baja al encuentro de sus antepasados para hacer de aquel Huerto, mirador triste de tanta historia triste, un nuevo Paraíso o Jardín del Rey: "he de salirles al encuentro y hacer un Paraíso de este Huerto".

La cercana fuente de Gihón, escenario de la coronación de Salomón, lleva el mismo nombre que uno de los ríos del Paraíso. Cercana está también la fuente de Roguel. Hoy la fuente de Gihón lleva el nombre de Fuente de María. De ahí la mención de la fuente: ¿No me dará volver hasta la fuente de su infinita y paternal ternura?".

Por fin, agonía quiere decir combate. Y éste de Cristo nos hacer recordar al guerrero de Isaías 63: "Quién es ese que viene de Bosrá con el vestido teñido de rojo?... Yo solo pisé el lagar... y salpicó su zumo mis vestidos".


HIMNO DE LAUDES
Meditación

Padre y Creador benigno, sobre tus criaturas
trae, otra vez, tu aurora la luz del Primer día.
Tu Hijo abre los ojos y en su pupila oscura
vuelves a crearlo todo con novedad gratuita.

Redices tus creaturas y dices que son buenas
con la misma Palabra gozosa que es tu Hijo.
Y hacia ese mismo gozo tu Iglesia las reordena
y las ofrece a Ti como Jesús lo hizo.

Por eso, esta mañana, nuestra oración te anuncia
con la voz del gorrión que canta en la enramada.
Y en nuestra voz tu Verbo se dice y te pronuncia
y nos pone en la boca la miel de tu alabanza.

Panal es en los labios de la Iglesia tu Nombre:
Padre creador bendito que todo lo restauras;
Hijo cuya delicia es estar con los hombres;
Espíritu que infundes la vida con tu gracia.

Para ti sea la Gloria en este día que empieza;
como fue en un principio: sea por siglos y siempre.
Con el canto del ave y el afán de la abeja
celebramos tu Gloria y anhelamos que llegue. Amen.

COMENTARIO Y MEDITACION MATINAL

Cada día dice Dios Padre: Hágase la luz. Y la luz se hace. Y en este amanecer de cada día se espeja el primer amanecer, el amanecer de la Creación. En el que el Padre dice y manda con su Palabra, que es su Verbo eterno y su Hijo. Y esa primera Luz de la Creación, que se hace antes que toda otra creatura, y de la cual el sol recibe la luz que tiene, es imagen de la aurora eterna del Verbo de Dios, en la que el Padre dice a su Hijo. Lo dice como una Luz que brota del Padre y retorna a Él para iluminarlo, revelarlo en la Luz y ocultarlo en el resplandor enceguecedor de su Luz propia. De aquella Luz eterna en que el Padre se dice en su Verbo, se ilumina en su Luz y se contempla en el resplandor de su Hijo, es esta aurora nuestra un destellito. Y en la repetición de las auroras siempre nuevas, se revela y esconde la Novedad eterna y perenne del que Amanece eternamente.

Lo que era en un Principio en la eternidad de Dios, se revela perfectamente, desde la Encarnación de Cristo, en la Humildad de su Carne. Y en sus ojos corporales que, como los de todo hombre, se cierran para el sueño y se abren de nuevo cada mañana, se espejan las creaturas. De modo que Cristo ve las cosas como nosotros las vemos, y las puede mirar reflejadas en nuestros ojos. Y nosotros que vemos las cosas con nuestros ojos, podemos mirarlas también y verlas no directamente, sino reflejadas en las pupilas de Jesús. De modo que lo veamos todo: por El, con El y en El. Así el Padre, que se complace en su Creación y se complace en su Hijo encarnado, se complace - imagino - de una manera muy simple y muy perfecta cuando mira las creaturas reflejadas en los ojos de Jesús, la más amada de sus criaturas, de modo que las ve a todas como espejadas en el espejo de aquellos ojos tan queridos para el Padre, porque lo miran siempre en todas ellas.
Por lo mismo que el Padre se complace en ver la Creación reflejada en las pupilas creadas de Jesús, se complace en decirse con la palabra creada de Jesús, que es reflejo perfectísimo de la Palabra increada y creadora, proferida por el Padre: el Verbo. Y se complace en oírlo crear. Y se complace en oír cómo expresa de manera perfecta la aprobación y el 'son buenas'. Por los ojos de Jesús 'vio el Padre' que eran buenas. Y con las palabras de Jesús dice el Padre que lo son.
Y esto, que es siempre así, la Iglesia lo dice cada mañana, y lo dice esta mañana. Esta mañana que, en su fugacidad, pasa y ya no es. Pero que por la fe de la Iglesia, se convierte de pronto en una enorme epifanía, acogiendo en su pequeñez la enormidad del misterio del cual brota, y al cual - en signo y símbolo - contiene y expresa. Y Jesús, que es la Palabra del Padre se ha hecho también Palabra nuestra, de su Iglesia. En esta sola y única Palabra hablan a Coro: el Padre, Jesús y los creyentes. Y al decirla la Iglesia, también ella se pliega a la acción creadora y ordenadora de Aquél que todo lo creó; según la Iglesia - con sugerente semejanza verbal - lo cree. Y creyéndolo lo re-crea y lo presenta al Padre con el mismo gesto de ofrenda con que lo ofrece al Padre nuestro Sumo Sacerdote Jesús, en el cual hemos sido también nosotros introducidos en el Santuario, a través del velo de su carne. Como nos enseña la carta a los Hebreos. Y hemos sido hechos un 'pueblo sacerdotal' según nos enseña Pedro en su primera carta.
Nuestra oración que resuena esta mañana, no debe ser otra cosa que la oración de Jesús. Ya que, como decía S. Agustín: "La oración que no se hace en Cristo, es pecado". Y en cuanto es la de Jesús, podemos decir que anuncia al Padre, uniéndose a la voz de las creaturas que alaban a su Creador. Y de esa voz de la oración que anuncia a Dios, decimos, en el himno, que se une a la voz del gorrión. Porque está unida a la voz de la Creación. Podemos entender también la frase 'con la voz del gorrión', como que la Iglesia no tiene voz propia, sino que usa la voz del 'gorrión que canta en la enramada'. Y como hemos visto en otra ocasión, ese gorrioncito es Cristo. Y su voz en la enramada es la que aterra a los impíos, según Sabiduría 17,17. Y ya sea que entendamos 'la voz del gorrión' como referida a la de las creaturas, o como referida a la voz de Cristo, ambos sentidos convienen a la oración de la Iglesia, cada uno por separado. Pero ambos juntos la explican aún mejor.
Parecida feliz polivalencia tiene la frase: 'en nuestra voz tu Verbo se dice'. Porque es verdad que el Verbo es dicho y anunciado por la Iglesia, como la frase lo sugiere leída en forma pasiva. Pero también conviene entender el se dice como una forma impersonal, que es una manera respetuosa de aludir al mismo Dios que dice. Como cuando leemos 'mucho se le perdona porque mucho amó' y otras expresiones semejantes del evangelio, que evitan nombrar a Dios y reverentemente se refieren a El y a sus obras en forma impersonal. En este segundo sentido, la frase puede entenderse así: que en nuestra voz, el Padre dice a su Verbo, pues no podríamos decirlo, ni siquiera nombrarlo, si no nos fuera dado por el Padre. Todavía de una tercera manera se puede entender convenientemente esta frase: 'en nuestra Voz, tu Verbo, se dice a sí mismo'. Lo cual no debemos considerar que pusiera vanagloria en el Verbo, pues no hace otra cosa al decirse que decir a su Padre. Y estos tres sentidos se anudan bien en la frase siguiente: 'te pronuncia'. En efecto, la Voz de la Iglesia dice al Verbo para decirse a sí mismo; y en la Voz de la Iglesia el Verbo se dice a sí mismo para decir al Padre.

Y esta plenitud de expresión, por ser tan plena y satisfactoria,es como miel en la boca de la Iglesia, cuando el creyente descubre por gracia el sabor de la alabanza, que como miel es gustosa y fortalece. Y esa miel, destila y está encerrada como un trozo de panal, en el Nombre. No en la palabra Dios, que es como panal de cera donde está oculta la miel, pero que no tiene gusto en sí mismo, sino en el Nombre, triple y Santo que se revela como el secreto escondido para el creyente en ese otro nombre general que también quien no es discípulo de Cristo puede y sabe decir. Y decimos también que el nombre Dios es como la cera, porque sólo con la luz de Cristo se convierte en luz, por el fuego del Espíritu Santo. Y sin esa Luz y ese Fuego, la cera permanecería opaca, y el calor de nuestras pasiones podría modelarla e imprimirle la forma de cualquier ídolo. Así la palabra Dios, como nombre, es muy imperfecto porque permanece muy equívoco. Pero no así el triple y dulce y luminoso Nombre revelado: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Porque este nombre designa claramente a las Personas divinas y su obra propia, según la profesamos en el Credo.
Y mientras el hombre puede modelar la cera de la palabra Dios al calor de su antojo o de sus fantasías, el Nombre triple y santo, por el contrario, por su fuego y su luz, funde y transforma la cera del dios modelado en ídolo, destruye y consume su maldad y la transfigura en gloria.
Y el Nombre triple y santo es Padre, del que dice y recuerda el verso del himno, que es creador y restaurador de la Creación, inspirándonos en el Prólogo de Santo Tomás a su Comentario de las Sentencias de Pedro Lombardo. Y recuerda, del Padre, que El es el Principio y Fin de la Obra de Dios con su creatura.
E inspirado en el mismo Prólogo de Santo Tomás, pero sobre todo en el Himno de la Sabiduría del libro de los Proverbios de Salomón 8,31, se recuerda del Hijo, Sabiduría del Padre, Creadora y Salvadora, que su complacencia está en los hijos de los hombres, como la del Padre está en Jesús Hijo del Hombre, según el testimonio evangélico y de la Voz celestial en el Bautismo y la Transfiguración de Jesús.
Y se dice del Espíritu Santo, con el Credo de la Iglesia, que es dador de vida, recordando que lo hace gratuitamente: con su gracia. Porque su Nombre es también: Don, Dádiva buena que viene de lo alto, del Padre de las Luces.
La Iglesia encuentra su más pura y gratuita dulzura en este triple y santo Nombre divino, pues en él gusta el Bien Sumo de Dios y se levanta a amarlo por sí mismo. Y en esa miel dulce y purísima se complace y se nutre. Y esa miel, abre sus labios: 'Señor, abre mis labios, y mi boca pronunciará tu alabanza'. Pues sólo la alabanza que brota de unos labios que Dios haya abierto es digna y pura. Y para no pecar alabando a Dios con una alabanza que no venga de El, la Iglesia pide siempre el auxilio divino antes de la oración matinal de Laudes.
La Iglesia alaba a Dios y canta su Gloria - dice el himno - 'con el canto del ave y el afán de la abeja', porque, como dice San Agustín, la alabanza perfecta es la que se da no sólo con los labios sino con la vida entera; y no sólo en las horas del oficio divino, sino en todas y cada una de las horas del día. Por eso, a la alabanza de los labios, que es como el canto del ave, debe sumarse la alabanza de las buenas obras, que es el afán de la abeja. Pues como la abeja allega miel laboriosamente para llenar su colmena, la Iglesia administra los bienes de su Señor y cuida diligentemente de sus intereses, para el Día de su venida. Y es por eso que cuando celebra su Gloria, lo hace cantándola presente, pero anhelándola en cuanto que su plenitud ha de manifestarse aún, cuando Jesús venga con Gloria a juzgar a vivos y muertos y a instaurar su Reino que no tendrá fin.