JOSÉ LUIS (DIMAS) ANTUÑA GADEA

1894-1968

VIDA Y OBRA DE UN PROFETA RIOPLATENSE DESCONOCIDO

Horacio Bojorge S.J.

Este estudio se publicó originariamente con el título: “Vida y obra de un autor uruguayo poco conocido” en la Revista de la Biblioteca Nacional (Montevideo) Nº 18 (Mayo 1978) pp.159-175.

Para presentarlo posteriormente en la revista Gladius lo hemos rehecho, no solamente actualizando en algo la bibliografía, sino sobre todo, ampliando y actualizando nuestra consideración del significado de la figura creyente y profética de Dimas Antuña. Se ha publicado bajo el título que encabeza esta página web en la revista Gladius [Buenos Aires] Año 28, Navidad de 2011, Nº 82, Págs. 31-55.

1.__ PRESENTACIÓN

2.__ DATOS BIOGRÁFICOS:

A) Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913);

B) en la Argentina (1913-1942);

C) Los viajes (1937-1943);

D) En Uruguay (1942, 1943- 1968)

3.__ OBRAS:

A) Libros;

B) Colaboraciones en diarios y revistas;

C) Inéditos.

4.__ RETRATO HABLADO.

1.__ PRESENTACIÓN

         José Luis (Dimas) Antuña es conocido para los lectores de Gladius a través de la publicación de su correspondencia con Juan Antonio Spotorno y algunos otros amigos[1] y de varios de sus escritos y conferencias[2].


[1] Horacio Bojorge (compilador) “Algunas cartas de Dimas Antuña” Gladius  14  (1997) Nº 40, pp. 115-132;  Martina Spotorno “Cartas de Dimas Antuña a Juan Antonio Spotorno” Gladius  21 (2004) Nº 59, pp. 101-119

[2]“La Iglesia: Casa de Dios” Gladius nº 26 (Abril de 1993, pp. 57-80, “Carta a un escultor para hacer una imagen de San José” Gladius 10 (1993) Nº 28, pp. 73-79 donde puede verse en la página 74 una foto de Dimas Antuña joven; “El Misterio del Reino de Dios” Gladius 10 (1994) Nº 30 pp. 17-31; “El sacerdote” Gladius 10 (1994) Nº 31 pp. 43-52; “Beatus vir” (Himno en latín a San José y traducción castellana, con foto de Dimas adulto) Gladius 13 (1997) Nº 39 pp. 56-57“La unión con Dios en San Pablo” Gladius 17 (1999) Nº 46 pp. 117-132; “Mulier amicta Sole. Conferencia sobre la imagen de Nuestra Señora del Luján” Gladius 18 (2000) Nº 49 pp. 23-44 (Hay que advertir que esta conferencia aparece por error con el solo título de “El Testimonio” por el libro del que fue tomada); “El Bautismo” 20 (2003) Nº 56, pp. 11-30; “La Iglesia: Casa de Dios” Gladius nº 26 (Abril de 1993, pp. 57-80

La conveniencia de recordar con cierto detenimiento y detalle a este autor y su obra se funda en dos hechos. El primero es que tanto él como sus escritos son prácticamente desconocidos y que, aunque es mencionado como integrante del grupo de intelectuales católicos argentinos conocido como el Convivio,vinculado desde sus orígenes a los Cursos de Cultura Católica y a la revista Criterio, no ha sido objeto, que sepamos, de una presentación monográfica. Roque Raúl Aragón, que lo considera ‘una personalidad descollante en el grupo de Número,” le dedica un recuerdo en su estudio sobre la Poesía religiosa argentina y reproduce su ‘Oda de Navidad a Buenos Aires’[3] y ‘Entréme donde no supe’, en su antología[4]. Isabel De Ruschi Crespo, en su monografía sobre los orígenes de la revista Criterio, lo menciona efectivamente entre los fundadores del Convivio: “Así el Convivio, de tan flexible y ágil estructura, centro de expansión juvenil, y como el más espontáneo, fácil y eficaz instrumento de irradiación para las ideas, se constituye, a juicio de los que han pasado por los Cursos, en uno de sus elementos más memorables, acaso su corazón, y que si bien reúne desde el comienzo a figuras como Jijena Sánchez, Dondo, Bernárdez, Lara, Camino, Ballester Peña, Basaldúa, Anzoátegui, Antuña, Juan Antonio y otros, indudablemente se identificará posteriormente con la extraordinaria personalidad de César E. Pico, en quien todos reconocen un maestro incomparable”[5].

Un segundo motivo para ocuparnos de Dimas Antuña, es que ilustra un sector poco atendido de laGeistesgeschichte uruguaya. Podría considerárselo hasta cierto punto un desterrado. Primero porque encontró su patria eclesial fuera de su patria terrena, y luego porque tuvo que dejar su patria eclesial, la de sus amigos del Convivio cuando se volvió a vivir en su patria terrena.

            1º) Que Dimas Antuña y sus obras sea desconocido en Uruguay, su patria terrena, es un hecho explicable por varios motivos. Este autor vivió la mayor parte de su vida en la Argentina, precisamente aquellos años que son más decisivos para la definición y maduración de su personalidad espiritual y social. Todos sus libros y escritos se publicaron fuera del Uruguay, a excepción de algunas colaboraciones menores en la década de 1920 en el diario católicoEl Bien Público.

La obra de Dimas Antuña es de contenido declaradamente religioso, como de creyente que escribe para creyentes. El núcleo principal y más valioso de sus escritos éditos pertenece por génesis y estilo al género oral de la conferencia, aunque también escribió poesía y muy buena. La mayor parte de su vida estuvo absorbida por el trabajo y las solicitudes cotidianas de la subsistencia y dispuso de escaso tiempo para escribir y crear. La obra Inter Convivas que podía haber sido la de mayor aliento y envergadura, quedó por eso mismo inconclusa y sigue inédita.


[3]Dedicada a Miguel Ángel Etcheverrygaray

[4]Roque Raúl Aragón, La poesía religiosa argentina, Ediciones Culturales Argentinas, Subsecretaría de Cultura de la Secretaría de Estado de Cultura y Educación, Dirección General de Difusión Cultural, Colección Antologías, 1967, ver páginas  42-44 y 84-88

[5]Véase la monografía histórica de Isabel De Ruschi Crespo, “Criterio” un periodismo diferente. Génesis y fundación. Un respuesta católica al desafío de la prensa en la Argentina en la década de 1920. Ed Fundación Banco de Boston – Nuevohacer, Grupo editor latinoamericano, (Col. Temas) Buenos Aires 1998. La autora menciona a nuestro autor en el grupo fundador de Convivio en la página 90:

Los pocos libros suyos que hay impresos vieron la luz gracias al generoso mecenazgo de algunos amigos, y sólo en ediciones privadas, es decir no comerciales y de reducido tiraje. Dentro de las relativamente escasas obras de tema religioso que logran pasar los filtros del laicismo ambiental uruguayo, las de Antuña, que no calzaban en los moldes comunes, pasaron incomprendidas: para unos por parecerles demasiado obvias y poco novedosas; para otros, por parecerles todo lo contrario, fueron materia de extrañeza y de recelo. Y es realmente difícil, por no ser ni místicas ni devocionales, ubicarlas dentro de los géneros cultivados en esos años y en estas regiones. Antuña, por ser un orador y (o pero) al mismo tiempo orante,  tenía que padecer fatalmente la suerte que a tan rara raza de hombres les suelen deparar las colectividades humanas obsesionadas –o por lo menos demasiado distraídas-, como la del Uruguay laicista, por los imperativos de la acción eficaz e inmediata. Cultor de un género sapiencial (califiquémoslo así aunque sea provisoriamente) donde el saber no es divorciable de un determinadosabor, Antuña no pudo, no quiso, no le supo, hacer concesiones al gusto del público. Y éste, en su mayoría, preso en una constelación cultural naturalista, no fue capaz de apreciar la originalidad de un modo de pensar, de unos contenidos, de una temática y de unas formas de expresión que se nutrían en aquella perenne novedad de los orígenes, volviendo hacia lo que –por algo- nuestra cultura llamófuentes.

            A poco de aproximarse a la historia y a la obra de Antuña se descubre además, con sorpresa, un alma de ermitaño, una libertad interior que rehusó atarse, una vez vuelto al Uruguay, en la última mitad de su vida, al do ut des de los provincianismos intelectuales uruguayos. Antuña no se acogió a ningún grupo promocional y no fue promovido. No prodigó elogios con el secreto afán de buscar retribución de alabanza. Su labor de escritor, conferencista o poeta, no brotó del incentivo de la fama, ni siquiera la que se gana justamente. No persiguió más ganancia que la de crear libremente, la de contemplar gratuitamente y abrir la puerta –hospitalario- al banquete de la sabiduría. Tuvo bastante con su luz interior y no consideró oscuridad el quedar ignorado o incomprendido.

Hubo sin embargo excepciones. Los espíritus creyentes lo reconocieron. Testimonio de ello es una tarjeta de puño y letra de la poetisa uruguaya Esther de Cáceres al libro Vida de San José que dice así:

“Día de la Festividad de San José 1963 - a Dimas Antuña – Muy estimado en Cristo: Anoche preparándonos para la fiesta de hoy, leímos con un grupo íntimo de cristianos su precioso libro sobre San José. A todos conmovió la verdad esplendorosa del texto; el más profundo y original que hemos conocido sobre el tema! ¡El que más ahonda en el pan misterio y el que más lo aborda con unos medios estilísticos adecuados y valiosísimos en sí mismos! Hemos quedado soñando en la reedición, y desde ya rezamos para poder realizarla. Gracias, querido amigo, por esta dádiva. Saludos para su esposa y para Ud. Nuestra oración – los acompañará siempre – Esther de Cáceres (firma también Clotilde Barbé)”. El reconocimiento de esta alma creyente y fina que fue Esther de Cáceres suena casi a un desagravio.

           

2º) La oscura ley de la ceguera humana, paga (no cobra) una cuota de tiempo a los autores y obras más originales y clarividentes. Quizás ya estén hoy más maduros nuestros ánimos para apreciar mejor la significación de Antuña y sus trabajos. Señalemos –sin pretensión de ser exhaustivos- algunas pistas de interés que nos ofrecen y justificarían rescatarlos del olvido en que están. En primer lugar, nuestro autor se formó (y fue actor) como hemos dicho, en el teatro de la cultura rioplatense, sobre todo argentina, pero también brasileña. Allí tuvo sus grandes amistades, allí gestó y publicó la mayoría de sus obras. Testigo de su tiempo, registra el impacto de las corrientes espirituales locales y europeas. Sin ser dueño, tampoco fue mero inquilino de su ambiente. Fue un huésped y un anfitrión amable, atento sobre todo a las personas: viajeros ilustres, exilados de guerra más o menos oscuros, autores y sus libros, pero también al hombre corriente, para el cual –preferentemente- habló y escribió, de igual a iguales. En segundo lugar, su condición de huésped de una época no le impidió expresar diagnósticos, tomar posiciones, emitir apreciaciones críticas. Muy explícito a veces, otras trasuntando a través del silencio, de la reticencia, de la alusión velada lo que su delicadeza le aconsejaba dar a entender sólo al que tuviera oídos. El joven Antuña, por ejemplo, se confronta en su Israel contra el Angel a los maestros que se disputaban el liderazgo espiritual de nuestros padres y abuelos. El mero título de su obra primogénita sugiere al buen entendedor que en ella se recoge la memoria de una lucha nocturna y decisiva para el destino espiritual de Antuña. Aunque años después –como suele suceder a tantos autores- haya mirado su primer libro con una mezcla de rubor y severidad, también lo dicho en él con el arrebato del ardor juvenil, sirve a la pintura de una época, de una generación y –no obstante las posibles retractaciones posteriores- guarda el registro de una historia del espíritu. La suya, la de muchos, y también parte de la nuestra.

            Una tercera veta de la actualidad de Antuña y su obra reside precisamente en su mirada contemplativa que escruta la singularidad de lo individual, personas y objetos, en busca de sentidos ocultos en las cosas elementales. Pero –nótese bien- sin hacer de la naturaleza simbólica o metafórica un reservado de la sensibilidad poética, accesible sólo a la exquisitez, y coto donde la sofística modernista edificaba las torres de su aislamiento. Para Antuña el símbolo no es sólo pretexto de fuga a la poesía. Es sobre todo vehículo de pensamiento, como lo es en la más pura raíz platónica del pensamiento occidental, y como lo es también, en forma aún más elevada, en la raíz judeo-cristiana. Antuña le devuelve al hombre, al hombre común, el lenguaje del alma. Rescata la imagen y la intuición, del olvido hostil en que lo habían relegado tiempos más ocupados con la razón y con las ciencias. Por sus propios caminos, nuestro autor transita en la dirección que la psicología, desde Freud pero sobre todo desde Jung, señala con insistencia. Antuña descubrió y proclamó –hieratra o hieragogo- la radical validez humana de los símbolos litúrgicos, y la grandeza litúrgica de la cotidianidad humana. Lo hizo sin concesiones a un intimismo individualista. Pero sólo gracias a una acogida íntima y personal de los símbolos objetivos –cuyas vicisitudes privadas él quiso mantener secretas y nosotros debemos respetar- pudo señalarlos con firme convicción, al alma extraviada y olvidada de sí misma, de sus contemporáneos. Lo que Rodó intentó rescatar en sus parábolas, joyas aisladas en un discurso racional y por él sometidas a una función instrumental que las humilla y opaca, eso lo perfecciona Antuña, haciendo de los símbolos ( es decir de la dimensión simbólica de todas las cosas reales) el objeto final y directo de su contemplación. Lo que había olvidado hasta la teología; lo que la cura de almas y la dirección espiritual están redescubriendo trabajosamente; lo que las costumbres poéticas vigentes habían arrebatado al hombre común; lo que un vendaval iconoclasta había aventado junto con los excesos del barroco; todo eso lo recoge amorosamente este hombre desconocido entre nosotros.

            Lo mejor de la obra de Antuña lo constituye su presentación interpretativa de la simbología cultual: la liturgia, el templo, los ritos sacramentales, las imágenes. Sin concesiones intimistas.

            No hay que sorprenderse de que el primer encuentro –y encontronazo- con este estilo, que sólo puede parecer críptico y exótico para los hombres que han derivado lejos de su propia alma, lo haya tenido Antuña en ocasión de su comentario al Cántico de las Creaturas de San Francisco.

            El hombre, cuando oye tratar en público de un tema psicológico, es decir de su alma, siempre espera otra cosa: “ la primera de todas, se espera a sí mismo en el tema. Espera sus recuerdos, sus pasiones, sus ideales, sus amores. Si es posible, algún trazo también –firme y rápido- de sus odios y rencores del momento. Y todo eso elaborado por el pensamiento y llevado en el calor, en la nobleza, en la elevación en cierto modo beatífica del sentimiento religioso, a su más alto grado de interés y de intensidad”[6]. Certero diagnóstico de una reacción a la que su público, aún el de los amigos, lo confrontó perennemente: “Hombre sincero y generoso, su hidalguía le obligó a decirme toda la verdad, y así cordial, confuso, apenado y sin rodeos, pasando con amplitud su mano de caballero antiguo sobre su noble barba rojiza, me dijo con un profundo suspiro y una gran voz resuelta: Mi amigo, yo esperaba otra cosa”[7].

            3º) La obra escrita de Dimas Antuña ha tenido sólo dos breves ecos en escritores uruguayos.

            Carlos Real De Azúa lo menciona de paso en  la Introducción a la Antología del Ensayo uruguayo contemporáneo, entre “algunos nombres cuya ausencia (por lo menos hipotéticamente) pudiera extrañar”

            Real de Azúa consigna acerca de Dimas Antuña los siguientes datos y rasgos: “Dimas Antuña (1894), por fin, que ha llevado una vida virtualmente errabunda entre el Brasil, el Uruguay en que nació y la Argentina en la que aparecieron sus dos singulares libros: Israel contra el Angel (1921) y El testimonio(1947) y en donde logró sobre ciertos núcleos de intensa religiosidad un magisterio (un magisterio en hondura) que algunos recelaron. Respecto a Falcao Espalter –Real de Azúa acaba de referirse a él antes  que a Antuña- bien podría representar la otra cara de la Fe: centrada en la intimidad y sus posibilidades de apertura, humildad y poética emoción ante el misterio y la maravilla de la vida” [8].


[6]El Testimonio (= T.) p. 11.

[7]T. p. 10

[8]Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, Universidad de la República, Dpto. de Publicaciones, Montevideo, Uruguay 1964 (Serie: Letras Uruguayas Nº 5) Tomo I, p.36.

            Domingo Luis Bordoli dedica a Antuña una nota en suAntología de la Poesía Uruguaya Contemporánea y recoge en ella un poema: La Elegía por la muerte de Wagner Antúnez Dutra. La nota bibliográfica que la precede es breve y se deja transcribir aquí: “Merced a Real Azúa conocimos las dos obras Israel contra el Angel (1921) y El Testimonio (1947) de este uruguayo casi completamente desconocido en nuestras letras. Ha vivido en Brasil y Argentina, y ha publicado en esta última”. Aquí Bordoli hace referencia en una nota a la cita de Real de Azúa en su Antología del Ensayo y prosigue: “Ya desde joven, de una intensa espiritualidad católica muy pocas veces vista, mostró su fuerza y finura en el análisis de Rodó, Darío, Nervo, Reyles, de su primer libro. El segundo, reúne prosa y verso. De su prosa, nos parece altamente descollante su discurso sobre San Juan de la Cruz.

Según un poeta brasileño, Schmidt, que él mismo cita, hay gentes que están en las letras por una fatalidad, pero fuera de la vida literaria. Antuña cuéntase entre ellas y aclara que esta fatalidad es tener que atestiguar cosas de Dios con prescindencia de la literatura, es decir, por memoria de la sola justicia. Visible es esta religiosidad absoluta en el poema que hemos elegido” [9].

                                       A estas dos breves menciones se reduce –que sepamos- lo que se ha publicado en Uruguay sobre Antuña. Si bien le hacen la justicia del recuerdo, son  en su brevedad forzosamente incompletas y, para nuestro gusto, injustas por insuficientes. El lector desprevenido, no sospechará a través de su lectura la verdadera magnitud de Antuña y su obra. A remediar en algo esta carencia, completando la semblanza que nuestros antólogos apenas esbozan, aspiraba la presentación que hicimos de él en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1978, que retomamos ahora. Y con el mismo fin hemos publicado la correspondencia de Dimas con Juan Antonio y otros amigos del grupo Convivio.

2.-- DATOS BIOGRÁFICOS

A.-Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913)

                       José Luis Antuña Gadea es conocido por todos como Dimas, hasta tal punto que tanto en la vida cotidiana como en las letras, el sobrenombre que se dio a sí mismo borró la memoria del José Luis de los documentos.

            Tanto por los Antuña como por los Gadea, José Luis (Dimas) se vincula a dos troncos genealógicos de viejo cuño patrio y católico.

            Nació en Dolores, Departamento de Soriano, Uruguay, el 27 de agosto de 1894 [10]. Fueron sus padres: Don José Luis Antuña Barbot [11] y Doña María Gadea Casas. El abuelo de Dimas, fue Don José Luis Antuña González, y se contó entre los fundadores de las Conferencias Vicentinas y del Club Católico, siendo el donante de la Imagen de la Dolorosa que se venera aún en la Capilla del Sacramento de la Catedral Metropolitana de Montevideo. Recibió su primera enseñanza en la Escuela Pública de Dolores. A los trece años fue enviado como pupilo al Colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, en Montevideo, donde ingresó en 1907[12]. Cursó allí la escuela de Comercio que culminó en 1911 con las más altas calificaciones y como el mejor alumno de su promoción [13]. La inseguridad familiar creada por el mal estado de salud de su padre, aconsejó orientarlo hacia una capacitación profesional rápida que le abriera pronto acceso a un empleo. El tiempo desmintió –su padre gozó de extraordinaria longevidad- aquella opción familiar que le cerraba a este joven brillante las puertas de la Universidad y de una profesión más acorde con sus cualidades intelectuales y quizás también con su vocación íntima de estudioso. Poco después –1913- entraba empleado en el Banco de la Provincia de Buenos Aires.


[9]Antología de la Poesía Uruguaya Contemporánea, Universidad de la República, Dpto. de las Publicaciones, Montevideo, Uruguay 1964 (Serie Letras Nacionales Nº 9) Tomo II, pp.222.227.

[10]Así en su partida de Bautismo: Archivo Parroquial de N. Sra. de los Dolores (Dolores) Libro IX, folio 202. Fue bautizado por el Pbro. Ignacio Galarraga el 26 de enero de 1895, siendo sus padrinos Don Aurelio Podestá y su tía Ventura Gadea Casas.

[11]Don José Luis Antuña Barbot había tenido de su primer matrimonio con Agustina Segundo, tres hijas: Agustina, Ema y Elisa. Tras enviudar muy joven, se casó con doña María Gadea Casas, de la que tuvo cuatro hijos: 1) José Luis (Dimas), 2) Pedro José, 3) María del Carmen, 4) Mario Alberto. Don J.L.Antuña Barbot fue escribano y además muy activo en el periodismo nacional, primero en El Día y tras los sucesos de 1886 en La República.

            Es interesante transcribir una página de Israel contra el Angel en la que Antuña pinta el retrato espiritual de la infancia y juventud de su generación. Bajo el título Herencia (Págs. 13-15) traza estos rasgos que reflejan parcialmente algo de su propia experiencia: “La madre cristiana; el padre liberal. Mamá nos juntó las manos para el padrenuestro y el bendito; a papá nunca lo vimos en oración, pero nos hablaba de la patria y del progreso. Nuestra madre nos presentó al señor cura, para que fuésemos buenos cristianos y le ayudáramos a misa. Nuestro padre al maestro laico, diciéndole: Aquí tiene Ud. un ciudadano.

            “El cura nos hablaba de la providencia del Padre que está en los cielos y de la fe que traslada las montañas. Y el maestro decía: -La naturaleza lo explica todo con sus leyes inmutables, fatales y constantes. Y para las fiestas patrias agregaba: Es preciso obedecer al Estado: obedecer a sus leyes, aun cuando sean injustas. 

            “Llegaron los quince años: el cura nos pasó del catecismo a la Congregación; el maestro nos transfirió de la clase al bachillerato. Nuestro pensamiento comenzaba a organizarse: tuvimos un cierto sentido de la ciencia, de sus métodos, de sus leyes.... Dóciles, asombrados, felices y orgullosos, recibimos y repetimos –creyendo que era ciencia- el residuo materialista del positivismo.

            “La Congregación, entretanto, no nos daba ideas. Todo eran reuniones piadosas, devociones, limosnas, vaguedades de beneficencia 

social, y arranques apologéticos tan falsos como los cientificistas de la enseñanza secundaria.


[12]Su nombre figura en el libro de matrículas de dicho colegio, correspondiente a 1906-1911. Ingresó el 5 de marzo de 1907. Don Agustín Belloni, un cuñado de su madre, figura allí como el responsable del niño en Montevideo. Pero en los años siguientes su familia viene a la Capital. El nombre de José Luis Antuña figura en los folios 72, 128 y 138 del libro de matrículas, bajo los números 39, 437 y 8 respectivamente.               

[13]Libro de distribución de Premios del Colegio de la Sagrada Familia. Años 1910 (págs. 79-81). Hay allí fotografías de grupos en los cuales figura el joven Antuña. En la pág. 81 del libro de 1911 su retrato de cuerpo ocupa toda la página. En el Programa de Actos y Festejos que acompañaron la distribución de premios, Antuña, el mejor alumno de su promoción pronuncia un monólogo: Porqué las Señoras hablan más que los hombres.

            “Madre, cura, congregación: padre, escuela, universidad. A los veinte años teníamos la cabeza poblada de dos engendros que se daban de  puñetazos tan pronto un secreto instinto del alma, una intuición vaga, una esperanza, dejaba de mantener entre ambos un tabique. Tabique de separación y salvación.

            “El dualismo era completo: aquí la certeza científica, allí las afirmaciones piadosas y sentimentales. La concepción del mundo era la de un engranaje perfectamente montado que, a su hora, nos iba a triturar con la más tranquila indiferencia. Mientras no llegaba esa hora, y una vez satisfechas las necesidades inferiores de comida y confort, podíamos enternecernos con alguna endecha pesimista, y hacer líricos llamados a la piedad.

            “Por ese tiempo empezábamos a leer: Taine nos dio la fórmula inexorable del axioma eterno: Renán, la manera de guardar, sin los dogmas, un sentimiento religioso exquisito”.

            El hogar intelectual católico que Dimas encontró en la Argentina, lo salvó de esta esquizofrenia a la que tantos sucumbían en su patria terrena: el Uruguay laicista.

B.-En la Argentina (1913-1942)

            Hasta su jubilación por motivos de salud, Dimas Antuña se desempeñó en su empleo del Banco de la Provincia y vivió en Buenos Aires. Por este camino, que parecía un desvío esterilizante de su vocación de estudioso, el destino aseguraba sin embargo dos rasgos fundamentales de su perfil interior.

            En primer lugar lo ponía en contacto con las personas y los movimientos de la cultura católica argentina: allí se vinculó a la Tribuna Universitaria, a los Cursos de Cultura Católica; a los grupos de jóvenes que fundaron para desfogar sus inquietudes las revistas Signo, Criterio, Ortodoxia, Número; a sacerdotes que tuvieron influencia decisiva en su vida: el Padre Protain, religioso asuncionista, el Padre Maluenda, el Pbro. Edmundo Vannini, y los benedictinos P. Nicolás Rubin y Eleuterio González. A través del Convento Benedictino bonaerense se vinculó a la vasta familia benedictina, también en el Brasil.

            Reconocido por lo que debe a su amistad, dedica en 1921 su primer libro Israel contra el Angel a seis de sus amigos. Cita el nombre de dos de ellos en el epílogo: Héctor de Basaldúa y Enrique Requena. Y ya en la plenitud y madurez, hacia 1947, los recordará aún. Entre los que le estuvieron más unidos por amistad, hay que citar al que habría de ser hasta su muerte el amigo más fiel  y más íntimo: Carlos Saenz[14]. Un fatal accidente le quitó a Beltrán Morrogh Bernard, otro gran amigo.

            Es ese grupo inicial, recordado en su primer libro, el que funda junto con algunos nuevos integrantes, la revista Número [15] que aparece mensualmente dos años enteros, desde 1930 a 1931. En los veinticuatro números publicados se encuentran colaboraciones de Dimas, excepto en el número trece, donde Rodolfo Martínez comenta su tercer libro titulado El que crece.


[14]Existe una serie de cartas de Carlos Sáenz a Dimas Antuña, que nos auguramos se puedan publicar pronto en Gladius.

[15]Esta revista es interesante pero difícil de encontrar en nuestro medio. Hemos visto un ejemplar en el Archivo familiar. Tenía su sede en Alsina 884-890. Su director fue Julio Fingerit. A partir del Nº 8 se retiró y la revista siguió sin director. Secretarios eran Tomás de Lara e Ignacio Anzóategui. Administrador: José Garrido. Redactores: Emiliano Aguirre, Dimas Antuña, Juan Antonio, Héctor Basaldúa, Tomás Casares, Rómulo D. Carbia, Víctor Delhez, Osvaldo H. Dondo, Miguel Angel Etcheverrygaray, Manuel Gálvez, José M. Garciarena, Rafael Jijena Sánchez, Mario Mendióroz, Emiliano Mc Donagh, Ernesto Palacio, Alberto Prebisch, César E. Pico, Carlos A. Sáenz. La revista se publicó ininterrumpidamente desde enero de 1930 hasta diciembre de 1931, con un total de 24 números. El formato es de 37 x 27 cms. Cada volumen tiene paginación anual corrida. En la lista de redactores hemos subrayado los nombres de los que –según nos dicen- fueron más amigos de Antuña. Varios de los redactores iban a pasar luego a ocupar posiciones políticas.

 

            En segundo lugar, indirecta pero eficazmente, su condición de empleado sujeto a un horario y a un trabajo, marca desde dentro esa manera de acceder a las letras sin intención de literatura, y esa manera de pensar, sin intención de erigirse en maestro. Lejos de resentirse, Antuña da muestra de amar su condición de hombre del común. 

            En lo eclesial, Antuña se vio siempre –y no pierde ocasión de proclamarlo- como un simple fiel, sin misión de enseñar. Sometía sus escritos a previa autorización eclesiástica [16], e insiste a menudo en que habla sólo como cristiano a cristianos y de cosas que les son comunes. Cuando en cierta conferencia alguien le objetó que todo lo que había dicho no era más que mera repetición de ideas de los Santos Padres, respondió que jamás se le podía haber hecho mejor elogio.

            Como ciudadano, Antuña se autocalifica de hombre privado, en contradistinción con la categoría del hombre público, es decir sin pretensiones de repercutir en el orden político o en el dominio de las ideas. Quizás es esta postura religiosa la que le atrajo –tratamos de interpretar ese “recelo” al que alude Real de Azúa- objeciones. Antuña es muy explícito: como hombre privado – glosamos sus palabras - se siente inmerso en el orden exterior del mundo –y no siente necesidad de escapar de él-  y dentro de ese mundo y de ese orden, justo o injusto, no quiere hacer otra cosa que callar, obedecer, y buscar el pan de cada día [17].

Pero desde esa condición de hombre del llano conscientemente abrazada, sin títulos de dignidad, sin rol de mando o representación, abocado a buscar cada día el sustento, es precisamente desde donde brota y desde donde se explica su capacidad para considerar con sencillez todas las cosas. Por esta condición cobra inmunidad contra todo alambicamiento mental, contra toda complacencia profesional en verbalismos vanidosos o esotéricos, tan comunes en parte de la ‘intelectualidad’ en el Uruguay contemporáneo de Antuña.

Dimas se mantiene siempre a un nivel de lenguaje que conjuga la hermosura y la elevación con la accesible sencillez. Es bien capaz de leer con plena comprensión y deleite un aristotélico tratado de lógica[18]. Pero inmediatamente –hombre del llano- : “después de cerrar este libro, y vuelto al comercio de los hombres, una pregunta me persigue: ¿ de qué modo, me digo con insistencia, de qué modo razonan los que no han leído nunca  a Aristóteles? ¿Cómo se produce el discurso en la inteligencia de los simples?


[16]Excepto Israel contra el Angel todos sus libros aparecen con Imprimatur. Véase a este propósito T. pág. 11.

[17]Vida de San José (=VSJ)  pp. 11-14

[18]Israel contra el Angel (=IA) p. 60 ss. Pensamos que se trata de una obra de Kant. En una conferencia se refirió a la crisis interior que le produjo su encuentro con Kant y cómo la superó, siendo el punto de partida de sus estudios de teología, liturgia e historia del cristianismo.

El paisano, el vendedor de feria, la señorita bien educada, y otros aún: el artista, el hombre de simple buen sentido, todos aquellos, en fin, cuyo trato me es agradable y seguro, y cuyo pensamiento es habitualmente espontáneo” [19]. Antuña se contesta: “el hombre que no ha leído a Aristóteles –ni a Kant- se pone en contacto con las cosas del mismo modo que el filósofo más rancio. Las ve, las siente , las palpa” [20]. Y su reflexión culmina con el descubrimiento: “Si el individuo –omne individuum ineffabile est- está en la base del conocimiento, también puede estarlo en el término. Y si la intuición da el contenido a la conciencia, el fruto pleno del trabajo intelectual, no debe ser un concepto precisamente, sino un conocimiento intuitivo: una vuelta a la intuición después de haber atravesado el concepto, para apreciar en el medio vivo inefable, el valor del trabajo discursivo. Nada suple el contacto con lo real”[21].

            Este último párrafo nos parece programático y encierra el germen que regirá el estilo propio de Antuña: más contemplativo que discursivo, orientado más hacia las individualidades concretas que hacia los conceptos y razonamientos.

            Es desde esta condición de hombre privado –que se complace y se siente seguro con el hombre de simple buen sentido- desde donde Antuña se pone en guardia contra una posible deformación idealista de la inteligencia, por la cual el hombre se fatiga sin término en el manejo de conceptos, sin llegar jamás al acto puro de conocer intuitivamente la realidad individual. Y, en el extremo paroxismo de esta deformación, llega a erigir la fatiga intelectual –que sólo puede ser un medio- en fin y medida del valor de sus frutos, con el consecuente desprecio por la inmediatez deleitosa de la contemplación que descansa en la evidencia de su objeto.

            Los treinta años de residencia en la Argentina marcan así decisiva y fuertemente su persona y su obra.

            En 1926, por la generosidad de otro amigo, aparece como libro y con el título de El Cántico su comentario al Canto de las Creaturas de San Francisco de Asís. Dos años después, el 18 de abril de 1928 contrae matrimonio con María Angélica Valla. 

            En 1937, accediendo a una invitación, viaja a Córdoba a dictar algunas conferencias. Se inicia así una etapa de viajes y conferencias que dura unos seis años.

C.–Los viajes (1937-1943)  

                Entre 1938 y 1943, Antuña hace cuatro viajes a Brasil. En Río de Janeiro se aloja en casa de un amigo, Wagner Antúnez Dutra, que le brinda hospitalidad y el retiro necesario para escribir el libro que prepara y dejará inconcluso. En esa época traba amistad con Alceu Amoroso Lima  (Tristán de Athayde) y otras figuras de la cultura del Brasil. Ya en el primer viaje a Río (1938) presenta su pensamiento a través de conferencias. Vuelve a Río en 1939 y es invitado a hablar en Juiz de Forá y en Belo Horizonte. En 1940 visita el Paraguay.


[19]IA. P. 61, el subrayado es nuestro.

[20]IA. P. 71.

[21]IA. P. 74, el subrayado es nuestro

En 1941 va a pronunciar sus conferencias en Salta y otros lugares de las Provincias Argentinas. Vuelve a Río de Janeiro en 1942 y desde julio a diciembre de 1943, siempre acompañado por su esposa.

            En este período se sitúan dos de sus obras. Resultado de su primer encuentro con el Brasil es su poemario en francés titulado Mon Brésil (1938). Unas conferencias dictadas en Buenos Aires ante un público muy sencillo, las recoge en su libro La vida de San José (1941) en el que el desarrollo temático, basado sobre los viajes del Patriarca, decanta el reflejo espiritual de los propios.

            No sería pues exacto imaginarse que Antuña llevó una vida trashumante, como pudiera interpretar algún lector a partir de la concisa presentación de Real de Azúa.

D.-En Uruguay(1942 -1968)

            El 28 de abril de 1942 Antuña vuelve al Uruguay para radicarse aquí. Su salud, que había contribuido a adelantar su jubilación, lo obliga a vivir un tiempo en Lezica [22]. Tiene 48 años y piensa poderse dedicar tranquilo a completar su obra sobre la Misa que venía preparando desde hacía unos años, y cuyos capítulos eran la sustancia de sus conferencias.

            Al retorno de Río en diciembre de 1943 se instala con su señora en una casa en Montevideo, en las calles Ciudadela y Paysandú. Tiene a un paso la Iglesia de Lourdes, de los PP. Palotinos, donde por ese entonces un sacerdote alemán exilado de guerra, el P. Agustín Born echa las bases de lo que será elApostolado Litúrgico. Dimas Antuña será invitado a hablar allí con cierta frecuencia, así como en el Club Católico, donde funcionaba la Academia de Estudios Religiosos que dirigía Mons. Miguel Balaguer.

            En 1947 se edita en Buenos Aires su último libro: El Testimonio precedido de un prólogo en el que se traduce un balance de experiencias del Antuña maduro. Una verdadera joya estilística y de profética penetración, por el diagnóstico del mal espiritual de su época, que consideramos válido también para la nuestra.

            El Testimonio le da ocasión de reimprimir en un solo volumen El Cántico, Mon Brésil, El que Crecey buena parte de sus poesías y colaboraciones en la revista Número.

            Pero en 1950, a la edad de 56 años, se ve obligado a buscar nuevamente un trabajo. Con él cesa forzosamente su actividad creadora. De ese año son las últimas conferencias que escribe. Una en relación con el Año Santo. La otra –única que no tiene carácter religioso- sobre Montevideo, fue propalada por elSodre.

            El Año Santo de 1950 pone punto final a sus escritos y se abre para él una etapa de silencio que será la última de su vida. En 1966, próximo a su muerte, se muda con su esposa al barrio Pocitos, donde fallece el 24 de agosto de 1968, a los 74 años de edad. Sus restos reposan en el Cementerio Central, en el Panteón de la Familia Antuña, muy cerca del Panteón Nacional y de la fecha patria. Algún día podrá señalarse su sepultura con una placa recordatoria.

            Los sentimientos de Antuña hacia esta tierra en la que nació y reposa, nos los trasmite el estudio que dedica a Zorrilla de san Martín y su Tabaré en Israel contra el Angel. Desde el alto mirador porteño de la torre Güemes, donde gustaba subir, en ciertos días muy claros, ve dibujarse a lo lejos la línea de la costa uruguaya: un reborde que todos pueden ver, una costa que muchos conocen, pero que, sin embargo, solamente los orientales reconocen. “Yo soy oriental: esa línea plomiza que subraya el horizonte es mi dulce tierra.” [23](17)


[22]T. Págs. 210-212.

3.__OBRAS

A) Libros

                       1921 –ISRAEL CONTRA EL ÁNGEL,  Ediciones de tribuna Universitaria, 268 págs. 18,5 x 13,5 cms.

            Se terminó de imprimir en la imprenta de A. Baiocco y Cía. el 15 de octubre de 1921. Se imprimieron 20 ejemplares en papel especial fuera de comercio, con la firma del autor. La tapa es un forro impreso que se aplica directamente sobre la primera pagina del primer pliego y la última del último. Está ilustrado por Enrique Requena. El mismo dibujo se repite en la portada de la página 3. En la página 2 hay una viñeta que representa un árbol con frutos, sobre el cual una divisa con el nombre de Dimas Antuña, al pie se lee: Miraturque Novas Frondes et non sua Poma –Ex libris. En la contratapa, otra ilustración de Requena que representa una forma de escudo en copa, sobre un fondo decorado con vides en fruto hay una espada  y una divisa: Non pacem sed gladium.

            1926 –EL CÁNTICO, Buenos Aires MCMXXVI, 52 págs. 23 x 18 cms.

            Acabóse de imprimir esta edición original de seiscientos ejemplares numerados en los talleres gráficos de la Soc. Anónima Casa Jacobo Peuser Ltda., el día IV de Octubre de MCMXXVI, Séptimo Centenario de la muerte de San Fco. De asís. Una viñeta de Juan Antonio en la tapa. La edición fue costeada por Don Matías Errázuriz, a quien va dedicado el libro. La primera desfavorable impresión de su mecenas frente a este comentario al Cántico de las Creaturas, lo relata el mismo Dimas en su Introducción al Testimonio, pág. 10. Según parece fue Victoria Ocampo la que convenció a Don Matías Errázuriz del valor del trabajo. Este libro fue reeditado en El Testimonio, págs. 31-44.

            1929 –EL QUE CRECE, Paris MCMXXIX, 64 págs. 28 x 23 cms. Ilustraciones de Héctor Basaldúa, Editor.

            Acabóse de imprimir esta edición original de trescientos ejemplares numerados, en los talleres gráficos de la Imprenta L´Hoir, calle del Delta 26, París, el día treinta y uno de julio de mil novecientos veinte y nueve. También fue reimpresa en El Testimonio, págs. 285-312.

            1938 –MON BRÉSIL, Buenos Aires 1938, 30 págs., 24 x 19 cms.                Sobre la tapa una viñeta (un ancla) de Juan Antonio que dirigió la edición.


[23]IA. Págs. 89-90.

            Achevé d´imprimer le 24 décembre 1938 par F. A. Colombo, A Buenos Ayres. Édition originale, hors commerce, tirage à 100 exemplaires numèrotés.    También fue reimpreso en El Testimonio, págs. 117-130.

            1941 –LA VIDA DE SAN JOSÉ, Ediciones San Rafael, Buenos Aires 1941, 88 págs., 20 x 15 cms.

            Este libro se acabó de imprimir en Buenos Aires en casa de D. Francisco A. Colombo el día XX de diciembre del año MCMXLI, Laus Deo. 

            Conferencias pronunciadas en la Fraternidad de la Asunción el 9 de junio de 1940.

                       1947 –EL TESTIMONIO, Ediciones San Rafael, Buenos Aires, 316 págs., 20 x 13 cms.

            Se terminó de imprimir el treinta de mayo de mil novecientos cuarenta y siete, en los talleres gráficos de la Cía. Impresora Argentina.

            Lo distribuyó el Grupo de Editoriales Católicas, Viamonte 525. En la página 315 se anuncia el libroInter convivas, que Dimas Antuña dejó inconcluso.

            El 1º de junio de 1947 firma Dimas Antuña su prólogo al Volumen de Homenaje (un libro, que como su género se ha hecho raro entre nosotros) que bajo el título Discursos y Semblanzas dedica al canónigo de la Catedral de Montevideo Luis Roberto de Santiago una comisión de notables de la que Dimas forma parte como vocal.

            El volumen se terminó se imprimir el 5 de diciembre de 1947 en Montevideo. El prólogo de Antuña ofrece en 21 páginas (pp. 9-28) una introducción y presentación de la persona y de las piezas oratorias pronunciadas en diferentes ocasiones. Por su valor biográfico, por los datos y anécdotas, es una pieza que interesará al historiador, al igual que el volumen al que introduce. Pero además, y aunque se abstiene de analizar detenidamente el valor de los escritos que pretende salvar del olvido, trasunta multitud de aspectos del pensamiento de Antuña, que deberá tener en cuenta quien aspire a estudiarlo con más detalle.

B) Colaboraciones en Diarios y Revistas

            Dimas Antuña presentó poesías, prosa poética y artículos de diversa magnitud en La Nación de Buenos Aires y en El Bien Público de Montevideo. En este último colaboró principalmente entre 1921-1928.

            Colaboró con mayor o menor asiduidad en otros periódicos y revistas de la Argentina: Signo, Sur, Número, Itinerarium y quizás en otras que nos son desconocidas. Lo que él consideró mejor de esas páginas dispersas lo reimprimió en El Testimonio.

            En la revista Sur dirigida por Victoria Ocampo hizo una única incursión con su poesía Treno (republicada en El Testimonio p. 210), que es un eco de su estadía en Lezica hacia 1942. Se disgustó con la directora de la revista pues inconsultamente se permitió corregirle una palabra, imprimiendo humanapor buena.

            En la revista Número, en cambio, colaboró asiduamente en todos los números con prosas poéticas breves, poesías y algunos artículos. Buena parte de estas colaboraciones las imprimió en El Testimonio. Señalamos aquí sólo las que no fueron reimpresas, que sepamos, ya que no nos ha sido posible compulsar los textos, y es posible que haya habido cambio de títulos en los trabajos reimpresos.

Nº 1, Enero de 1930, p.3: El coro.

Nº 3, Marzo, p.24: “La Palma y el Cedro, (Introito de la Misa de San José                                     

            del 19 de Marzo)” (poesía).

Nº 7, Julio, p. 63-64: “Ave María” (artículo).

Nº 8, Agosto, p. 75: “Silencio” (poesía).

Nº 12, Diciembre, p. 120: “El Nacimiento” (poesía).

Nº 13, Enero 1931, p. 8: Comentario de Rodolfo Martínez Espinosa sobre  el libro “ El que Crece”.

Nº 15, Marzo, p. 18-19 “Fiestas de la Cruz” (artículo).

Nº 18-19, Julio, p. 46: “ Misterio de la Inmaculada”  (poesía).

Nº 20 Agosto: “Carta a un escultor” (Sobre las imágenes de San José).

Nº 21-22, Octubre, p. 73: Tres misterios del Señor San José: Presentación - Huida – Niño perdido”

Nº 23-24, Diciembre, p. 82-83: “Cáliz” (artículo, con ilustración de Juan Antonio)

            En la revista ITINERARIUM, Revista Franciscana bimestral publicada por la Provincia argentina de la Orden hay varias colaboraciones suyas. La revista comenzó a publicarse entre abril-mayo de 1945 y cesó con el número 13 hacia enero-marzo de 1949. Hay colaboraciones de Dimas Antuña en los números del uno al cuatro (de abril-mayo de 1945 hasta enero –febrero de 1946). Los cuatro trabajos se publican bajo el título común: La liturgia y el ciego y se distinguen por los cuatro subtítulos: 1) Introito; 2) Kyries,Gloria y Dominus vobiscum; 3) Colecta; 4) Entrada y Reunión. En el número 5-6 aparece la Oda a un Acólito dedicada a Guillermo Basombrío, que puede verse reimpresa en El Testimonio  (p. 178 ss). Los cuatro trabajos sobre la liturgia de la Misa son sin duda capítulos de su obra Inter convivas que como dijimos quedó incompleta e inédita.

C) Inéditos

            Debemos a la deferencia de la Sra. Viuda de Antuña, María Angélica Valla de Antuña, que nos dio acceso a parte del archivo familiar algunos datos que nos parece interesante consignar acerca de la correspondencia y conferencias o trabajos aún inéditos. Entre las relaciones con personajes importantes que trató en Bs. As. Se cuentan Garrigou-Lagrange, Maritain y Bernanos, con el que mantuvo más tarde correspondencia y que le envió uno de sus libros dedicado.  

            Están inéditas aún la mayoría de sus conferencias dictadas en Córdoba, Salta, Brasil y Montevideo sobre la Liturgia de la Misa y que son fragmentos del libro Inter convivas. Entre ellas El Canto del Evangelio pronunciada el 20 de octubre de 1948 en la casa de la Tercera Orden Franciscana (Bs. As.).

            Existe una conferencia inédita sobre El Sacerdocio escrita para celebrar un aniversario sacerdotal, del P. Edmundo Vannini. Con Motivo del Año Santo de 1950, pronunció una conferencia sobre El carácterPeregrinal de la Iglesia organizada por Amigos del Libro, Buenos Aires, el 11 de mayo de dicho año. También en 1950, el 27 de agosto y el 27 de setiembre de propaló por el SODRE su conferencia sobreMontevideo, que es la única de carácter no religioso.

            Se han publicado en Gladius varias de sus conferencias[24]

4.__RETRATO HABLADO

            Hemos recogido de la Hermana benedictina Rosa Fernández Alonso que lo conoció en el fecundo decenio del 40, esta semblanza de Dimas Antuña. Compulsada con numerosos testimonios y opiniones, juzgamos que lo dibuja fielmente.

            “Lo conocí en 1943 o 1944 y lo traté con bastante frecuencia hasta 1948. Era de estatura mediana, más bien delgado, de cabello negro –entonces ya algo canoso- de tez más bien morena. Su salud frágil había sido la causa de una estadía en Colón en 1942 y también, según creo, de su jubilación.

            Lo que más me impresionaba en él era su constante actitud de hombre de oración. Leía y más que leía estudiaba cuidadosamente, publicaciones sobre las diversas disciplinas sagradas: exégesis, liturgia, teología. Esta manera suya de profundizar en su fe por un estudio serio se puede ver no sólo por lo rico de su pensamiento, sino a través de los libros usados por él, cuidadosamente subrayados y anotados.

            Su misma conversación estaba como protegida por un silencio: no se perdía en temas banales ni se refería a su persona y a su vida. Su palabra fluía lenta pero en períodos claros y rítmicos.

            De sus escritos conozco lo que está publicado. Por el año 45 me leyó varios poemas, entonces inéditos, pero luego publicados en El Testimonio.

            Me inclino a creer que Dimas corregía minuciosamente sus trabajos, ya que como dije antes, su pensamiento fluía con suma precisión en los conceptos y equilibrio rítmico en la expresión. Nada hace pensar que hubiese en él el menor afán de preciosismo. Algo de esto se trasluce en el Prólogo de El Testimonio ( ver pág. 9).Pero la belleza y hondura que se encuentran en sus escritos –trabajados o no- muestran al hombre cuya pasión era la contemplación, al esteta de finísima sensibilidad, al silencioso que todo lo hacía con sencillez y nunca con descuido.

            Esto último tuve ocasión de apreciarlo desde otros ángulos. Uno de ellos: el cuidado con que estudiaba la diagramación de sus trabajos cuando se pasaban a máquina antes de una conferencia o en vistas a su publicación. En lo publicado y que yo conozco, donde mejor se aprecia este aspecto es en su libro La vida de San José. Dedicó atento cuidado a la preparación de los originales de El Testimonio. En ellos pude apreciar la belleza de una distribución equilibrada del texto. Al pasar a la imprenta, la necesidad de no hacer muy costosa la edición obligó a achicar la letra  y a suprimir muchos espacios blancos.

            Otro recuerdo vinculado a su sencillez en la que no se mezclaba el descuido, es el de los momentos en que leía sus escritos, ya en privado, ya para algún grupo. Los lugares en los que se le invitaba en Montevideo, con cierta frecuencia eran El Apostolado litúrgico del Uruguay y uno sin nombre oficial y sin sede propia,


[24]Véase la nota 2

formado por personas a las que atraía la espiritualidad benedictina. Al comenzar Dimas a leer –poesía o prosa- su figura parecía entrar en la penumbra y su voz clara, suave y armoniosa ocupaba ella sola toda la atención. Esto, unido al ritmo de que ya he hablado, hacía que su pensamiento penetrase en quienes le escuchábamos  no sólo como conceptos dirigidos a la inteligencia sino como algo, que creando una profunda atmósfera de silencio y aquietando los sentidos, nos envolvía y ayudaba notablemente a gustar lo que exponía y que se refería siempre de algún modo a las maravillas de Dios manifestadas en la naturaleza o donde quiera que se revelara.

            Dimas fue un alma intensamente eucarística. Cuando vivía a la vuelta del Santuario de Lourdes que regían los Padres Palottinos él solía ir a esa iglesia a rezar. Yo trabajaba en ese entonces con el Padre Agustín Born en el Apostolado Litúrgico y me cruzaba a su casa, encontrándome con Queca, como llamábamos a su esposa Angélica, si Dimas estaba todavía en la Iglesia, orando. En los encuentros con Dimas, él me dijo de su alegría al ver que Queca leía los Santos Padres y otros libros piadosos, sin necesidad de que él se lo aconsejara. Después cuando volví a verlo, vivía en el barrio Pocitos, cerca de la Parroquia por tener un sagrario cerca de su casa.

            Ignoro cuáles fueron las alternativas de su última enfermedad. Lo único que supe de él después de una última visita en 1966 fue que este varón silencioso entró definitivamente en la Plenitud de Dios el 24 de agosto de 1968.”

CONCLUSIÓN

            Para concluir quiero referirme a dos cosas, primero a la visión que tiene Dimas Antuña de sí mismo como autor y como creyente. Y en  segundo lugar, a su intuición profética y al fino diagnóstico del mal espiritual de muchos católicos rioplatenses de su tiempo, diagnóstico profético al que aludí antes y merece ser destacado, porque desde entonces no han cesado de agravarse esos males, y el diagnóstico de Dimas mantiene su actualidad profética.

           Dimas visto por Dimas, como autor y como cristiano

            Él se describe lúcidamente a sí mismo como autor en el prólogo a El Testimonio en estos términos: “Yo, pues, no soy un autor que entrega un libro. Soy un cristiano que entrega una palabra, o mejor, que la restituye a quienes por atención, por deseo, por pedido expreso alguna veces o por simple seducción de alto ejemplo y nobleza inolvidable de alma, otras, la han provocado y hecho nacer en mí. Y así esta palabra tiene todas las condiciones de nuestra amistad. Porque los amigos son nobles, ella es desinteresada; porque son inteligentes, no enseña y sólo indica o recuerda; porque estáis todos en Dios, es palabra gratuita; porque conocéis al Padre en el Hijo, es palabra filial. Confiada a las letras, no nace de la literatura[25]; entregada al mundo, el mundo no la puede entender. Atestigua como atestiguan las parábolas del Evangelio, que, según la definición de Alejandro (un niño de siete años a quien instruían en mi casa en la fe): Son una cosa que se dice y que después hay que adivinar. Y ya sabemos que los de afuera, obsesionados por los problemas y sin el menor deseo de recibir el misterio (por eso son de afuera) nunca adivinan”[26].


[25]En otro lugar del prólogo Dimas ha efundido su corazón al respecto: “Esa falta de calidad literaria explica también el fracaso invariable, y con algo muy parecido a una burla, que han tenido los intentos de publicar algunos de los trabajos breves de este libro en los grandes diarios de Buenos Aires, y el hecho, penoso para el autor, de que este libro no pueda editarse dentro de las vías ordinarias de la producción intelectual, y sólo se haga ahora, al margen y como por tolerancia del comercio de librerías, gracias al empeño generoso de algunos amigos” (El Testimonio, Prólogo, p. 17).

[26]T. Págs. 23-24

     “No es gran cosa en este mundo, como testigo, un ladrón, seguramente homicida y en cualquier caso una piltrafa que comienza por confesar su propio crimen y la justicia indiscutible de su condenación... Palabra de pobre. Palabra de condenado. Palabra de pecador. Palabra de contrito. La gloria de Cristo necesitaba de este testimonio (de Dimas), lo necesitaba la inocencia del Cordero inmolado, en ese momento. Lo pedían las tinieblas, el terremoto, el sol y la luna, ya sin luz; el velo roto, las piedras (que se partían) y, ¡ay de Dimas! Si Dimas no habla. En su confesión le iba el alma. Le iba (aunque esto parezca extraordinario) algo más que el perdón, algo mayor que el mismo paraíso. Le iba y nos iba el HOY y el CONMIGO, es decir, la certeza de que lo comenzado sería consumado, la prenda de su perseverancia, la seguridad de que moriría en su cruz, así fuera sin muerte de cruz y a golpes; y su gloria y nuestra gloria inefable... el saber que NADA, NUNCA, lo separaría, nos separaría , de Aquél que, en la igualdad desatinada del amor, de cruz a cruz y en un mismo suplicio, de cruz a cruz – en una misma agonía – nos oye”[27].

            Dimas se entiende a sí mismo según las puras coordenadas de la fe y de sus misterios, coordenadas trinitarias y paterno - filiales. La doxología con que termina su poemario Mon Brésil es elocuente de su experiencia trinitaria:

Gloire au Père qui nous accable

De cette richesse de dons;

Gloire à ce Fils, notre frère,

Qui es tout ce que nous avons:

Gloire à ce Feu, cet Amour,

Oû tout ce qui est devient Don:

Mon âme à même la source

A soif encore de cette eau...[28]

            Su extenso poema Pila de mi bautismo[29] muestra elocuentemente cómo Dimas se entiende también a sí mismo como hijo, semejante al Hijo:

1

Pila de mi bautismo,

Circunferencia y octógono,

Sepulcro de piedra y fuente


[27]T. Págs. 25-26

[28]Mon Brésil, está fechado en Río de Janeiro, en Julio de 1938. Esta cita está en El Testimonio en la p. 130.

[29]T. Págs. 259-283. Nuestra cita en p. 259

De la resurrección:

Aquí nos engendra el Verbo,

Aquí la Iglesia concibe.

Conforme al Pez, pececillos

Nacen del agua.

La corriente los gobierna,

El cristal los ilumina

Y un brote dentro de ellos, vena viva,

Los vuelve al Padre.

2

Nacen los hijos,

Nacen del agua.

Nacen del bautismo

Semejantes al Hijo.

Semejantes al Hijo

Los que nacen de esta agua

Han muerto y viven

Santo Sepulcro,

Aquí muere el hombre

Y se levanta Cristo.

   

Diagnóstico profético         

      En contraste con esta autocomprensión mística de su ser cristiano, definidas por sus relaciones con Cristo, con el Padre y el Espíritu, contraídas en el Bautismo, Dimas sintió dolorosamente y expresó proféticamente ¡en 1942! el mal consistente en la reducción moralista, naturalista de la vida cristiana a ‘ideología cristiana’, es decir a pura ética para ser vivida en la dimensión puramente intramundana. Crisis latente entonces que estallaría en la maligna crisis politizadora de las décadas del sesenta y setenta pero que, aunque cambiando de piel, no cesa de llegar reptando hasta hoy.

     

      “Cuando se apaga esa lámpara – diagnostica Dimas - que significan las virtudes teologales, lo terrible es ver cómo el hombre bautizado, es decir, creado en Cristo para Dios, se organiza en sí mismo y empieza a construir su vida en la región de la desemejanza[30]. No puede destruir la Imagen y lleva además su sello, un carácter filial que es indeleble, pero, el pecho ungido para las obras de la fe se ensancha en alientos de la propia afirmación, y la espalda, que había de llevar el yugo de Cristo, toma sobre sí el peso político del mundo. Las acometidas de la soberbia y la voluntad de poder, el ‘yo’ y el imperio, endurecen otra vez el rostro con el contenido que vuelve de los tres ‘Renuncio’. Este hombre bautizado toma un puesto en el mundo y del mundo recibe su porte, su aire, su importancia y su honra. Tiene el oído atento (aunque no a la Palabra) y la nariz, grave, que se reserva. Si no anda en olor de suavidad mantiene en cambio, sagaz, la husma. Porque no se trata aquí de apostasías alocadas ni de vicios que degraden. ¡Dios sabe si tenemos todas las aprobaciones de la prudencia y si somos los hombres del momento, los hombres responsables!


[30]La desemejanza con el Padre, es decir, un cristianismo ¡no filial!   

   “El que se desentiende así de las virtudes teologales no tiene por qué ceder, por eso, en las virtudes morales y políticas. Estas virtudes son muchas, y duras, y saben entablar con lucidez su juego sin entrañas. Formaron el esplendor del mundo antiguo y aún pueden poner perfectamente de pie a un hombre en la Historia.

      “¿Y para qué, Señores, ha muerto Cristo en la Cruz? ¿Para esto el Verbo se hizo carne? ¿Para esto la vida de la Iglesia y su Autoridad, y su Jerarquía, comunican al mundo ese misterio que asombra a los ángeles de DIOS CON NOSOTROS?

      “Para que después del bautismo entre equilibrios y distingos vivamos como paganos, sin fe, sin esperanza, invocando tradiciones de hombres y con una estructura, un vocabulario, una especie de airón amenazante y hueco de pretendidas ‘ideas’ cristianas? No nos bastaba caer en el pecado y caemos en las virtudes. No nos bastaba la inmundicia y el desorden, y, para profanar la Encarnación de Cristo, hemos descubierto el orden. Creyentes sin fe, cristianos sin Cristo, Señores, ¿dónde está nuestro bautismo?”[31].

                                          



[31]Tomado del Discurso en honor de San Juan de la Cruz para celebrar el IV Centenario de su nacimiento, pronunciado por el autor en la sede de los Cursos de Cultura Católica de Buenos Aires, el día 9 de setiembre de 1942. El Testimonio, Páginas 134-163.El pasaje citado en las páginas 148-149