PROCESO DE PROTESTANTIZACIÓN DEL CATOLICISMO

UN INFORME

(Versión noviembre 2016)

Horacio Bojorge

“Desviaciones doctrinales análogas a las que efectuó

en su época la Reforma Protestante”

 SS Paulo VI (27-6-67)

ÍNDICE

1.- UN MAL PROPIO DEL CATOLICISMO

1.1. Jaime Balmes: “no es más que un hecho común a todos los siglos de la Iglesia”

1.2. Miguel de Unamuno: “Si Iglesia católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”

2.- EL CUADRO CLÍNICO DE LA DOLENCIA PROTESTANTE: San Ignacio de Loyola

3.- UN MAL RECONOCIDO POR MUCHOS

3.1. Mons. Marcel Lefebvre

3.2. Señalar la protestantización no significa ser lefebvrista

3.3. El Cardenal Carlo Martini: La Iglesia católica se dejó inspirar por las reformas de Lutero.

3.4. Monseñor José Guerra Campos

3.5. Ralph M. Wiltgen SVD: El Rin se vuelca en el Tíber

3.6. Pablo VI: La Nota Explicativa Previa a la Lumen Gentium

3.7. El Cardenal Adrianus Simonis: buen conocedor del paño calvinista

3.8. La intención de Pablo VI para el Novus Ordo Missae: “aproximarse a la liturgia protestante”

3.9. El Cardenal Basil Hume: Mengua de la devoción eucarística 

3.9.1 El P. Lucas Prados: Comunión en pecado mortal – 3.9.2 ¿El Libro versus las especies eucarísticas?

3.10. El Cardenal Gerhard Ludwig Müller se enfrenta con la conferencia episcopal alemana. – 3.10.1 El riesgo de la iglesia nacional. – 3.10.2 El peligro de separar la pastoral  de la doctrina – 3.10.3 Una deficiente comprensión de la naturaleza de las  Conferencias episcopales

3.11. Pbro. Dr. José María Iraburu: Infidelidades en la Iglesia

3.12. El Cardenal Godfried Danneels: Mengua de las vocaciones sacerdotales y de la vida sacramental

3.13. El Cardenal Joseph Ratzinger: Indisciplina ritual y secularización de la liturgia - 3.13.1. El Cardenal Joseph Ratzinger: Protestantismo y modernidad - 3.13.2 ¿Profetas del Rey? - 3.13.3. Hoy como ayer, una desviación eclesiológica - 3.13.4. Lutero hoy, ante la Congregación para la Doctrina de la Fe - 3.13.5. Hay que ser contracultural para permanecer católico

3.14. Dr. Miguel Poradowski Pbro. La actual protestantización del catolicismo

3.15. Mons. Juan Rodolfo Laise: La comunión en la mano

3.16. Mons. Athanasius Schneider

3.17.1.  Mons. Luigi Giussani: La intelectualidad católica gravemente protestantizada hoy - 3.17.2. Tres caídas: subjetivismo, moralismo, debilitamiento de la unidad.  - 3.17.3. Gianfranco Morra: Politización de los católicos proporcional a su creciente  impotencia política - 3.17.4. Tercera caída: ¿Reforma a costa de la identidad?

3.18. Augusto del Noce: una caída en la inmanencia

3.19. Pbro. Dr. José María Iraburu: Infidelidades en la Iglesia

4. EPÍLOGO: RESUMEN E IMPRESIÓN GENERAL - Por último, se ha levantado el velo… - En conclusión

Este informe sobre el proceso de protestantización del catolicismo tiene su origen en el estudio preliminar que escribí para el tomo sexto de La Nave y las Tempestades, en que el P. Alfredo Sáenz se ocupó de presentarnos La Reforma Protestante[1].

 Federico Mihura Seeber, había escrito en su introducción al primer tomo de la obra del padre Alfredo Sáenz La Nave y las tempestades: “Los embates sufridos por la Iglesia en el pasado serán los mismos que sufrirá más tarde, sólo que mucho más graves”[2]. En muchos aspectos puede comprobarse que los fenómenos caracterizantes de aquella Reforma se prolonga en múltiples formas en nuestros días. Pero ella, a su vez, es una institucionalización no solamente religiosa, sino política, cultural y social, de males ínsitos al pueblo católico denunciados ya en el mismo Nuevo Testamento.

1.- UN MAL PROPIO DEL CATOLICISMO

Por protestantización, entendemos un cambio complejo de la fe[3], de la religiosidad, de la sensibilidad, la piedad y la cultura católica. Se manifiesta principalmente en una disminución del afecto y la adhesión al Papa, a la Eucarística y a María. Este cambio consiste en una ruptura[4] latente con la tradición y la doctrina católicas que comienza como una exigencia de reforma y puede terminar, aunque no siempre, con la ruptura manifiesta con la comunión eclesial. Se ha señalado también que el lenguaje protestante es más bien dialéctico y contrapone los opuestos como disyuntiva: o, o; mientras que el lenguaje católico une los opuestos y los concilia: y, y.

Son numerosas, desde diversos sectores, y muchas de ellas muy cualificadas, las voces que afirman que el catolicismo continúa sufriendo hoy un proceso de protestantización. Un proceso que, según algunas de esas voces, sería aún más severo y más grave hoy que en el pasado. Bien puede decirse, a creerle a esas voces – muchas de las cuales voy a recolectar en estas páginas – que el fenómeno de la Reforma protestante no ha terminado aún y que asistimos en nuestros días a nuevos capítulos de ese proceso y hasta a una radicalización del mismo.

1.1 Jaime Balmes: “no es más que un hecho común a todos los siglos de la Iglesia”

La historia nos enseña a descubrir que el espíritu protestante nació en el seno del catolicismo y que sigue naciendo en él y de él. Como ha señalado Jaime Balmes:

“Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el señalamiento de sus causas por no haberse advertido que no es más que un hecho común a todos los siglos de la historia de la Iglesia”. Y amplía su pensamiento agregando: “Es innegable que el principio de sumisión a la autoridad en materias de fe ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta por ahora consignar el hecho y recordar a quien  lo pusiere en duda que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de las herejías”.

 “Conforme a la variedad de tiempos y países – prosigue Balmes –  el hecho ha presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza el judaísmo y el cristianismo: ora combinando con la doctrina de Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del dogma católico con las cavilaciones, y sutilezas del sofista griego: es decir presentando diferentes aspectos según ha sido diferente el estado del espíritu humano.

“No ha dejado empero este hecho de tener dos caracteres generales que han manifestado bien a las claras que el origen es el mismo a pesar de  ser tan vario el resultado en su naturaleza y objeto. Estos caracteres son: el odio a la autoridad de la Iglesia y el espíritu de secta.

“Bien claro es que si en cada siglo se había visto nacer alguna secta que se oponía a la autoridad de la Iglesia y erigía en dogmas las " opiniones  de  sus fundadores no era regular que dejase de acontecer  lo mismo en el siglo XVI; y atendido el carácter del espíritu humano”[5].

La Reforma protestante no es, por lo tanto, algo que le advino al catolicismo desde afuera. Es algo que nació del mundo católico y que, históricamente, pudo salir de la Iglesia católica – y colocarse afuera de ella como un antagonista – debido al apoyo de poderes políticos adversos a la Jerarquía católica y el catolicismo de los pueblos latinos. Se plantea a sí misma, desde sus comienzos hasta ahora, como lo auténtico frente a lo inauténtico. Y, tomando pretexto de males internos reales del catolicismo, estriba en ellos para abolir también los buenos usos.

Pero a medida que se aparta de su cuna católica, lo protestante se desvirtúa progresivamente, languidece y muere. Se nutre del vigor católico del que nace y con el que convive, aunque sea en oposición dialéctica.

Por eso el protestantismo está decayendo en Europa junto con el catolicismo y en cambio es vigoroso en Latinoamérica donde florece a costa de los remanentes del vigor cultural católico, que él consume y destruye a la vez.

1.2. Miguel de Unamuno: “Si la Iglesia desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”

Miguel de Unamuno afirmaba por eso que: “Si la Iglesia católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes”. El párrafo de su Diario íntimo en el que hace esta afirmación es digno de ser tenido en cuenta:

“La Iglesia – escribe - es el cuerpo en que la tradición vive, es el cuerpo en que se encarna el Verbo. ¿De dónde tienen las Escrituras los protestantes? El protestantismo oscila entre la esclavitud de la letra y el racionalismo, que evapora la vida de la fe. Si la Iglesia católica desapareciese se desvanecerían las confesiones protestantes, desvanecidas éstas aquélla no desaparecería. El protestantismo tiene que cumplir su ciclo todo, ir a perderse en el racionalismo que mata toda vida espiritual, para que no vuelva a caer en la fe de que salió. ¡Libertad, libertad! ¿Cuándo un protestante ha llegado a la libertad de los místicos católicos? O caen en la esclavitud de la letra o en el nihilismo de la razón. Han querido sujetar la fe al progreso, cuando la fe vive por debajo del progreso, dentro de él, permanente y quieta, como la verdad dentro de la razón”[6].

Lo que dice don Miguel de Unamuno es verdad. El protestantismo es una fase en un proceso de apostasía nacida en el seno de la Iglesia y culmina en el ateísmo. Pero no sin arrastrar consigo “un tercio de las estrellas”; no sin reducir drásticamente el número de los ‘fieles’ en el pleno sentido de la palabra ‘fieles’.

Se diría que la protestantización es el camino de la corrupción y autodisolución de lo católico y que por eso lo protestante no es, desde su raíz, algo exterior al catolicismo sino, de algún modo, interior a él, por más que sea ajeno a él y aún antagónico a él. Algo que le es tan necesario como las divisiones necesarias de que hablaba San Pablo[7] o como el juanino: “Salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros pero esto sucedió para que se manifestara que no todos son de los nuestros”[8].

Por eso, no es mi intento acusar al protestantismo de ser el culpable de los males del catolicismo pasado y actual. Lo que corresponde es alertar al catolicismo acerca de sus propios males, de lo que está dentro de él y es capaz de salir de él y corporeizarse en formas antagónicas exteriores después de haber protagonizado antagonismos intestinos. Y de alertarlo acerca de lo que permanece dentro de él, como la principal fuerza antagónica contra sí mismo; un mal que se empeña en permanecer encapsulado dentro del catolicismo, sin salir de él, sino coexistiendo, como lo enseña la parábola del trigo y la cizaña. La ruptura de la comunión suele estar latente, y tiende de suyo a permanecer latente, antes de quedar de manifiesto.

“La nave de la Iglesia hace agua por todas partes” dijo el entonces Cardenal Joseph Ratzinger durante el Via Crucis en el Coliseo en el año 2005, mientras Juan Pablo II agonizaba. Y en otra oportunidad fue más explícito en decir que este mal le venía a la Iglesia de adentro: “El mayor daño, de hecho, lo padece ésta de lo que contamina la fe y la vida cristiana de sus miembros y de sus comunidades, erosionando la integridad del Cuerpo místico, debilitando su capacidad de profecía y de testimonio, empañando la belleza de su rostro”[9].

Cuando san Juan comprueba que “salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros” es porque se ha producido una ruptura, una salida, una apostasía, cisma o herejía manifiesta. Pero cuando continúa diciendo: “pero esto sucedió para que se pusiera de manifiesto que no todos son de los nuestros”[10] está refiriéndose a lo que coexiste aún dentro de un mismo mundo católico como la cizaña con el trigo, hasta que el Señor lo ponga de manifiesto provocando la salida.

En esta última situación, la de la coexistencia de la cizaña con el trigo, se crea un estado de confusión dentro del sembradío  de Dios, porque san Juan advierte que hay quienes pretenden ser los auténticos cristianos y acusan a los otros de no serlo. Y el apóstol dictamina que esos acusadores son la cizaña y los acusados son el trigo.

A eso obedecen esos “Si alguno dice pero…” tan propios de su primera carta. En esos pasajes se nos describe y se nos permite reconocer el lenguaje típico de los anticristos y de los apóstatas encriptados, para distinguirlos de los verdaderos hijos de Dios.

Quisiera, pues, poner estas líneas bajo el amparo de las numerosas advertencias de Jesucristo, cuando nos exhorta a vivir en guardia, velando y orando; y nos dice con solícita caridad de hermano mayor a sus hermanitos más pequeños: “Cuídense, guárdense”[11]. Y a invocar sobre nosotros aquélla petición al Padre de la oración del Señor en su última cena:

“No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del Malo”.

2.- EL CUADRO CLÍNICO DE LA DOLENCIA PROTESTANTE: San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola nos dejó un diagnóstico y una semiología de la Reforma protestante en sus: Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener. El título mismo de estas Reglas, nos enseña que la protestantización se presenta ante todo y visiblemente como una crisis del sentido común eclesial, del sentir católico. Para Ignacio, la expresión tiene el mismo sentido que en Pablo, cuando habla de tener un mismo sentir entre los hermanos en la fe y con Cristo: “siendo todos de un mismo sentir [...] tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Filipenses 2, 2.5).

La tentación ‘protestante’ entendida así, como ruptura de la unidad espiritual, está presente desde los orígenes. San Pablo diagnostica que la causa de las divisiones en partidos de la comunidad de los Corintios, es la búsqueda de gloria propia, característica del mundo griego y que sigue contaminando el alma de los corintios. Igualmente los siguen les señala que aún no se han convertido de su insensibilidad para corregir al incestuoso. Y él mismo tiene que hacer frente a quienes, dentro de la Iglesia en Corinto, ironizan sobre su persona y socavan su autoridad.

Años después, San Clemente, en sus cartas a los Corintios tiene que enfrentar esa reforma de la comunidad fundada por Pablo, donde sea dejado de vivir regulados por la sabiduría cristiana y se es conducido por los criterios mundanos y deseos carnales y donde precisamente los carnales usurpan el liderazgo y la conducción de la comunidad y persiguen a los santos pastores[12].

El quiebre, inicialmente oculto, la ruptura con el sentido común católico, se manifiesta visible y exteriormente en forma de desobediencia: “depuesto todo juicio contrario [elemento interior oculto] debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo [manifestación externa] a la verdadera esposa de Cristo que es la nuestra santa madre Iglesia jerárquica” (EE 353). La existencia de una voluntad rebelde puede pasar inadvertida para el clínico, si se la toma como una inocente indisciplina.

San Ignacio percibió que la desobediencia de los reformadores era, en su esencia,

1) una crisis del sentido de comunión eclesial, 2) un defecto de la fe y 3) un error de la doctrina eclesiológica, 4) que implicaba otros dos errores, uno cristológico y otro pneumatológico.

 San Ignacio percibió que la crisis de comunión – oculta aún, antes de la abierta ruptura, bajo apariencia católica y después de la ruptura manifiesta, como abiertamente herética – pasaba, en primer lugar, por la pérdida del sentido de obediencia a la “Esposa de Cristo, nuestra santa madre Iglesia jerárquica”[13]. Una pérdida que se manifestaba en su comienzo principalmente como un debilitamiento de la adhesión al Papa y al sacerdocio ordenado y que podía llegar a convertirse en una aversión violenta y en una abierta rebelión.

A esta debilidad o quiebre de la fe eclesiológica le subyace una debilidad paralela de la fe en el vínculo amoroso que une al Señor con su Iglesia y en la acción del Espíritu Santo en Cristo y en su Esposa: “creyendo – dice Ignacio - que entre Cristo Señor, esposo, y la Iglesia su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige”[14]. No se trata pues de un mero problema disciplinar sino de una desobediencia que nace de un espíritu de impugnación; se trata de una rebeldía espiritual, que se origina en una debilidad de la fe y culmina en la pérdida de la fe católica y una separación de la comunión eclesial.

De este afecto rebelde, observable también hoy en algunos fieles tanto ‘católicos’  como protestantes, nacen todas las impugnaciones disciplinares y de aspectos particulares de la vida eclesial[15].

La terapia del mal que propone Ignacio no pasa ni por la polémica ni por la impugnación. A este mal opone San Ignacio aquel afecto creyente y católico que aprueba y alaba los usos católicos impugnados. Alabanza y reconfirmación de la práctica sacramental, confesar con sacerdote[16], comulgar con la mayor frecuencia posible, oír misa a menudo, cantos, salmos y oraciones en el templo y fuera de él, oficio divino y horas canónicas.

 Alabanza no solamente de los sacramento sino también de los sacramentales, puestos bajo sospecha o acusación de ser prácticas supersticiosas: vida religiosa y votos de religión, virginidad, continencia, devoción a los santos y a sus reliquias, invocación de su intercesión; peregrinaciones, indulgencias, cruzadas; agua bendita, incienso, escapularios y medallas, bendición de personas, de animales y de objetos, de imágenes, de casas y edificios; candelas encendidas, ayunos y abstinencias, tiempos litúrgicos; penitencias internas y más aún externas (cilicios, disciplinas); ornamentos litúrgicos, edificios de iglesias[17]. Hoy habría invitado a alabar el uso del velo para orar las mujeres, y de reclinatorios[18]. Alabar la abundancia de retablos e imágenes sagradas tenidas en veneración[19]. Alabar preceptos de la Iglesia, sus tradiciones y costumbres de los mayores. Alabar la teología positiva y también la escolástica[20].

Este elenco ignaciano trazado en las Reglas para sentir con la Iglesia, permite comprobar en qué y en qué medida, según los lugares, personas, parroquias, órdenes y congregaciones religiosas, estos usos han sido y siguen siendo impugnados, abandonados o combatidos, sea mediante cuestionamientos teóricos sea mediante burlas; o están en regresión o en proceso de desaparición. Y esto demuestra hasta qué punto permanece viva la tentación interior contra la comunión.

Las reglas para sentir con la Iglesia de San Ignacio son una aplicación práctica del criterio de discernimiento juanino “si alguno dice que conoce a Dios, pero guarda sus mandamientos es un mentiroso”[21] ; “Si alguno dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está aún en las tinieblas”[22]; “Si alguno dice que no tiene pecado…”[23].

Para terminar señalemos un hecho: la protestantización es hoy una epidemia del catolicismo en Latinoamérica donde asistimos a un verdadero éxodo de fieles católicos hacia los cultos pentecostales o evangélicos. Unos, en su mayor parte los profesionales e intelectuales, porque se han enfriado en su pertenencia católica debido a la transculturación hacia la cultura globalizada adveniente y dominante, en otras palabras por la mundanización. Otros porque van a buscar fervor – desaparecido en los ministros ordenados secularizados así  como en parroquias y otras instituciones católicas – en los cultos pentecostales; o buscando respaldo moral y solidaridad comunitaria en comunidades evangélicas. Otros porque caen en las redes de un pseudocristianismo sin cruz que les promete el pare de sufrir. Otros, por fin, porque huían de la asfixia del formalismo padecido en algunos ambientes católicos y, abominando de las formas, buscaban aire respirable en la informalidad

Pero el actual abandono multitudinario de la comunión católica es el desenlace de un mal que se venía incubando, desde mucho antes, debajo de las apariencias exteriores de la comunión eclesial católica[24].