ACATAMIENTO-REVERENCIA

Rogelio García Mateo S.J.

En: Diccionario de Espiritualidad Ignaciana, Grupo de Espiitualidad Ignaciana (GEI) Dir. José García de Castro SJ - Ed. Mensajero – Sal Terrae, 2007 (2ª ed) Tomo I, p. 77 – 79

Son dos términos muy característicos de la espiritualidad ignaciana y, en gran parte, coincidente, lo que hace oportuno tratarlos juntos.

            “Acatamiento”, dericado de catar que a su vez viene del verbo latino captare, significa “tratar de coger”. Originariamente, a. [= acatamiento] significó “mirar con atención, admirar, contemplar”; después, hacia el siglo XIV, se usa también con el sentido de “tributar homenaje de sumisión”, y se amplía posteriormente a la actividad de reconocer la autoridad de alguien con respeto y veneración.

            “Reverencia” del latín reverentiare, significa la acción de reverenciar, respeto  o veneración que tiene una persona por otra, acatamiento profundo; asimismo se llama r. [reverencia] la inclinación del cuerpo en señal de respeto y el tratamiento a las personas de alta dignidad religiosa o social. En la mitología romana, r. es el nombre de una divinidad que es hija del Honor y de la Majestad. En inglés reverence, en francés révérence, en italiano riverenza, y en alemán Verehrung se emplean con significación similar al español.

            Ambos términos son usados tanto en literatura profana como en la religiosa, siendo muy frecuentes en los ambientes cortesano-cabellerescos, que tanto marcaron la vida del joven Iñigo, como reverente acatamiento de los súbditos al rey (cf. [Ej 92]) o del caballero a la dama. Sin embargo, en los escritos ignacianos llegados a nosotros, a. no aparece en sentido verdaderamente relevante hasta que no nos encontramos con el Diario Espiritual, escrito en 1544-45, cuando Ignacio ya era, desde algunos años antes, superior general de la nueva orden.

            [-> p. 78] Aquí hallamos a. por primera vez el día 27 de febrero de 1544, en el contexto de una visión trinitaria: “a la Santísima Trinidad un respecto de acatamiento y más allegado a amor reverencial que al contrario alguno” [De 83].

En un contexto análogo se vuelve a encontrar el 3 de marzo, al terminar la celebración eucarística, “con tanto intenso amor, sollozos y lágimas, terminándose a Jesú, y consequenter parando en la Santísima Trinidad, con un cierto acatamiento reverencial” [De 103]. Resulta, pues, evidente que la actitud de a. pertenece esencialmente al conjunto de experiencias que constituyen la mística ignaciana, produciéndose profundos sentimientos de aceptación incondicional de la amorosa voluntad divina.

            De las más de treinta veces que sale el término a. en el Diario, unas veinte va acompañado de reverencia, reverencial o reverenciar. Va también unido a la idea de “humildad”, unas once veces; y a la de “amor” unas nueve veces. Aunque estos términos no son estrictamente sinónimos, se hallan, sin embargo, en los textos ignacianos en estrecha relación. Los más próximos son sin duda a. y r. como aparece en un texto  del 4 de abril: “No hallando reverencia o acatamiento amoroso, se debe buscar acatamiento temeroso, mirando las propias faltas, para alcanzar el que es amoroso” [De 187]. Aquí aparece además que, aunque en la concepción ignaciana a. incluye siempre el amor, es posible, sin embargo, un a. temeroso, digno de desearse, como ocurre también en la meditación del infierno, en la que se pide “interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas eternas me ayude para no venir en pecado [Ej 65].

            El contexto pneumatológico del a. es sin duda el don de temor de Dios, el cual, lejos de ser miedo al castigo, temor servil [Ej 370], es el temor a fallar, a defraudar al amor del ser divino [a ofender a Dios] El verdadero temor de Dios no se puede separar del don de piedad ni del de sabiduría, como desarrolla Tomás de Aquino (cf. Sth II-II, q. 19), y lleva a la adoración. En este sentido se usa a. en la contemplación de la natividad uniéndolo de nuevo a reverencia: “haciéndome como un pobrecito indigno […] con todo acatamiento y reverencia” [Ej 114].

            En el vocabulario ignaciano, r. es conocido sobre todo por el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales que comienza enunciando: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor” [Ej 23]. No deja de ser significativo que se halle entre alabar y servir a Dios, como diciendo que se trata de una actitud de veneración en sumo grado a Dios por su santidad, propia del acto de adoración. Dio se debe reverenciar por su grandeza y gloria.

            De la r. hay una descripción muy clara en los Ejercicios. Cuando se habla del examen de la palabra se explica que “entiendo reverencia, cuando en el nombrar de su Criador y Señor, considerando acata aquel honor y reverencia debida” [Ej 38]. Se trata, pues, de una actitud que manifiesta profundo respeto, honor y adoración a Dios, por ser Él quien es. Todo lo que Dios hace es para su adoración y gloria, pues Él es el único Dios. “Adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo servirás” (Mt 4, 10). Ahora bien, es evidente que Dios no tiene necesidad de recibir la r. o la glori- [-> pág. 79) ficación de los seres creados, pujes esto lo haría depender de sus criaturas; por tanto, a. y r. a Dios, lejos de significar una imposición externa, proviene, en su modo más auténtico, del libre ejercicio del ser humano cuando se confronta con el misterio divino. En su presencia surge en el hombre la actitud del amor que adora y hace reverencia, al percibir que es en Dios donde encuentra su plena felicidad, la total realización de su salvación. En este sentido, el Principio y Fundamento dice; “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su alma” [Ej 23].

            En cuanto a la práctica de la r. en los Ejercicios, nótese pasajes como: al entrar en la oración, puesto en pie por espacio de un Pater noster, hacer una reverencia o humillación [cf. Ej 75]. Siempre se resalta en la oración la r. debida a la divina majestad, incluso con actos externos (cf. [Ej 125]).

            El sentido reverencial se extiende además a las relaciones interpersonales, particularmente entre sacerdotes y laicos, profesores y discípulos, superiores y súbditos, “haciendo todas las cosas por su divino amor y reverencia” [cf. [Co =Constituciones 111.118.130.250.640.701])

Artículos relacionados: Creador, Diario Espiritual, Divina Majestad, Examen, Humildad, Obediencia, Oración, Principio y Fundamento, Servicio, Temor.

Bibl.: ALONSO, M., Enciclopedia del Idioma, Aguilar, Madrid 1984; MARTINI, C. Mª, Hombres y mujeres del Espíritu, Meditaciones sobre los dones del Espíritu Santo, Sal Terrae, Santander 1998; NEBREDA, A., “El camino de Ignacio. Estudio del acatamiento en los Ejercicios Espirituales”, Manresa 32 (1960) 45-66: Id.,”El acatamiento en la Primera Semana de los Ejercicios, Man 32 (1960) 127-138; PHILIPON, M.M., Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1983; RUIZ JURADO, M. “En torno a la gracia del acatamiento amoroso” Man 35 (1963) 145-154.