EN TORNO A LA GRACIA DE ACATAMIENTO AMOROSO

Manuel Ruiz Jurado S.J.

Manresa, Vol. 35 (1963) pp. 145-154

[pág. 145 ->]  9-marzo-1954. – San Ignacio de Loyola, siempre atento a los movimientos internos que pudieran manifestarle la voluntad de Dios aun en el modo de conducirse en la oración, siente que Dios Nuestro Señor le “quería mostrar alguna vía (nueva) o modo de proceder”[1].

            La gracia se ha venido insinuando por medio de algunos sentimientos registrados en su diario en los días 27 de febrero, 3 y 8 de marzo. Se trata de “una humildad mucho más grande”, un “cierto acatamiento reverencial”, “más allegado a amor reverencial que a otro alguno”.

            En los días siguientes irá notando una insistencia, casi ininterrumpida, de la consolación de Dios en este mismo sentido, hasta que el día 17 de marzo alcanza su punto culminante la gracia infusa del acatamiento reverencial y se le confirma claramente el significado de la voluntad de Dios sobre el nuevo camino que ha de seguir. Para gozar sin mezcla de interés de las gracias de Dios ha de preferir el acatamiento a las lágrimas y visitaciones. En adelante, debe atender primero a la gracia del acatamiento y satisfacer en ella su devoción, aunque no vinieran lágrimas y demás consolaciones[2].

            Se explicitará más la dirección y el contenido de esa gracia de acatamiento, cuando el día 30 le haga insistir en el matiz amoroso y extienda también a las criaturas el objeto de referencia de la reverencia amorosa. Un nuevo paso en el desarrollo de la misma gracia le hace notar, al día siguiente, que su actitud de respuesta a esa gracia ha de permanecer viva, a lo largo de la jornada entera, para poder hallar su plenitud sagrada en la celebración del Santo Sacrificio.

            Todavía el 4 de abril aparece una nueva repercusión ascética de la gracia mística de acatamiento amoroso. El Santo llega a entender que cuando no se encuentra la reverencia y acatamiento amoroso debe buscar el temeroso, como medio para llegar al amoroso. El recuerdo de las propias faltas es motivo que

[pág. 146 ->] debe conducir al alma a esa actitud de acatamiento temeroso. Diríamos que ha encontrado el modo que ha de emplear para disponer su alma a la infusión de esa gracia especial de Dios, que no está en su mano, y una como impetración práctica de la misericordia divina para que se digne comunicarle el don de acatamiento amoroso.

 


[1] SAN IGNACIO DE LOYOLA: Obras Completas: Autobiografía y Diario Espiritual, BAC. Madrid 1947, p. 737

[2] Véase o.c., pp. 753-56: lo que en el Diario del santo ocupa domingo y lunes (días 16-17 de marzo). Adviértase cómo el día 17 y se insiste en el “conato en buscar y hallar” como para que resalte más la persuasión de su “impotencia en hallar”, “no siendo en mi facultad hallar”.

            He aquí implicados una serie de problemas ascético-místicos, y soluciones ignacianas del mayor interés. En algunas ocasiones haremos la correspondiente insinuación por medio de notas, para centrar así nuestro trabajo en dilucidar la naturaleza de esta gracia de acatamiento amoroso concedida a San Ignacio, e iluminar sus repercusiones en la espiritualidad ignaciana.

           

            GRACIA MÍSTICA. – Parece cosa clara que nos encontramos ante una gracia de orden místico, si atendemos a los términos con que la describe el Santo.

            En cuanto implica un objeto conocido, término al que se dirige el acatamiento, se trata de una manifestación de la Santísima Trinidad o de cada una de las Personas en particular, comunicándose en visión intelectual al alma de San Ignacio. Un fenómeno espiritual, intuitivo, simple, “fuera de las fuerzas naturales”[3]. El Santo recibe la comunicación divina experimentando los efectos concomitantes de “lágrimas de amor”, y un “respeto de acatamiento”, que afectan su sensibilidad humana de una gran afluencia de gusto espiritual, hasta perder a veces el habla; conjunto tan “admirable, que explicar parece que no se puede”[4].

            San Ignacio siente que ese don des muy superior a todo esfuerzo suyo, y reconoce su impotencia para tenerlo a su arbitrio y disposición[5]. Lo experimenta, además, con la conciencia de la visitación de Dios que se hace presente a su alma para producir en ella efectos maravillosos[6].

            Tenemos todos los datos que necesitamos para concluir la presencia de una gracia mística: vista intuitiva y simple, pasividad en el conocimiento y el amor, independencia de los esfuerzos humanos, experiencia de la presencia de Dios actuando en el alma, efecto santos, en particular de auténtica humildad[7].

Más aún, desde aquella cima de su vida de experiencias místicas tan abundantes, San Ignacio llega a decir: “Me persuadía, que en más tenía esta gracia y conocimiento para el provecho espiritual de mi ánima que todas las otras pasadas”[8].[Pág. 147 ->]

 


[3] Así la califica el Santo: o.c., pp. 717-18, correspondiente al 27 de febrero.

[4 Véanse, sobre todo, las descripciones de los días 27 de febrero y 16 y 17 de marzo, ya citadas. En otras ocasiones se anotan sollozos, diversas mociones, inteligencias y visitaciones, en el complejo de fenómenos experimentados por el santo con la gracia de acatamiento: véanse los datos de los días 3 a 14 y, en general, del 16 al 31 de marzo.

[5] El 14 de marzo anota: “No era yo o mío”. El 15: “Ninguna cosa de pode sentir”. El 17: “No siendo en mi facultad poder hallar acatamiento”. Véase el estudio que a propósito de la gracia de acatamiento hace en la o.c., de la BAC el P. Larrañaga, introductor y comentador de la obra: pp, 651-58, en particular 652-54.

[6] Véase cómo repite el día 17 la palabra visitación.

[7] Nos atenemos al resumen del P. De Guibert en su segundo artículo sobre espiritualidad de San Ignacio, publicado en “Revue d’Ascétique et Mystique” 19 (1938) pág. 134. Añadimos la nota de humildad que se suele exigir para distinguir la verdadera de la falsa mística.

            Merece la pena que intentemos penetrar más detalladamente en el estudio de esta gracia mística a la que el mismo Santo dio tan gran importancia. Con razón A. Haas, al llegar a este punto del Diario Espiritual de San Ignacio, cree encontrarse ante “un pasaje esencial en la espiritualidad ignaciana”[9].

ANÁLISIS PSICOLÓGICO. – Desde un punto de vista psicológico, nos parece que esta gracia afecta formalmente a la voluntad del Santo, causando en ella un asentimiento pleno a la voluntad divina matizado de amor, devoción, absoluta disponibilidad respetuosa. Consecuentemente la sensibilidad espiritual y aun la orgánico-vegetativa experimentan la correspondiente redundancia de consolación, gozo y lágrimas.

            Pero a la base de tales fenómenos está la iluminación producida en el entendimiento por la visión de la dignidad divina, que le ha llevado a la persuasión enormemente profunda de su infinita trascendencia, adorable respetabilidad y sobrecogedora majestad.

            Para emplear una fórmula filosófica, diríamos: la gracia de acatamiento amoroso afecta radicalmente al entendimiento, formalmente a la voluntad, consecuentemente a la sensibilidad del Santo.

            Este nos parece el núcleo fundamental de la gracia que estudiamos, en su aspecto psicológico; aunque a veces, anota San Ignacio derivaciones de la reverencia o ampliación de su objeto, tomando por término también las criaturas, por su participación en la dignidad divina, y con frecuencia complete y matice el núcleo fundamental con otras “inteligencias”, “mociones”, y “sentimientos interiores” concomitantes.

ACTUACIÓN DE LOS DONES. – Desde el punto de vista de la teología espiritual nos parece ver aquí una actuación de las facultades sobrenaturales del alma, que constituyen los dones del Espíritu Santo, en particular los dones de temor de Dios y sabiduría.

            Vemos una actuación extraordinaria del don de temor de Dios en ese sentimiento de la grandeza de Dios, que sumerge al Santo en una profunda reverencia y humildad, una perseverante actitud de adoración. El don de temor no se actúa aquí como temor de la ofensa, sino como acatamiento de la divina majestad en un anticipo o preludio del que continuará en el Cielo sobrecogiendo de estupor sagrado, adoración y amor, la inteligencia y el corazón de los bienaventurados[10].

 


[8] SAN IGNACIO, o.c. antes, BAC, p. 753. Compárese con p. 755: “… cerca haber hallado la vía que se me quería mostrar, pareciéndome ser la mejor de todas y para siempre que debo llevar”.

Ayudará a valoración adecuada de la presente gracia, tener en cuenta que e preferida a la de las lágrimas, de cuyo aprecio nos consta por la carta a San Francisco de Borja de 20-9-1548. Observemos de paso la postura del Santo con respecto a estos dones de Dios que no están en nuestra mano: quiere que se pidan con humildad, que el alma los busque y se disponga para ellos. Véase la práctica de este consejo en los días 17 y 30 de marzo; 1, 2 y 4 de abril, del Diario.

[9]  A. HAAS: Im Geistlichen Tagebuch des hl. Ignatius, „Geist und Leben“ 26 (1953), pág. 336.

            Habría que referir al don de sabiduría esa participación inefablemente gozosa de la vida trinitaria, y ese instinto especial del Espíritu Santo que le hace sabo- [pág. 148 ->] rear como por cierta connaturalidad la infinita trascendencia divina y el auténtico anonadamiento humano ante todo lo que signifique un rayo de la infinita potencia y dignidad divina[11].

            Actuaciones referibles principalmente a los dones de entendimiento y de consejo, servirían quizás para explicarnos las luces interiores y mociones que completan el núcleo fundamental de la gracia mística de acatamiento amoroso en San Ignacio. Por el don de entendimiento se le va descubriendo de un modo extraordinario el misterio adorable, divino, que se esconde bajo las apariencias creadas de las cosas, en especial de las que sirven al Santo Sacrificio, y de las personas que nos rodean. El de consejo le hace encontrar, como instintivamente, el modo más acertado de conducirse en su trato diario con Dios, en vida ordinaria, en el comercio con los hombres en quienes reverencia amorosamente la presencia sagrada de Dios y la participación de la dignidad divina que ostentan.

REPERCUSIONES ASCÉTICAS. – Tratemos ahora de constatar las derivaciones que en orden al esfuerzo ascético importó la gracia del acatamiento amoroso en San Ignacio.

            El 8 de marzo siente inclinación a buscar una humildad muy profunda, y nota que cuanto más se abaja y humilla, sin atreverse siquiera a levantar la mirada hacia el cielo, más “gusto y visitación espiritual” encuentra[12].

            Un nuevo pensamiento se le impone el día 10: “Debería andar o ser como ángel para el oficio de decir Misa”[13].

 


[10] A. ROYO MARÍN: Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid 1954, p. 511. Cf. SANTO TOMÁS 2-2, q. 19, arts. 9 y 11. San Gregorio en sus “Morales” XVII, al exponer Job 26, 11, dice, según la cita de Santo Tomás a propósito de que aún las Potestades del cielo tiemblan ante el Señor: “Pero ese temblor, para que no les sea una pena, no es de temor, sino de admiración”.

[11] ROYO MARÍN: o.c., pp. 539-41. Sobre los efectos de los dones de entendimiento y consejo ver la misma obra, pp. 486-88 y 556-60.

[12] En Obras completas de San Ignacio, BAC, pp. 735.36. En los “Ejercicio Espirituales” aconseja el Santo que antes de empezar la contemplación o meditación se detenga el ejercitante unos momentos levantando su entendimiento a considerar a Dios presente y haga una reverencia o humillación (3ª ed.). En la Anotación 3 advierte “que en los actos de la voluntad, cuando hablamos vocalmente o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus santos, se requiere de nuestra parte mayor reverencia, que cuando usamos del entendimiento entendiendo”.

[13] Distingue el Santo la devoción y suavidad que acompaña a su nuevo pensamiento: en BAC, Obras Completas, p. 738

                El 14 se particulariza ese pensamiento en la reverencia con que debe “nombrar (en la Misa) a Dios Nuestro Señor, etc.”, y comienza a sentir la necesidad de rechazar las lágrimas para atender ante todo al acatamiento. Modo de proceder que encuentra su confirmación infusa el 17[14].

            El día 30 descubre que el acatamiento no debe ser temeroso, sino amoroso. Pero, lo que es muy característico del Santo, es que entiende que la humildad y reverencia amorosa se ha de observar también ante las creaturas, y en particular, ante los hombres; aunque a veces haya que adoptar una actitud aparen- [pág. 149 ->] temente opuesta – sólo por excepción – como la de Cristo cuando hubo de reprender a los fariseos[15].

            En los días siguientes quedará claramente confirmada la voluntad de Dios de que ha de procurar conservar, durante toda la jornada, ese estado de humildad amorosa, como disposición o ayuda para encontrar la sublimidad mística de esa gracia en el tiempo del Santo Sacrificio[16].

            Por fin, nos encontramos, en la última nota sobre el acatamiento, una característica bien ignaciana: “No hallando reverencia o acatamiento amoroso (entiende que), se debe buscar acatamiento temeroso, mirando las propias faltas, para alcanzar el que es amoroso”[17].

            Otras muchas luces sobre su modo de proceder recibió San Ignacio en estos días. Algunas de ellas saltan a primer plano con sólo leer el Diario; pero prescindimos ahora de ellas para atender solamente a las más directamente relacionadas con la gracia del acatamiento.

            En resumen, podríamos decir que en estos días de la gracia del acatamiento, la ascética ignaciana recibió una dirección y un impulso profundo hacia la humildad y reverencia. Primero en el trato íntimo con Dios en la oración personal y en la litúrgica. Segundo, en el trato de las cosas sagradas o de alguna manera relacionadas con lo sagrado. Tercero, en el trato de cosas y personas en los diversos quehaceres de la vida ordinaria, y de un modo especial en el trato apostólico de las personas, como podremos comprobar de algún modo en sus consejos y normas espirituales.

 


[14] Obra última citada, pp. 751-57. Nótese especialmente la indiferencia y pureza de intención cultivada por el Santo en su oración del día 16: pide acatamiento, “y en cuanto a visitaciones o lágrimas, no se me diesen, si igual servicio fuese a la su Divina Majestad, o gozarme de sus gracias y visitaciones limpiamente, sin interés”. En cambio, Dios le premia enviando sus visitaciones como una secuela de la actitud pura del Santo.

            Advirtamos la introspección del Santo continuamente atento a ver por este examen de las consolaciones y desolaciones del Señor, cuál es la voluntad de Dios sobre él en cada momento: o.c. p. 754.

[15] BAC, obra citada últimamente, pp. 759-60. Se refiere el Santo al pasaje de San Juan 8, 55: “ero similis vobis, mendax”.

[16] Días 1, 2 y 4 de abril: en la obra que venimos citando, pp. 760-62

[17] La misma obra, p. 762. (Adviértase la coherencia de esta luz con la Regla 18 para sentir con la Iglesia (“Ejercicios”, nº 370): “Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad…”)

            Pero creemos que interesa tener en cuenta la etapa espiritual del Santo y otras circunstancias ambientales para clasificar más rectamente o, al menos, para conjeturar con más fundamento la clase de consecuencias que pudo tener esta gracia que estudiamos en San Ignacio.

            El Santo se encontraba ya en el estado de unión. Compárese, si no, el estado que notamos en las páginas del Diario con la descripción de la unión estable que hace Arintero:

            “Celebrado ya el matrimonio (espiritual) con la renovación y transformación que implica esta unión estable, queda el alma confortada y con todo el vigor necesario para recibir impunemente y sin ninguna inmutación exterior los excesos de la luz divina. Ya apenas padece éxtasis, ni raptos, con gozar habitualmente de una presencia más o menos clara de la Santísima Trinidad y ver en ella con frecuencia los más adorables misterios y más recónditos secretos”[18].

            Había precedido ya la visión de la Storta[19] y tantas otras gracias extraordi- [pág. 150 ->] narias. que conocemos por su Autobiografía. Más, el 21 de febrero de este mismo año 1544, una visión extraordinaria de la Trinidad le hace acudir a las expresiones de San Pablo sobre su rapto hasta el tercer cielo para declararla de algún modo[20]. Sabemos que “cuantas veces y en cuantas formas se dedicara a la oración, hallaba siempre a Dios mediante la contemplación infusa, y que no necesitaba atenerse a regla ni método alguno de oración”[21], y que la humildad estaba profundamente grabada como algo substancial en su alma ya desde los días de sus Ejercicios de Manresa[22]. ¿Qué sentido puede tener ahora insistir en una gracia de humildad?

            Parece que hemos de ver en ella una confirmación y extraordinaria profundización mística de su postura reverente ante Dios y ante todas las creaturas en cuanto imagen de Dios. Sus consecuencias se habían de notar en la práctica de un modo nuevo, o un nuevo matiz, en su continua actuación por buscar y hallar a Dios en todas las cosas.

 


[18] Obra última citada, pp. 751-57. Nótese especialmente la indiferencia y pureza de intención cultivada por el Santo en su oración del día 16: pide acatamiento, “y en cuanto a visitaciones o lágrimas, no se me diesen, si igual servicio fuese a la su Divina Majestad, o gozarme de sus gracias y visitaciones limpiamente, sin interés”. En cambio, Dios le premia enviando sus visitaciones como una secuela de la actitud pura del Santo.

            Advirtamos la introspección del Santo continuamente atento a ver por este examen de las consolaciones y desolaciones del Señor, cuál es la voluntad de Dios sobre él en cada momento: o.c. p. 754.

[19] BAC, obra citada últimamente, pp. 759-60. Se refiere el Santo al pasaje de San Juan 8, 55: “ero similis vobis, mendax”.

[20] Días 1, 2 y 4 de abril: en la obra que venimos citando, pp. 760-62

[21] La misma obra, p. 762. (Adviértase la coherencia de esta luz con la Regla 18 para sentir con la Iglesia (“Ejercicios”, nº 370): “Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad…”)

            Si tenemos en cuenta, por otra parte, que las circunstancias en las que se encontraba el Santo, aquellos días, eran las de gestación de las Constituciones de la Compañía de Jesús, podremos pensar que, en la Providencia de Dios, aquella gracia de acatamiento y humildad iba dirigida no sólo al bien espiritual de Ignacio de Loyola, sino al de todos los que a lo largo de los siglos habrían de vivir de la espiritualidad ignaciana. Profundo acatamiento amoroso como postura fundamental ante Dios y ante todas las cosas sagradas, y como medio de buscar y hallar a Dios en todas las cosas a fin de realizar una vocación de auténticos contemplativos en la acción.

PARALELOS MÍSTICOS. – Nos ha parecido que se podría ilustrar la gracia de acatamiento en San Ignacio y, sobre todo, el aprecio en que es tenida por el Santo, si hacíamos una comparación con gracias parecidas en otros místicos.

            Oigamos primero a Santa Teresa: “Es, a mi parecer, la más subida visión que el Señor me ha hecho merced que vea, y trae consigo grandísimos provechos. Parece que purifica el alma en gran manera y quita la fuerza casi del todo a nuestra sensualidad… Queda imprimido un acatamiento que no sabré yo decir cómo, mas es muy diferente de lo que acá podemos adquirir…”[23].

            Trata la Santa de una visión de “la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre: esto no sabré yo decir cómo es, porque sin ver, me pareció me vi presente de aquella Divinidad”[24].

 


[23] SANTA TERESA DE JESÚS: Obras completas, BAC Madrid 1962, p. 163: “Libro de la vida”, 38, 12

[24] La misma obra anterior, 38, 17-8 [Nota del copista: Me parece oportuno poner en esta nota el texto de la Vida 38, 16-18, para mayor facilidad del lector de este artículo: “16. Estando una noche en oración, comenzó el Señor a decirme algunas palabras trayéndome a la memoria por ellas cuán mala había sido mi vida, que me hacían harta confusión y pena; porque, aunque no van con rigor, hacen un sentimiento y pena que deshacen, y siéntese más aprovechamiento de conocernos con una palabra de éstas que en muchos días que nosotros consideremos nuestra miseria, porque trae consigo esculpida una verdad que no la podemos negar. Representóme las voluntades con tanta vanidad que había tenido, y díjome que tuviese en mucho querer que se pusiese en El voluntad que tan mal se había gastado como la mía, y admitirla Él.

Otras veces me dijo que me acordase cuando parece tenía por honra el ir contra la suya. Otras, que me acordase lo que le debía; que, cuando yo le daba mayor golpe, estaba El haciéndome mercedes. Si tenía algunas faltas, que no son pocas, de manera me las da Su Majestad a entender, que toda parece me deshago, y como tengo muchas, es muchas veces. Acaecíame reprenderme el confesor, y quererme consolar en la oración y hallar allí la reprensión verdadera.

17.      Pues tornando a lo que decía, como comenzó el Señor a traerme a la memoria mi ruin vida, a vuelta de mis lágrimas (como yo entonces no había hecho nada, a mi parecer), pensé si me quería hacer alguna merced. Porque es muy ordinario, cuando alguna particular merced recibo del Señor, haberme primero deshecho a mí misma, para que vea más claro cuán fuera de merecerlas yo son; pienso lo debe el Señor de hacer.  Desde a un poco, fue tan arrebatado mi espíritu, que casi me pareció estaba del todo fuera del cuerpo; al menos no se entiende que se vive en él. Vi a la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre. Esto no sabré yo decir cómo es, porque sin ver me pareció me vi presente de aquella Divinidad. Quedé tan espantada y de tal manera, que me parece pasaron algunos días que no podía tornar en mí; y siempre me parecía traía presente aquella majestad del Hijo de Dios, aunque no era como la primera. Esto bien lo entendía yo, sino que queda tan 

            Las consecuencias para la santa fueron una profundización de la humildad, [pág. 151 ->] en el aborrecimiento de todo pecado y en el desprecio de toda vanidad de este mundo[25]. En particular, nos describe ella, la repercusión de esa gracia en su trato eucarístico con el Señor: “Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella majestad grandísima que había visto, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento (y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia), los cabellos se me espeluzaban, y toda parecía me aniquilaba”[26].

            Aunque en la gracia, en la visión que la causa, y en las consecuencias inmediatas observamos bastantes semejanzas[27], no se presenta en Santa Teresa con la insistencia que en San Ignacio, ni como una vía a seguir en adelante en su trato con Dios y con las criaturas. Es, sobre todo, en este aspecto de la creación en el que podemos observar declarada diferencia. Para la Santa: “Es una llama que abrasa y aniquila todos los deseos de la vida; porque ya que yo, gloria a Dios, no los tenía en cosas vanas, declaróseme aquí bien cómo era todo vanidad, y cuán vanos son los señoríos de acá; y un enseñamiento grande para levantar los deseos en la pura verdad”[28].

            En cambio en San Ignacio, no es que no hubiera conocimiento de la vanidad de las cosas de este mundo ante la infinita Majestad divina: pero la gracia en él, más bien, le lleva a considerar el aspecto positivo de las creaturas: brilla en ellas el rostro de Dios, son un modo de presencia de Dios, y Dios requiere también nuestro acatamiento amoroso a su presencia en ellas.

            “… las visitaciones espirituales venían en representárseme acatamiento, no solamente a las Personas divinas en nombrarlas o en acordarme de ellas, mas aún en reverenciar el altar y las otras cosas pertinentes al Sacrificio…”[29].

            Y: “Después en el día, gozándome mucho en acordarme de esto, parecerme que no pararía en esto, mas que lo mismo después sería con las criaturas, es a saber, humildad amorosa…”[30].


esculpido en la imaginación, que no lo puede quitar de sí -por en breve que haya pasado- por algún tiempo, y es harto consuelo y aun aprovechamiento.

18. Esta misma visión he visto otras tres veces. Es, a mi parecer, la más subida visión que el Señor me ha hecho merced que vea, y trae consigo grandísimos provechos. Parece que purifica el alma en gran manera, y quita la fuerza casi del todo a esta nuestra sensualidad. Es una llama grande, que parece abrasa y aniquila todos los deseos de la vida; porque ya que yo, gloria a Dios, no los tenía en cosas vanas, declaróseme aquí bien cómo era todo vanidad, y cuán vanos, y cuán vanos son los señoríos de acá. Y es un enseñamiento grande para levantar los deseos en la pura verdad. Queda imprimido un acatamiento que no sabré yo decir cómo, mas es muy diferente de lo que acá podemos adquirir. Hace un espanto al alma grande de ver cómo osó, ni puede nadie osar, ofender una majestad tan grandísima.”

[25] La misma obra anterior 38, 18.

[26] La misma obra anterior 38, 19

[27] Acatamiento que no saben cómo explicar ante la inmensa Majestad divina, visión de caracteres trinitarios, gran consuelo, purificación del alma, anonadamiento en la vida litúrgica eucarística…

[28] SANTA TERESA, o.c. 38, 18

[29] SAN IGNACIO, o.c. p. 754

***

            También en la recientemente descubierta costurera mística de París, encontramos la misma coincidencia de visión trinitaria, gracia de “respeto amoroso”, y consecuencias en la vida eucarística. Después de relatar cómo veía en la Eucaristía a la Santísima Trinidad, con una precisión teológica impresionante[31], [pág. 152 ->] alude a luces casi continuas: “Estas luces hacían nacer en mi almaprofundos y maravillosos respetos, de manera que a veces, cuando entraba en la iglesia, caía súbitamente en un profundo anonadamiento delante de esta majestad que está escondida y como anonadada en este sacramento. Otras veces quedaba sobrecogida en todo el cuerpo de un temblor que procedía de un respeto amoroso”[32].

            Podemos notar aquí efectos sensibles exteriores de la experiencia mística, bastante condicionada todavía por la debilidad humana. Por otra parte, nos da la impresión de una gracia menos trascendental y estable en sus efectos. Más adelante anotará una gracia de respeto y amor con caracteres, al parecer, más pacíficos y habituales. Después de haber vivido tres años y medio elevada por Dios a las profundidades contemplativas de su divinidad, volvió de nuevo atraída fuertemente por la gracia a la visión de N. S. Jesucristo. Al principio le veía en algún misterio de su vida; luego: “en cambio, casi nunca tenía representación de algún misterio. Estaba íntimamente aplicada a nuestro Señor casi con los solos afectos de respeto y amor, con ardientes deseos de verle y poseerle para alabarle y amarle por toda una eternidad y no ser ya interrumpida en este santo ejercicio por las miserias de esta vida…”[33].

            Falta por completo la extensión del acatamiento amoroso a las creaturas. Más bien, queda fijado el objeto: la sagrada persona de nuestro Señor. Sus consecuencias respecto a las creaturas se acercan más a las de Santa Teresa: considerar las miserias y arder en deseos de abandonarlas para pasar a la perfecta unión con Dios en la otra vida.

***

            Hay, sin embargo, una coincidencia especialmente apreciable en los relatos de San Ignacio y de Santa Teresa, que nos resulta interesante: los términos extraordinariamente elogiosos con que califican esta gracia en sus efectos.

 


[30] SAN IGNACIO: o.co p. 759: “humildad amorosa” = humildad + amor. Compárese este binomio con el de amor y reverencia, tan familiar al Santo cuando se refiere al Señor. Véase también la misma relación de virtudes y las alabanzas que les dedica San Juan de la Cruz en el texto que citaremos más adelante, y Santa Teresa en la nota 35 del presente artículo.

[31] Es una limpísima declaración de la circumincesión de las tres Personas divinas, hecha con la mayor naturalidad por esta costurera: CLAUDE MOINE en sus Relations Spirituelles, 149, Párrafo 1-7; véase: La costurera mística de París, de J. GUENNOU, Herder, Barcelona, 1961, p. 1236

[32] O. c., pp. 126-27

[33] O. c., p. 151; véase para el contexto de los tres años y medio la página 150.

            Quizás nos ayude a comprender este aprecio el pensar que se trata en este caso de un grado extraordinario de humildad infusa. Ya San Ignacio la llama “humildad mucho más grande”, “humildad reverencial”, “humildad amorosa”[34].

            Para Santa Teresa: “No hay dama que ansí le haga rendir (al Rey divino) como la humildad… quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos; porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor ni amor sin humildad”[35].

            San Juan de la Cruz: “Todas las visiones, revelaciones y sentimientos del cielo, y cuanto más ellos quisieren pensar, no valen tanto como el menor acto de humildad, la cual tiene todos los efectos de lacaridad, que no estima sus cosas ni las procura, ni piensa mal sino de sí, y de sí ningún bien piensa sino de los demás”[36].

            Si para todos los Santos, podemos afirmar en general, que es así de estimable la humildad, podemos conjeturar cuál sería el sentimiento de aprecio al encon- [pág. 153 ->] trarse con este grado infuso de profundísima y perfecta humildad amorosa. Hemos de pensar que, pues el ser humano es, como creatura, absoluta dependencia del Ser necesario, el encontrarse, como creatura consciente e intelectual que es, con la verdad de su esencia, querida y gustada, y esto por la luz infusa y una gracia extraordinaria, debe de ser como un anticipo de la seguridad y del gozo del encuentro con la Verdad definitiva en el Amor.

PASAJE ESENCIAL DE LA ESPIRITUALIDAD IGNACIANA. – A la luz de estas experiencias místicas recogidas en el Diario Espiritual de San Ignacio cobran nuevo vigor y especial relevancia ciertos aspectos que podemos considerar esenciales en la espiritualidad ignaciana.

            En primer lugar, creemos que no quedaría plenamente explicado el enfoque especial ignaciano de las relaciones entre súbditos y superiores, sin esta experiencia mística del acatamiento amoroso.

            “Todos y cada uno de los súbditos, dice San Ignacio, no sólo por las grandes ventajas del orden, sino también para un ejercicios asiduo de la humildad – nunca suficientemente alabado – no sólo están obligados a obedecer al Superior en todo lo que pertenece al Instituto de la Compañía, sino que debenreconocer a Cristo como presente en él, y reverenciarle como conviene”[37].

 


[34] SAN IGNACIO: o. c., pp. 735 y 759 ss.: días 8, 17 y 30 de marzo.

[35] SANTA TERESA: o. c., p. 229: Camino de Perfección, 24, 2: hace alusión a la dama del juego de ajedrez.

[36] SAN JUAN DE LA CRUZ: Subida al Monte Carmelo, 3,9.

[37]Aunque el texto está tomado de la Bula de Julio III que confirmaba el Instituto de la Compañía en 1550, nos consta que San Ignacio vio el documento y lo presentó a su gusto, a la confirmación del Papa: “Hoc ipso anno 

            Esta será una constante de los pasajes ignacianos – particularmente Constituciones y Cartas – sobre la obediencia; reverenciar y obedecer a la divina Majestad en el Superior, no mirando en él al hombre con los ojos exteriores, sino a Dios con los interiores, tenerle de ese modo reverencia yamor[38].

            Pero el sentido reverencial de la espiritualidad ignaciana se extiende a las relaciones de los no sacerdotes a los que lo son, de los discípulos a sus profesores, y aun al trato mutuo, teniéndose “el respeto y reverencia que sufre el estado de cada uno con llaneza y simplicidad religiosa; en manera que, considerando los unos a los otros, crezcan en devoción, y alaben a Dios nuestro Señor, a quien cada uno debe procurar reconocer en el otro como en su imagen”[39].

[Nota del copista: el elenco de relaciones que hace el P. Ruiz Jurado aquí, y en las que es bienaventurado vivir la gracia de la reverencia y acatamiento amoroso, me parece que se puede agregar la relación sacramental esposo-esposa, esposa-esposo. Y que ya durante el noviazgo, en virtud del carisma puede iniciarse con la reverencia y acatamiento amoroso novio-novia, novia-novio. Los primeros esposos cristianos se daban el trato de “hermano”, “hermana” porque es fácil colegir que se miraban el uno al otro en su relación con Dios Padre, con una mirada de fe - y en algunos casos como gracia mística infusa -, como hijo e hija de Dios. A iniciar en esa mirada mística recíproca de los esposos, conforma a la incipiente cultura matrimonial cristiana, debió contribuir decisivamente la enseñanza de san Pablo en Efesios 5, 21-33. La recíproca sumisión de las voluntades, de la que habla san Pablo, no es una sumisión puramente humana, sino que es del orden, místico, de la entrega de la propia voluntad a la de Dios en la voluntad santificada por Dios en el cónyuge].

            Es una reverencia que no estorba el trato llano y sencillo, pero que ayuda a crecer en devoción, y a vivir en contemplación en la acción, reconociendo y hallando a Dios en los demás como en su imagen.

            Es notable también, en toda la espiritualidad ignaciana, el acatamiento ante todo lo que pueda tener alguna relación con lo sagrado. En una carta del Santo a su hermana Magdalena de Loyola – probablemente del año 1545 – leemos: “…creyendo que será recibido con aquella reverencia y acatamiento que las cosas de nuestro Creador y Señor deben ser reverenciadas y acatadas, os envío doce cuentas, que en sí tienen muchas gracias…”[40].

[Pág. 154 ->] Este es el Santo que desea que se alaben “ornamentos y edificios de Iglesias”, “imágenes”, “reliquias de santos”, “peregrinaciones, indulgencias y candelas encendidas en las Iglesias”[41].

 


1550 nostrum institutum hic pontifex… confirmavit, et quae declaratione aliqua indigere videbatur, iuxta ipsius P. Ignatii arbitrium (qui diligenter omnia prius examinaverit) declaravit”. MHSI (Monumenta Historica Societatis Jesu) Chronicon Polanci, II, 9.

[38] “Constituciones Societatis Jesu” VI, 10, 5; III, 1, 23; Carta de la obediencia, en SAN IGNACIO DE LOYOLA, Obras completas, BAC, Madrid 1962, pp. 835-36, 840-41.

[39] “Constituciones Societatis Jesu” III, 1,4; Véase Obras Completas, citada en la nota anterior. Reglas del Maestro de Novicios, 2ª parte, p. 614, y la carta al P. Mirón, p. 827.

[40] Obras Completas, citada en la nota anterior, p. 678,

[41] Reglas para sentir con la Iglesia: “Ejercicios Espirituales”, núms. 360, 358, etc.

            San Ignacio exige que el candidato a la Compañía de Jesús se halle dispuesto a ejercitar aún los oficios más humildes, con la conciencia de que en cualquier empleo que lo ocupen es a Cristo nuestro Señor a quien sirve, haciendo todas las cosas “por su divino amor y reverencia”[42]. Si examinamos este binomio “amor y reverencia” tan frecuente en la terminología hecha del Santo, sus preferencias por el apelativo “nuestro Señor” para nombrar a Dios o a Cristo, el de “nuestra Señora” para la Virgen, el constante venir a su pluma de “la honra y gloria de su divina Majestad”, “su santísima voluntad”, “sus santísimos dones” y tantos otros detalles, como el de la reverencia especial que prescribe y que practicaba en la bendición de la mesa, etc., etc.[43], creo que podremos pensar que la gracia deacatamiento amoroso constituye un paso esencial en la espiritualidad ignaciana. Por una parte, parece haber dejado una huella profunda en el futuro del Santo (Examen, Constituciones, Epistolario), y por otra se nos muestra como una continuidad, profundización y sublimación de una vena espiritual ya característica en él (sentido caballeresco del honor, Ejercicios, Autobiografía).

            Este santo acatamiento amoroso ante todas las creaturas porque le hablan de Dios, son imagen de Dios: a las autoridades, el templo, las reliquias, a las cuentas benditas, y a todos sus prójimos, porque en todo acata y reverencia la infinita Majestad de Dios, es el Santo que incendia con su celo al mundo, el Santo de la mayor gloria de Dios. Es que existe, aunque quizás oculta para muchos, una relación estrecha entre haber sentido tan profundamente el peso de la infinita Majestad divina, y el celo inmenso, incontenible por su gloria[44].

Manuel Ruiz Jurado S.J.

           


[42] “Examen” que propone San Ignacio a los que desean ser admitidos en la Compañía, V, 8; VI, 3 y 7; VIII, 1 y 2.

[43] “Constituciones de la Compañía de Jesús” 1, 5. Resulta interesante notar la relación interna entre el acatamiento del Señor y la devoción a su nombre: “su santo nombre”, según San Ignacio. Esta ligazón tiene ascendencia muy hebrea y bíblica. [Nota del copista: y al parecer tiene valor como una especie de signo evocador de la memoria de la gracia mística recibida del “conocimiento interno” de Nuestro Señor Jesucristo que posibilita “más amarlo y seguirlo”]

[44] Recordemos que la misión del gran profeta Isaías va precedida por la impresionante visión de la Majestad divina que le deja anonadado, Isa 6, 1-6.

            La relación entre el celo y la profunda persuasión de la inmensa adorabilidad de la Majestad divina aparece claramente en una carta de San Ignacio a los Hermanos Estudiantes del colegio de Coimbra, 1547:

            “Mirad dónde sea hoy honrada la Divina Majestad, ni dónde acatada su grandeza inmensa; dónde conocida la sapiencia, y dónde la bondad infinita; dónde obedecida su santísima voluntad. Antes ved con mucho dolor cuánto es ignorado, menospreciado, blasfemado su Santo Nombre… Mirad también vuestros prójimos como una imagen de la Santísima Trinidad y capaz de su gloria…

            “Digo, por resumirme en pocas palabras, que si bien mirásedes cuánta sea la obligación de tornar por la honra de Jesucristo y por la salud de los prójimos [Nota del copista: el verbo “tornar” tiene que ver, me parece, con el “torneo” o lidia por la honra o el honor de alguien, en el ambiente caballeresco, en que el combate sirve a la justicia de tributar o devolver, desagraviando, a cada uno lo suyo] veríades [= veríais] cuán debida cosa es que os dispongáis a todo trabajo y diligencia por haceros idóneos instrumentos de la divina gracia para tal efecto…” (Monumenta Hitorica Societatis Jesu, serie I, I, 495-510.