¡ABSALÓN, HIJO MÍO!

UN EJEMPLO BIBLICO DE AFECTO DESORDENADO [EE 1],

SUS CONSECUENCIAS Y CÓMO AYUDAR AL TENTADO

Boletín de Espiritualidad Nº 147 (1994)


La historia del duelo de David por la muerte de su hijo Absalón (2 Sam 19,1-9) es un buen ejemplo de lo que san Ignacio de Loyola llama en sus Ejercicios "afección desordenada" (EE.1). Puede meditarse este episodio provechosamente en dos situaciones: cuando es necesario explicar en qué consiste el desorden de los afectos y cuán negativos son los efectos de este desorden; o también cuando algún ejercitante, u otra persona, se encuentra en alguna situación análoga y haya que ayudarlo a sentir su desorden y enmendarlo (EE.63). Por eso también lo meditará con provecho el que da los ejercicios.

A veces, como en este caso, el afecto desordenado puede aparecer a primera vista como virtuoso (amor de padre) y sin embargo ser pura debilidad carnal que altera el juicio.

El que está preso de un afecto desordenado, como nos lo muestra la historia de David, no siente lo que debe sentir, no piensa lo que debería ni como debería pensar, no juzga rectamente, no hace lo que debe hacer, no va a donde debe ir ni está donde debe estar. Es evidente que en esta situación no puede ni debe tomar decisiones ni entrar en elecciones.


 

CONTENIDO

1. La Rebelión de Absalom: consecuencia y purgación del pecado de David

2. El afecto desordenado obnubila la justicia

3. Cuando se mezclan las ambiciones terrenos y los santos deseos

4. Redes y cadenas: un pecado trae al otro

5. Un afecto desordenado causa de una triste y larga historia

6. La ceguera de un guía

7. El afecto carnal obscurece el juicio moral

8. "Amas a los que aborrecen y aborreces a los que te aman"

9. La necesidad de ser corregido y de dejarse corregir

10. Punzar y remorder con razones la conciencia enceguecida [EE 314]

11. Sacar de la tristeza desordenada mediante un temor fundado


 Al meditar o dar a meditar esta historia, convendrá comenzar por leer la entera historia de Absalón (2 Sam. 13-20), para tenerla toda fresca en la memoria y ubicar el duelo de David en ese contexto amplio, dentro del cual cobra su sentido y se comprende su desorden. Parece conveniente orientar esa lectura señalando a la atención del ejercitante los siguientes puntos o aspectos:

1. La Rebelión de Absalom: consecuencia y purgación del pecado de David

Notar cómo toda la historia de Absalón (2 Sam. 13-20) se presenta como el cumplimiento del castigo de los pecados de David narrados anteriormente (2 Sam. 11-12). El profeta Natán anuncia ese castigo en esos términos: "No se apartará nunca la espada de tu casa, ya que me has despreciado, y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. Así dice el Señor: haré que de tu propia casa se alce el mal contra ti. Tomaré tus mujeres ante tus ojos y se las daré a otro que se acostará con tus mujeres a la luz de este sol. Pues tú has obrado en lo oculto, pero yo cumpliré esta palabra ante todo Israel y a la luz del sol" (2 Sam. 12, 10-12; véase el cumplimiento de esta palabra en 17, 20-23).


2. El afecto desordenado obnubila la justicia

Notar cómo el afecto desordenado de David por su hijo Amnón le impide corregirlo y hacer justicia. No lo castiga por sus crímenes contra su hermana Tamar: "Cuando el rey David supo todas estas cosas, se irritó en extremo, pero no quiso castigar a su hijo Amnón, al que amaba porque era su primogénito" (13,21).


3. Cuando se mezclan las ambiciones terrenos y los santos deseos

Notar que al desorden del afecto de David por sus hijos, primero por Amnón luego por Absalón, contribuyen posiblemente expectativas dinásticas. Ya durante la vida de David era inevitable conjeturar acerca de la sucesión. Tanto David como los personajes del ejército, de la corte y del culto, miraban a los hijos del rey como a posibles sucesores del trono. Amnón primero por ser el primogénito. Absalón después por las capacidades políticas que demostró a pesar de sus defectos, parecen haber sido cada cual en su momento los favoritos de David para sucederle en el trono. El duelo por ellos no era pues probablemente el duelo de un padre cualquiera, dolorido por la muerte de un hijo, sino el duelo del rey-padre por un príncipe-heredero. Y en ese sentido, el afecto paterno de David parece inseparable de una consideración religiosa: sus hijos eran herederos de las promesas davídicas. La muerte de cada príncipe-heredero, modificaba el mapa de las posibilidades de los demás herederos, así como el mapa político de los grupos de simpatizantes con uno y otro, dentro de la corte y el ejército.

Debido a que el desorden del afecto paterno de David no es ajeno a este tipo de motivaciones aparentemente buenas también, de orden religioso político, se hace aún más difícil advertir el desorden de un afecto que se presenta con tantas apariencias de bien.

Conviene por eso tener en cuenta que la historia de la sucesión y la justificación de Salomón como sucesor de David en lugar de otros hijos de David que podían quizás parecer con mejores títulos para sucederlo, es uno de los principales temas – si no el principal – de la obra histórica deuteronomista (Samuel-Reyes).

De hecho, Salomón fue como Saúl y David el elegido que menos podía esperarse entre los elegibles (1 Sam 9,21; 16,6-11). Por lo menos Amnón y Absalón estaban antes que él en el corazón de su padre.


4. Redes y cadenas: un pecado trae al otro

Notar cómo el pecado de Amnón es el primer eslabón de la larga y desgraciada historia de la revuelta de Absalón. Por afecto desordenado a su primogénito Amnón. David incurre en acepción de personas: no lo castiga, por ser su primogénito. Pero con esto da lugar a que Absalón se aíre y se tome justicia por su propia mano. Y así se inicia Absalón en la que será su funesta carrera de juez-alternativo frente a David.

El afecto desordenado de David, perturba su juicio inhibe su justicia. Y así da ocasión a que Absalón comience a desviarse, engolosinándose con el oficio de juez (2 Sam. 15, 1-5) e inflamándose en ambición.


5. Un afecto desordenado causa de una triste y larga historia

Notar cómo a partir del odio concebido en el corazón de Absalón contra Amnón y de su rencor por la falta de justicia (2 Sam. 13,22), comienza una larga historia que durará más de diez años y puede llamarse "década triste" de la vida de David.

Las consecuencias de un afecto desordenado son difícilmente previsibles y calculables, pero pueden ser muy amargas y de largo alcance.

Dos años pasan entre las humillaciones de Tamar y la muerte de Amnón (13,23). Tres años dura el duelo de David por Amnón y su ira contra Absalón exiliado en Guesur (13, 37-38). Dos años más pasan desde que Absalón puede volver a Jerusalén hasta que es finalmente readmitido a la presencia de su padre (14,28). Cuatro años transcurren mientras incuba la oculta sedición y Absalón va "robando el corazón de los hombres de Israel", hasta el día en que se hace proclamar rey en Hebrón (15,7)

Sumados son casi doce años de amarguras. Triste fruto del afecto desordenado de David por su primogénito.


6. La ceguera de un guía

Notar que estas amarguras derivadas de su afecto desordenado no toca sólo a David. Por no ser un hombre privado, sino el Rey, el desorden de su corazón atrae la desgracia general del reino. Sus consecuencias son pues, no sólo familiares sino también, religioso-políticas. Sus hombres comprenden muy bien que sus suertes están en juego junto con la de David. Sin embargo, en un momento, David parece olvidar su responsabilidad por la suerte de los dos que han luchado por él.


7. El afecto carnal obscurece el juicio moral

Notar a lo largo del relato, las discretas e indirectas pinceladas con que el hagiógrafo pinta el perfil sombrío de Absalón. Absalón aparece, sí, como un hombre políticamente hábil y capaz de "robar el corazón". Pero es rencoroso hasta el fratricidio; es arrogante, ambicioso y soberbio: "se hizo Absalón con un carro, caballos y cincuenta hombres que corrían delante de él" (15,1) y "estando aún en vida, había decidido Absalón levantarse a sí mismo un monumento que está en el valle del Rey (18,18). Su ambición lo lleva a socavar la paz del reino, alimentando inescrupulosamente las tensiones existentes entre las tribus, con el fin de encontrar apoyo necesario para derrocar a su propio padre, que –dicho sea de paso– no era un rey cualquiera, sin el "Ungido del Señor". Con esto se agrega a su retrato espiritual, a la tacha de impío, la de parricida en grado de atentado.

Sólo un desmedido afecto paterno podía cerrar los ojos a tanta sombra réproba.

Sólo el corazón de un padre podía albergar ilusiones acerca de las posibles bondades como sucesor, del que los hechos demostraban como nefasto para el bien del reino. Pero así es el afecto desordenado y hasta tal punto puede obnubilar el juicio.

David cubre con un manto de ignorancia, entre muchos vicios de Absalón, algunos, como el de atentar contra el Ungido, que él mismo se había rehusado a cometer frente a Saúl, cuando éste lo perseguía a muerte (1 Sam. 24,7). Disimulaba en su hijo lo que no se hubiera perdonado a sí mismo ni para salvar su vida: la impiedad.


8. "Amas a los que aborrecen y aborreces a los que te aman"

Joab comprueba que David entregándose al llanto por su hijo se está desentendiendo del bien del reino y hasta del futuro de su trono; está socavando hasta las fidelidades de sus veteranos con un proceder inconsiderado y afrentoso para sus fieles servidores.

Las palabras de Joab expresan con precisión la injusticia en que incurre David a causa de su duelo desordenado: "amas a los que aborrecen y aborreces a los que te aman" (19,7). Puede resultar asombrosa la libertad con que Joab reprueba el proceder de David. Sin embargo, es conducta era abominable para todos, pero el único que parecía no advertirlo era David. "Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad, que dan amargo por dulce y dulce por amargo!" (Is. 5,20). El más amargo fruto del afecto desordenado es la perversión del juicio, el oscurecimiento del entendimiento. De ahí dimana la injusticia: "¿No os tocaba precisamente a vosotros príncipes de Jacob y notables de Israel, conocer el derecho? Pero vosotros detestáis el bien y amáis el mal" (Miq. 3,1-2). Joab apela con confianza a la capacidad de juicio de David, que le es bien conocida. Sacude su voluntad con un principio de evidencia deslumbradora que sabe no puede dejar de conmover hasta el cimiento del corazón del rey: "Justificar al malo y condenar al justo; ambas cosas abomina el Señor" (Prov. 17,15). También lo abomina David, pero lo está haciendo. El pueblo y el ejército lo siente así y Joab ha entrado donde David para decírselo.


9. La necesidad de ser corregido y de dejarse corregir

Cuando el desorden del corazón ha enceguecido al alma hasta este punto, el juicio queda como recluido y encerrado en sí mismo. Es necesario que venga una voz de afuera para hacer volver el corazón y sacudirlo, para que recobre la perdida sensatez.

El pasaje 2 Sam. 19,1-9 es, desde nuestro punto de vista, el pasaje central, el clímax, la cumbre dramática y el desenlace en el drama interior de David. Allí David, gracias a Joab alcanza la "anagnórisis", el reconocimiento de su afecto desordenado y del actuar desordenado e injusto que de allí deriva.

La estructura literaria misma del pasaje espeja fielmente esa transformación interior. Comienza con un David que se retira de la puerta de la ciudad hacia una habitación interior alta y termina con un David que desciende y ocupa su lugar en la puerta de la ciudad para pasar revista a sus tropas victoriosas. David reasume sus responsabilidades militares, manifiesta su agradecimiento a sus hombres por su victoria y "les habla al corazón" como le reclama Joab:

19,1: El Rey se estremeció. Subió a la habitación que había encima de la puerta y rompió a llorar...

19,9: Se levantó el rey y vino a sentarse a la puerta. Se avisó a todo el ejército: "El rey está sentado a la puerta" y todo el ejército se presentó ante el rey.

El comienzo y el fin del pasaje lo enmarcan dentro de una inclusión antitética. El pasaje empieza con el repliegue y huida de David para llorar a su hijo. El encierro en una habitación alta tiene algo de símbolo. Espeja una ingresión o regresión de la conciencia del rey-hombre-público y jefe militar que se recluye en su dolor de padre, perdiendo de vista todo lo demás.

Afuera queda el pueblo y el ejército desconcertado y avergonzado. Y sin embargo, es desde ese desconcierto desde donde le viene a David el reclamo salvado, capaz de sacarlo de sí mismo y hacerlo salir de su habitación. Joab viene de afuera como intérprete y portavoz del corazón del pueblo, pero sobre todo del ejército, para hacer penetrar hasta la conciencia clausurada de David, lo que la multitud juzga. Eso, por otra parte, es también lo que David sabe, siente y quiere en su ser más profundo y auténtico. En la voz de Joab, que representa el sentir de todo el pueblo y de sus hombres de armas, es la voz de la conciencia de David mismo, la que entra en su corazón para sacarlo del autoencierro. Es el reclamo de la verdad objetiva –de la que da testimonio el pueblo fiel y su portavoz– así como el propio corazón, en lo que tiene de más profundo y auténtico, lo que puede sacarnos del encierro a que nos reduce un afecto desordenado.

El que está preso de un afecto desordenado, como nos lo muestra la historia de David, no siente lo que debe sentir, no piensa lo que debería ni como debería pensar, no juzga rectamente, no hace lo que debe hacer, no va a donde debe ir ni está donde debe estar. Es evidente que en esta situación no puede ni debe tomar decisiones ni entrar en elecciones.


10. Punzar y remorder con razones la conciencia enceguecida [EE 314]

"Joab entró en la casa, donde el Rey" (19,6). De alguna manera, Joab puede inspirar al

que da los ejercicios acerca de cómo actuar en ciertas situaciones en que el ejercitante "implosiona" como David y se desmorona en la debilidad o en el desorden.

San Ignacio pone en guardia al ejercitante acerca de lo importante que es entrar en ejercicios con grande ánimo y liberalidad (EE.5) porque hay en ellos momentos de dificultad en los que el enemigo procura hacer acortar la hora de oración (EE.12) de manera que al ejercitante se le hace muy difícil cumplirla. Precisamente en la escuela de esas dificultades, el ejercitante debe templarse en la lucha para que "se avece a resistir al adversario y aún a derrocarle" (EE.13). Porque si el ejercitante se queda o se hace pusilánime, y si llegada la hora de la tentación "comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones no hay bestia tan fiera sobre la haz de la tierra como el enemigo de natura humana, en prosecución de su dañada intención con tan crecido malicia" (EE.325). El que da los ejercicios debe buscar el modo de ayudar al ejercitante a obrar con fortaleza y puede aprender algo del ejemplo de Joab.

Joab procede con David, "punzándolo y remordiéndolo" –a imitación del ángel bueno, a quien el director de ejercicios debe tomar también como modelo (EE.314)– por el camino de la razón: "estás hoy cubriendo de vergüenza el rostro de tus servidores que han salvado hoy tu vida, la vida de tus hijos y tus hijas, la vida de tus mujeres y la vida de tus concubinas, porque amas a los que aborrecen y aborreces a los que te aman; hoy has demostrado que nada te importan tus jefes ni tus soldados; ahora estoy comprendiendo que si Absalón viviera y todos nosotros hubiéramos muerto hoy, te habría parecido bien" (19, 6-7).

Este punzar y remorder por el entendimiento del otro no le ahorra la verdad ni el reproche so pretexto de ser "blando y suave" con el tentado (EE.7). Hay modo de ejercitar precisamente la caridad punzando y remordiendo con la verdad, y eso se puede hacer sin ser "duro ni desabrido mas blando y suave". No se necesita, ni Joab necesitó seguramente, usar de tono duro, cuando la verdad que se dice punza y remuerde al tentado, porque lo toca en la herida de su corazón, pero al mismo tiempo en sus reservas de salvación.


11. Sacar de la tristeza desordenada mediante un temor fundado

Joab no se queda en el reproche, muestra también el camino y anima a David a obrar virilmente: "ahora pues, levántate, sal y habla al corazón de tus servidores, porque el Señor te juro que, si no sales no quedará contigo esta noche un solo hombre, y esto sería para ti mayor calamidad que cuantas vinieron sobre ti desde tu juventud hasta hoy" (19,8). Es una exhortación a actuar, motivada psicológicamente con la perspectiva de un mal. De la tristeza desordenada al temor fundado. Presenta al desordenadamente triste por un mal, la visión razonable de un mal futuro peor, pero conjurable por él. Ese es el esquema psicológico que aplica Joab. La vida militar enseña mucho acerca de las pasiones del corazón del hombre.


CONCLUSIÓN.

La historia del duelo de David por su hijo Absalón nos ofreció materia de observación y de reflexión acerca de la naturaleza del afecto desordenado (EE.1), así como de sus consecuencias duraderas y devastadoras. No hay desorden oculto que no se haga manifiesto y no salga a luz por sus desastrosas consecuencias. El ejemplo de David muestra claramente que el afecto desordenado no permite discernir, porque enturbia el juicio e inhibe la justicia. Por eso, en ejercicios no permite acertar en la elección y se ha de quitar, como condición previa para buscar y hallar la voluntad de Dios en la disposición de la propia vida.

El afecto desordenado puede a veces estar encubierto bajo apariencias de bien. Nada parece más honesto y hasta edificante que el llanto de un padre por su hijo, y más aún si es el de un rey por un príncipe heredero, y aún más se es el de un hombre piadoso como David, por el portador de las promesas de Dios a sus descendientes. Y sin embargo lo más bueno, justo y honesto, puede desordenarse.

Siendo el afecto desordenado causante de una perturbación del juicio y de una confusión del entendimiento y de la razón que impide los discernimientos más elementales y fundamentales, impide distinguir el bien y el mal. En ese ofuscamiento del juicio y la razón proliferan incontroladamente los actos injustos.

Hemos observado también que Joab –obrando de manera que puede inspirar y servir de ejemplo al que da los ejercicios– ayuda a David a salir del encierro de su desorden y a reasumir las tareas de su vocación y misión divina. Joab se conduce de una manera que nos ayuda a comprender mejor el alcance de los consejos de San Ignacio al que da los ejercicios, cuando siente que el que los recibe está tentado.