1) HISTORIA DE MI VOCACIÓN

Sacerdotal y Religiosa

1. Algunas consideraciones previas

Vocación, significa llamado. La palabra castellana viene del verbo latino vocare (llamar) que a su vez deriva del sustantivo latino vox (voz, palabra), a semejanza de cómo se deriva nuestro verbo vocear del sustantivo castellano voz, o también la expresión antigua dar voces, que es llamar o anunciar a los gritos.


20141016 084209La vocación es pues una llamada de Dios, que nos llega por la Voz y la Palabra de Dios. Es decir por Cristo, Palabra encarnada, y por la Voz de su Cuerpo Místico que es la Iglesia Católica .

La vocación es voz y palabra interiores, es verdad.

Sin embargo, aunque el Espíritu de Dios la pronuncie en el silencio del alma, y el alma la perciba en su silencio interior, esa voz y esa palabra pueden tener la perentoriedad de un grito, o la fuerza persuasiva de una evidencia inmediata, que viene a ser el grito con que nos convence la evidencia de las cosas.

La Palabra con que Cristo me llama, no la oigo ni la discierno solo. La escucho en su Iglesia, y ella me la discierne y confirma su verdad.

2. La vida entera como respuesta a la vocación

En el intento de narrar la historia de mi vocación, he caído en la cuenta de que contarla entera equivale a contar la historia de mi vida. Tendré pues que limitarme a contar los comienzos de mi vocación, que es como decir, los comienzos de mi vida.

Puestos a distinguir etapas en la vocación y en la vida, diría que quiero limitarme a contar mi vida hasta que me di cuenta que el Señor me llamaba a ser sacerdote y a entrar en la Compañía de Jesús y hasta que respondí a ese llamado, obedeciendo a la voluntad del Padre que se me manifestaba.

Pero puesto a recordar, me he puesto también a reflexionar. Y antes de comenzar mi relato quiero anteponer algunas de esas consideraciones, intentando explicar lo que se me hace evidente a medida que lo reflexiono, pero me resulta difícil expresar con claridad. La vida misma, la vida entera, no es otra cosa que la realización de una vocación.

Nuestra vida es respuesta. Somos llamados a la existencia, llamados a la vida, llamados a la amistad con Dios, llamados a la fe, a la caridad, a la esperanza. El relato del Génesis nos muestra a todos los seres como una respuesta al "hágase" divino. Dijo Dios: hágase la luz y la luz se hizo. Todo lo que es, es en respuesta a una Palabra divina que lo llama a la existencia y al ser tal o cual.


Nuestra vocación primera y universal, es a Dios, al Bien eterno, sin principio ni fin, al amor sin límites. La Palabra que nos llama a la existencia se dice en el Espíritu que nos da la Vida. Pero, puesto que Dios es Amor: ¿qué es la Vida de Dios sino Amor? Dios llama porque ama. Nos llama porque nos ama. Su amor es una fuerza de gravedad espiritual que todo lo atrae hacia Sí.

Pero nosotros no somos Amor. Solamente estamos llamados al Amor. Y depende de nosotros responder libremente al llamado que nos ofrece llegar a ser lo que no somos aún. El Amor de Dios sigue llamando a los gritos a los hijos del padre Adán, que nos encontramos ocultos en los escondrijos de la desobediencia, del miedo y de la desconfianza: "Adán ¿dónde estás?". ¿No suena la palabra hebrea: ¿'Ayyéja? como un gemido del Dios Amor, esa pregunta, esa vocación al arrepentimiento, a la reconciliación?

La vocación general y universal al ser amante, se especifica luego en formas específicas e individuales.

Hay vocaciones laicales, matrimoniales, sacerdotales, virginales, monásticas, apostólicas. Multitud de carismas, dones y ministerios. Pero además, cada uno se individualiza amando como él es, porque es objeto de un amor personal, individual y único. El amor de Dios me ha hecho único para que yo lo ame con mi amor que sólo yo le puedo dar.Si aplico estas consideraciones a mi vocación sacerdotal y a la vida religiosa en la Compañía de Jesús, logro comprender mejor que estas dos "vocaciones" (sacerdocio y

consagración en la Compañía de Jesús) son los modos concretos de responder al llamado universal a la unión amorosa con el Amor, mediante la fe, la caridad, y la esperanza.
Mi vocación a la fe, que comenzó en mi bautismo con la infusión de la vida divina - y la fe virtud teologal es el comienzo de ella -, me pide, y a la vez me posibilita, el ejercicio del don recibido, que es un llamado sostenido durante todos los días de mi vida.

La virtud infusa de la fe teologal es pues vocación, es decir: llamado. Cuando Dios invita a escuchar, invita a la fe, llama a la fe: Escucha Israel. Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo.

Dios es Palabra de Amor que nos interpela continuamente y continuamente nos llama a escuchar, es decir a creer.

Nos está llamando en cada momento a escuchar su Palabra y creerla. A cada uno, esa Palabra le comunica la vocación del Padre, que no cambia, a que viva según el beneplácito del Padre y actúe como Hijo en la condición a la que el Padre lo ha llamado.

Como Samuel, también nosotros podemos decir "Aquí estoy porque me has llamado". Entendiendo estas palabras en su sentido más profundo y pleno, ellas se refieren a nuestra existencia, a nuestra vida histórica, a nuestra individualidad inefable, a nuestra vocación al Amor, a nuestra regeneración espiritual, que es analogía creada de la generación eterna del Hijo. Es decir, a nuestro ser creyente, a nuestro ser sacerdotal.

El Abismo llama al Abismo (Salmo 41, 7). Generación eterna por la que el Abismo del Padre, engendra sin principio ni fin el Abismo del Hijo, y ambos se abisman en el Espíritu Santo, Abismo del Amor del Padre y del Hijo.

3. En un principio...

Nací en Montevideo, Uruguay, como segundo hijo en el seno de una familia católica no practicante. Era el día de la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen en el Templo, 21 de noviembre del año de gracia de1934. Mis padres, aunque bautizados católicos, casados por la Iglesia, y herederos de aquellas virtudes de la cultura católica que ennoblecen la vida, no concurrían a misa los domingos, ni nos inculcaron esa práctica desde pequeños.

 Fui bautizado a los dos meses y días, en el templo Parroquial de San Ramón que Usted está viendo a su derecha . San Ramón es una localidad del Departamento de Canelones, en el interior del Uruguay, a menos de cien kilómetros de Montevideo.

El bautismo tuvo lugar un once de febrero de 1935, en la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, advocación mariana de la que era muy devota mi abuela materna, que fue mi madrina de bautismo.

Mi abuela materna, Felicia Gard y San Juan, había contraído matrimonio con mi abuelo Osvaldo Cervetti Vachin, en el Santuario de la Virgen de Lourdes, en Montevideo.

Infiero que por eso eligió esa fiesta para llevarme a la pila bautismal. Aunque mi abuela fuera hija de Don Eduardo Gard Sobredo, un masón, hijo de Juan Gard, girondino de nacimiento y de convicciones, masón y jefe de la casa de la moneda en el gobierno de la Defensa, ella había heredado la piedad criollo-católica de su madre, Da. Felicia San Juan Bertrán, y de sus abuelas maternas.

Tengo aún una caja con estampas y otros objetos devocionales que le pertenecieron; y en mis recuerdos de niñez veo borrosamente el altarcito con una Santa Teresita y otros santos, ante el que rezaba, y me parece verla pasar entre sus dedos su rosario de cuentas negras.

Mi madre estuvo, de niña, internada como alumna pupila en el Colegio de las Hermanas Dominicas francesas de la calle Rivera, en Montevideo. De esa etapa de su infancia sólo me contaba sus tristezas de pupila, que añoraba su hogar. No me parece que haya recogido allí más hábitos piadosos que los recibidos de su madre.

Luego supe que muchos institutos religiosos venidos de Europa traían consigo una fuerte impronta jansenista en la espiritualidad que vivían y trasmitían a sus educandos.

Los católicos habitantes del campo, imposibilitados de asistencia dominical a un templo, expresan su fe mediante oraciones a la mañana y a la tarde, el rezo del Santo Rosario y algunas novenas.

Mi abuela, que solía vivir en una chacra cercana, tenía casa en San Ramón y acudía a misa cuando estaba allí. Entre mis primeros recuerdos de infancia, guardo la visión borrosa de la nave del templo parroquial, atestado de fieles y allá, adelante, un presbiterio donde vislumbro una casulla verde en forma de guitarra, un comulgatorio y una palma ornamental en su maceta. Debo haber estado allí de mano de mi abuela y madrina y hasta dudo de si no estaría en sus brazos.

Recuerdo haber aprendido de pequeñito de mi madre, que la recitaba con mucha devoción, la oración "Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea". Y hacia los once o trece años, me aprendí el "Acordaos" de una estampa de la Virgen del Huerto que me había dado mi abuela.

4. Entre mis primeros recuerdos: mi primer acto de fe Tengo la dicha de recordar mi primer acto de fe. Está entre mis más lejanos recuerdos de la primera infancia. Tendría yo tres o cuatro años. Fue en la granja de mis abuelos, donde nuestros padres nos enviaban a pasar vacaciones en el campo. Me veo sentado en la cama, junto a mi hermano, dos años mayor, ya listos para dormir.

Mi tía María Báez nos muestra un crucifijo muy parecido al que después recibí en la Compañía de Jesús para el día de mis votos. Un Cristo de metal sobre una madera de ébano, enmarcada en metal. Mi tía María nos presenta a Jesús diciendo, según recuerdo: "Este es Jesús, el Hijo de Dios, que murió en la Cruz para salvarnos del pecado y de la muerte".

Y yo creí. Estaba bautizado. El hábito infuso de la virtud teologal de la fe me hacía capaz de creer y aún no había llegado a la edad de pecar. Así que me proclamaron el Evangelio y creí. La voz de mi tía María fue para mí la voz de la Iglesia, la voz de una enviada. Ni siquiera me hablaron de la Resurrección. Eso vendría después. Me presentaron a Jesús, Dios hecho hombre y muerto por mí. Y creí en él, sin necesidad de entender más. Creí entonces lo que luego iría entendiendo durante toda la vida y aceptaría con fe, una y otra vez. Creí entonces lo que quiero y pido poder seguir creyendo hasta mi muerte. Creí en el que se me iría dando a conocer durante toda mi vida y a quien espero ver cara a cara eternamente.

Vuelvo una y otra vez, agradecido y asombrado, a ese primer encuentro con Jesús, que me ató a Sí por la fe y no me iba a soltar más por el resto de mi vida. Fue mi primer encuentro con Él. Y mi tía María está inseparablemente unida a ese instante en mi recuerdo.

También mi hermano mayor, quien, sin embargo, no siguió con la misma resolución y entusiasmo los caminos de la fe católica. ¡Qué misterio! Los dos escuchamos lo mismo, aquella misma noche y a ambos nos fue presentado Jesús por igual. ¡Pero qué distinto fue el vínculo que cada uno de nosotros dos estableció y mantuvo con Jesús!

Yo te ruego, Señor, que así como estábamos juntos aquella noche en que nos fuiste presentado a ambos, podamos contemplarte juntos por la eternidad, por más dispares que hayan sido nuestros caminos aquí en el tiempo. Y que también nos reúnas con aquella querida tía María Báez , que tú constituiste ministro de tu palabra para nosotros.

5. Jugar a sacerdote

Dicen que un signo precoz de vocación sacerdotal en los niños es que se inclinan a jugar a que son sacerdotes. Juegan a celebrar misa o como ministros de bodas. Si es así, encuentro en mi memoria más temprana uno o dos episodios de ese tipo. En el más nítido, me veo vestido de negro, con algún vestido de mi madre, casando a mi hermano mayor con una niña hija de una vecina. El recuerdo está asociado a la casa donde vivimos hasta 1937 o 1938, por lo que calculo que yo debía tener entre tres y cuatro años. Yo mismo me sorprendo ahora, haciendo cálculos cronológicos de la precocidad de esta ¿llamada?

Mucho más borroso es el recuerdo de jugar a decir misa. Y hasta dudo de que sea real o de si fue solamente un sueño, o de si fue parte del mismo juego en la misma ocasión.


6. "Sí, soy católico, apostólico, romano"

No recuerdo otros hechos de mi infancia, de contenido religioso. Sin embargo, creo que debieron ser abundantes. Me rodearon familiares piadosos aunque no todos practicantes. En mi hogar y en los de mis parientes vi imágenes religiosas. Recuerdo el bautismo de mi hermano menor cuando yo tenía seis años. Una tía política de mi madre, anciana y viuda, con la que fuimos a vivir en su casa un tiempo, para acompañarla en su viudez, era muy devota. Recuerdo su altarcito y sus rosarios. Otras tías ancianas devotísimas pueblan mi memoria infantil. Una de ella nos visitaba regularmente desde Rosario de Santa Fe.

Voy a rescatar de toda esa vaga amalgama de hechos, uno que recuerdo vívidamente, y que considero como un jalón de gracia, por el que se me imprimió la conciencia de mi identidad católica, de mi pertenencia a la Iglesia católica. Debe haber sido después de los ocho años, porque ya vivíamos en la casa en la que viví desde esa edad hasta dejarla para entrar en la Compañía de Jesús.

La gracia a la que me refiero la recibí en el templo de la Parroquia de La Inmaculada Concepción, ubicada sobre la Avenida Millán, en la zona de Montevideo conocida como el Paso de las Duranas o también del Prado chico.

Creo que, por ese entonces, mi abuelita y madrina ya le insistía a mi madre para que nos enviara a la Parroquia a recibir la catequesis y prepararnos a la primera comunión. Pero ese buen propósito, a pesar de esporádicos arranques, nunca llegó a cumplirse plenamente. Debo haber comenzado y abandonado el curso una y otra vez en varios años sucesivos, porque recuerdo haber asistido apenas a dos o tres clases. Nos las impartían seminaristas del cercano Seminario Arquidiocesano, en el que mi padre fue más tarde uno de los médicos de confianza para sacerdotes y seminaristas. Faltó sin duda la firmeza de mis padres en urgirnos la constancia en asistir a las catequesis. Pero quizás, sin que yo lo advirtiera nunca con claridad, aquellos seminaristas de sotana me hicieron presente de manera concreta la realidad sacerdotal.

Quiero describir mejor la gracia recibida. Recuerdo muy nítidamente que en una de esas raras veces que asistí a clase de catecismo se respondía a una pregunta, que ya no recuerdo, con la afirmación: "Soy católico, apostólico, romano". Aquella respuesta se me grabó en el corazón. Me sentí plenamente identificado con la respuesta. No como si fuera algo nuevo para mí, sino como si fuera algo que yo siempre había sido y sabido y de lo que ahora comenzaba a ser reflejamente y convencidamente consciente. Esa frase me explicaba a mí mismo, me identificaba. Inundándome con la luz de una clara comprensión, como si fuera un amén luminoso y lleno de certeza, me revelaba lo que yo era, lo que aceptaba ser, lo que sería en lo futuro y lo que quería ser siempre.

Me reconocí y me proclamé perteneciente a la Iglesia católica desde siempre y para siempre, de manera análoga a la que pertenecía a la familia cuyos apellidos llevaba. ¿No eran esos acaso mis apellidos religiosos? ¿Los nombres del pueblo al que pertenecía? Sí, pero lo que entonces recibí no fue el conocimiento reflexivo que pudo venir después, sino la conciencia directa de mi pertenencia. Luego vendría a saber que "todo es nuestro, nosotros somos de Cristo y Cristo es del Padre".

En esta experiencia "mística" recibí en germen - puedo reconocerlo mejor hoy - algo de mi "vocación a la pertenencia", mi vocación a la filialidad en la fraternidad de la Iglesia católica.

Si a los tres años me presentaron a Cristo y creí en Él, a los ocho me presentaron a la Iglesia y creí en ella, me supe perteneciente a ella y acepté el llamado a la comunión de los santos.

7. Pío XII y la Segunda Guerra Mundial

pio xii

Mi infancia es contemporánea de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial. De niño me asomé a algunas imágenes terribles vistas en publicaciones o noticieros de cine. Pero también recuerdo la impresión que me produjo la figura serena y gigantesca de Pío XII. Es el Papa de mi niñez y juventud y de los primeros años de mi vida religiosa. Fallece cuando yo cursaba mis estudios eclesiásticos de Filosofía. Él fue la cabeza visible de esa Iglesia una, santa, católica, apostólica y romana a la que yo me sentía perteneciente.

También mi vinculación interior con el Papa, con ese Papa, fue una gracia de fe. Aunque no tengo un claro recuerdo de mi primer acto de fe en el sucesor de Pedro y el Vicario de Cristo, me parece que lo amé desde siempre, que lo admiré desde algún momento inicial y que está allí, sin duda, en los cimientos de mi vida de fe, aunque esté oculto en las brumas del olvido.

Cuando en el año mariano de 1950, a mis 16 años, participaba con la muchedumbre católica que llenaba la Plaza Independencia, oí con lágrimas de emoción, la voz del Pío XII llenando la plaza desde los altavoces, saludándonos y bendiciéndonos, la admiración y la adhesión al Papa estaban plenamente arraigados en mi corazón. Ese no es pues un recuerdo inicial.

8. Sólo en la Iglesia hay salvación

 Las guerras insensatas, genocidas, se desarrollaban lejos. De ellas no nos alcanzaban por suerte las destrucciones y las muertes. Nos afectaban solamente en forma de escaceses. Escasez de combustibles, de neumáticos, de alimentos, de azúcar, de carne. Racionamientos. Recuerdo haber estado, de niño, haciendo cola o recorriendo comercios, para comprar un cuarto kilo de azúcar o algo de carne.

Pero hasta un niño se da cuenta de la insensatez malvada de la guerra. La maldad se percibe aún sin entenderla. Y cuando la maldad es universal y parece ingobernable e invencible, se comprende mejor que la Humanidad entera está necesitada de salvación.

Quizás me ayudó a comprenderlo el magisterio de Pío XII que me debió llegar sin que hoy sepa explicar cómo.

  La Iglesia católica en Uruguay tenía por cabeza en esos años a Monseñor Antonio María Barbieri.

 

El Arzobispo capuchino, músico, poeta, miembro de la Academia de Letras, no desdeñaba enseñar catequesis para niños por la radio. Recuerdo haberlo escuchado gustoso muchas veces, aunque no recuerde los contenidos.

El mensaje de salvación se abrió paso hasta mí por algunos o muchos de esos múltiples caminos y ministros. Lo cierto es que sin recordar cómo, se suscitó en mí la clara convicción de que el mundo necesitaba ser salvado y que la única fuerza de salvación que había en él era la Iglesia, una, santa, católica, apostólica y romana, a la cual yo pertenecía.

Más tarde, las palabras de Cristo: "No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros" expresarían maravillosamente la experiencia de descubrirse elegido, desde antes de tener conciencia de ello, para ser miembro de la Iglesia. Así como no elegí a mis padres y a mi familia, sino que nací de ellos y en ella, tampoco elegí a la Iglesia, sino que nací en ella. Y de parecida manera tampoco elegí yo el sacerdocio o la vida religiosa, sino que fui destinado y elegido por el Padre para ser lo que soy, llamado e invitado a serlo.

9. La Iglesia perseguida

Junto con la conciencia y la convicción de que la Iglesia era la única fuerza de salvación en el mundo, recibí o experimenté, paralelamente, que, por eso mismo, debía padecer la oposición de las fuerzas destructoras del mal.

A medida que fui conociendo la historia y la realidad de la Iglesia católica, en Uruguay y en otros países, me fui enterando, me fui dando cuenta, de que ella era objeto de odio, de oposición tenaz y cerrada. Llegaban hasta mí rumores de los motivos de la Guerra civil española y de la persecución mexicana. Veía en Uruguay mismo, en la escuela laica en la que cursé mis estudios primarios y secundarios, la oposición a la religión, al culto a Él, a la fe católica.

Recuerdo, por ejemplo, lo que sucedía alrededor de las procesiones de Corpus, que llegaron a ser, en Montevideo, las más multitudinarias y nutridas de todo mundo católico. Es una historia que he contado en un ensayo de teología pastoral que titulé "En mi sed me dieron vinagre. La Civilización de la acedia", y que quiero repetir aquí:

"Yo me acuerdo y se me derrama el alma por dentro, cómo iba entre los gritos de júbilo y alabanza de la muchedumbre festiva" (Salmo 42,5). Me digo lo del salmo, recordando las procesiones del Corpus Christi en mi juventud, cuando pasábamos alegres por la avenida l8 de Julio, la arteria principal de Montevideo. Una procesión que en tiempos heroicos había salido a la calle desafiando los gritos y las pedradas de los enemigos de la fe católica. En mis años mozos, todavía se dejaban ver algunos signos de aquella violencia.

Al llegar a l8 y Yaguarón, pasábamos cantando ante los postigos cerrados del diario El Día. Un diario anticatólico que ya no existe desde hace años y en cuyo antiguo edificio funciona ahora un Casino en que se apuesta a las carreras de caballos en Maroñas y se juega en las maquinitas.


EL HISTÓRICO EDIFICIO DE EL DIARIO "EL DÍA" EN EL QUE HOY FUNCIONA UN CASINO DE MAROÑAS

Por supuesto, el diario no podía enterarse así de nuestro paso. Al día siguiente ni nos mencionaba en su edición.

A pesar de su deber profesional de informar, sus periodistas ignoraban una muchedumbre de cien mil o más personas, donde desfilaban con sus estandartes todas las parroquias y organizaciones parroquiales, sus cofradías, los colegios católicos, algunos de ellos con sus bandas, la escuela de enfermeras católicas, los scouts, formados detrás del clero y de los religiosos, encabezados todos por el obispo, revestido de pluvial y humeral suntuosísimo, bajo el palio que llevaban los venerables prohombres del catolicismo uruguayo, miembros de la Archicofradía del Santísimo Sacramento, quienes lo escoltaban como un grupo de Apóstoles. Entre una nube de incienso, el obispo avanzaba, abrazado al Santísimo contra su pecho.

Ese día, cada año, intencionada coincidencia, tenía lugar el clásico de fútbol en el estadio Centenario. Y naturalmente tanto El Diario de esa tarde, como El Día, al día siguiente, se ocupaban del partido de fútbol e ignoraban la procesión. El clásico de fútbol servía de coartada para que los diarios pudiesen hablar de otra cosa. Eramos la mayoría ignorada" .

Para mi espíritu aún preadolescente, la naturaleza del fenómeno era transparente. Yo era un católico, apostólico, romano, perteneciente al pueblo rechazado, discriminado y tenido por paria, pero salvador del mundo. Era un privilegio, aunque pudiera ser doloroso. Y aunque no lo reflexionara demasiado, no era algo que yo hubiera elegido, sino para lo que había sido elegido con una elección con la que estaba plenamente de acuerdo y me hacía pacífica, serenamente feliz.

La gracia del Espíritu Santo, del que prometió Jesús que "os enseñará todas las cosas", me seguía enseñando interiormente, valiéndose de una lluvia mansa de mediaciones eclesiales que mi corazón se bebía como tierra sedienta. El mundo, el demonio y la carne no me ahorraron sus ataques, me hirieron, pero no pudieron prevalecer.

Compruebo con dolor que, tras una interrupción de años, la Procesión del Corpus Christi en Montevideo, no es más lo que yo conocí en mi niñez y adolescencia. En ella se refleja en "encogimiento" en número y ánimo del pueblo católico en el Uruguay.

10. El despertar de la vocación de defensor de la fe

Los años de pubertad y adolescencia, los de la Enseñanza Secundaria, los cursé en instituciones de enseñanza del Estado. El Liceo Rodó y luego el Instituto preuniversitario Alfredo Vázquez Acevedo.

El primer año de secundaria se ha perdido entre brumas de olvido. Pero de él guardo el vívido recuerdo de un ataque a la fe. El profesor Evangelio Bonilla , ¡qué irónico nombre para un convencido comunista! era nuestro profesor de historia en primero de Liceo. La materia era Historia Antigua e Historia de Grecia, materias en las que era un docente afamado. Recuerdo que en una clase, traicionado por la ideología, comentaba como un hecho históricamente imposible el viaje de María embarazada hasta Belén.

Tenía yo entonces tan pocos conocimientos de Historia Sagrada que creo haberme enterado del episodio evangélico por medio de la impugnación de su historicidad. Sólo más tarde me enteré de que había cuatro evangelios. Mi fe era grande, pero mi información religiosa era bien exigua. Y quizás eso me servía de coraza contra los dardos envenenados. Mi fe no pertenecía tanto a la esfera del saber cuanto del ser. No es que yo tuviera fe. No. Yo era creyente. Y por eso, poco podían hacer contra mí las impugnaciones, puesto que no se estrellaban contra un mero saber, sino contra mi ser mismo, contra mis convicciones existenciales inmediatas. Apuntaban a ideas de las que yo carecía, pero impugnaban mi identidad, que era para mí una evidencia inexpugnable.

Fue así que los ataques contra Él y la Iglesia despertaron en mí al apologista. Puesto que creía en Jesucristo y pertenecía a la Iglesia católica, defenderlos era también defensa propia.

Yo amaba ya lo que todavía no conocía bien. Eso me iba a aguijonear para conocer mejor lo que amaba, con el fin de defenderlo contra los que, conociéndolo quizás mejor que yo, sin embargo lo odiaban y lo combatían. Eso es, como lo comprendí más tarde, lo propiamente demoníaco: el conocimiento sin amor. "Sabemos quién eres tú", gritan los demonios en el Evangelio.

Años después escribí, imitando el estilo de San Agustín: "Amaba lo que no conocía y después conocí lo que había amado, no permitas que deje de amar lo que conozco".

11. María, Auxiliadora contra el mundo, el demonio y la carne

Paralelamente a los sucesos de gracia que voy relatando, la pubertad y preadolescencia fueron para mí, como lo son para todos, tiempos del despertar de la sexualidad en los que se entabló la lucha por la castidad. Aunque el mundo era entonces mucho menos descarado y agresivo en su ataque a los niños y adolescentes, aunque no existía aún la televisión ni el cable, el mío ya era suficientemente eficaz para corrompernos en masa.

Mi hogar era un reducto de pudor y de virtud en medio de una sociedad cuyos ambientes corrían ya, aceleradamente, a despeñarse en el relativismo moral, el cinismo y todos los vicios. Así sucedía con los ambientes que yo frecuentaba, el liceo, el barrio, el club deportivo, los comercios, la peluquería, la calle.

Ya de niños sabíamos que esa entrada de autos a una quinta, medio oculta entre arbustos y cañaverales, ubicada frente a la escuela, era un burdel. En los kioskos podían comprarse revistas y libros pornográficos, cuyas tapas veíamos al pasar. Oíamos, sin quererlo, en la peluquería, diálogos desvergonzados y relatos de hazañas eróticas, narradas sin respeto por el niño allí presente, que las entendía a medias.

Eso era así, y se imponía, desafiante, como lo natural; en lo que los mayores eran expertos y respecto de lo que 'había que avivar' a los niños.

El pudoroso ambiente hogareño, vivía de espaldas e ignoraba las infiltraciones omnipresentes de esa agresión ambiental. No nos ponía en guardia ni nos proporcionaba armas o defensas. Hasta dentro de mi familia grande, como me fui enterando después, la lujuria hacía sus estragos, principalmente entre los varones.

Nuestra carne, que despertaba, estaba agredida por el mundo y el demonio.

En las luchas contra la castidad, fue María, la Santísima Virgen, invocada en las tentaciones, en los peligros, la que me sostuvo y me protegió bajo su manto. Mi alianza con Ella se selló desde entonces, porque siempre respondió eficaz y poderosamente a mi invocación y mis pedidos de auxilio.

Nacido y bautizado en sus fiestas ¿no son signos de su elección y protección materna?

12. Primera Comunión.

La recibí a los catorce años, hacia el final de mi segundo año de Liceo. Fue en el templo de la Inmaculada de los Padres Vascos o Bayoneses.

Mi abuela materna, mi madrina de bautismo, viéndonos crecer a mi hermano y a mí sin iniciarnos en la Eucaristía, aumentaba la presión sobre mi madre para que asumiera su responsabilidad y nos hiciera tomar la primera comunión.

Con sano instinto de mujer creyente, nuestra abuela veía que mi hermano mayor y yo habíamos ingresado ya en la pubertad y en los peligros nada imaginarios y bien reales de una sociedad lujuriosa, sin haber recibido la primera comunión. Ella presionaba a mi madre para que sacudiendo su incuria nos la hiciera tomar, para que no estuviéramos sin los auxilios de los sacramentos.

Debo pues a mi madrina el impulso que me puso en movimiento para ir al encuentro de Jesús. Quiero creer o creo recordar, que hubo también alguna tímida sugerencia de mi madre en la línea de "hacerle el gusto a tu abuelita".

Para hacerle el gusto tuve, pues, que ponerme a aprender lo más elemental del catecismo, porque no me sentía capaz de memorizar tantas preguntas y respuestas. Repasé las oraciones aprendidas de niño, varias veces olvidadas y vueltas a aprender una y otra vez, cuando, por temporadas, reintentaba recordarlas y rezarlas ya con la cara en la almohada, mientras me dormía. Memoricé, como pude, porque mi memoria era pésima, los diez mandamientos; de los que quizás pude aprender ocho o nueve y no siempre en su orden, memoricé el Credo... Si me hubieran hecho las preguntas del catecismo o me hubieran puesto las exigencias que se les pone a los niños de hoy, nunca habría tomado la Primera Comunión, ni sería sacerdote.

Había que pasar algún examen que demostrara que uno estaba preparado para recibir la comunión. Y había que confesarse con algún sacerdote. Me enviaron a un sacerdote pallotino del Santuario de la Virgen de Lourdes, donde se había casado mi abuelita. De nuevo me acogía la Virgen bajo su manto. Creo que el sacerdote, anciano ya, era paciente de mi padre.

Allí me confesé con él, luchando con mi vergüenza, y recibí la aprobación para ir a comulgar, que fue pura indulgencia para con mi impreparación. Me regalaron el examen.

No recuerdo la fecha ni el tiempo litúrgico en que tomé mi Primera Comunión. Digo que debió ser hacia mis catorce años, porque fue hacia fines de mi segundo años de liceo.

La recibí en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de los Padres Bayoneses, en Montevideo. El templo queda en la misma manzana en que se hallaba el local Anexo de mi liceo, tocándose por los fondos. Para ir a recibir mi Primera Comunión tomé pues el tranvía como habitualmente lo hacia para ir a mi liceo.

Fui solo. Sin ajustarme a lo que se estilaba, que era el traje de comunión y la moña blanca al brazo. Mis padres no iban a Misa ni comulgaban y compartían ciertos reparos respecto de los abusos a que se prestaban los trajes y fiestas de los comulgantes. Como en tantos otros ámbitos, los abusos han dado motivo para terminar con buenos usos.

Sin embargo, creo que, para mí, aquello era providencial y formaba parte del programa divino para mi formación interior. De esa manera, tomando mi primera comunión en el anonimato de un día cualquiera y no en un ocho de diciembre, tomándola en el anonimato social, comenzaba a vivir la eucaristía como algo entre el Señor y yo, aunque sí en el contexto de la celebración eucarística eclesial. Emprendía el camino a Jesús por mí mismo, en el anonimato TEMPLO DE MARIA INMACULADA y la invisibilidad. No solamente nadie me presionaba sino que se hacía a mi alrededor un cierto vacío de indiferencia hacia aquel acto religioso. Al mismo tiempo que Jesús me atraía hacia sí, el mundo tomaba distancia de mí. Pero al hacerlo me dejaba libre para el encuentro.

Era un domingo. Un domingo cualquiera. Escuché la misa, en la que aún no distinguía artes ni partes. Llegada la hora de comulgar, me abrí paso entre la muchedumbre de los fieles que atestaban el templo y me fui a arrodillar, entre ellos, en el comulgatorio. Recuerdo que elegí arrodillarme arrinconándome bien al extremo izquierdo de la barandilla del comulgatorio, que luego arrancaron y ya no existe.

Lo único que me llevaba allí era la luz de mi fe, que alumbrando la noche de mis ignorancias, me decía que iba a recibir a Jesús. Allí Jesús vino a mí. Yo lo conocía con el asentimiento de la fe, un conocimiento esencial, pero incipiente, diríamos que "de nombre". Él sí, ya me conocía perfectamente y me estaba esperando para iniciar conmigo un camino hacia el Padre.

No era necesario, por lo visto, que yo supiera más ni lo conociera mejor. Él lo sabía, lo disponía y lo gobernaba todo. A su tiempo se me iría mostrando. Curioso camino eligió para iluminarme con su conocimiento y para encenderme en su amor. Se me iría dando a conocer más que atrayéndome a contemplarlo, incitándome a defenderlo. Recuerdo más haberlo predicado que haberlo adorado. Pero a decir verdad me había habituado a entrar en los templos y a visitarlo a veces largos ratos. Jesús soportó que algunas veces, mi celo apostólico indiscreto expusiera su Rostro santo a las escupidas de sus enemigos. ¡Cuánta paciencia tiene con nosotros su grande amor!

El templo donde hice mi primera comunión era un templo de María, consagrado a su Inmaculada Concepción, a su preservación del pecado original. Qué maravillas hace el Señor con uno, sin que uno lo advierta sino más tarde, cuando mira hacia atrás con los ojos iluminados por la historia de la gracia en la propia vida. Desde el día de mi nacimiento, de mi bautismo, las advocaciones de María jalonan esa historia de gracia, como discreto perfume de rosas que revela su acción y su presencia.

 

IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE BETHARRAM
que se venera en el templo de la Inmaculada
de los Padres Vascos en Montevideo

[Fotos tomadas del blog: http://betharramuy.blogspot.com/2007/07/betharram-montevideo.html

Mi padre, que había sido monaguillo cuando niño, en su pueblo natal, y que sabía de "estas cosas" y del ayuno eucarístico, entonces riguroso, me había dado unas monedas para que después de misa, tomara un desayuno en algún café del Centro. Fui, buscando uno abierto, recorriendo la avenida 18 de Julio, en dirección de la Plaza Independencia Pero no encontré ninguno abierto hasta llegar al histórico café Tupí Nambá, que hoy ya no existe. Estaba situado entonces en la esquina de la Plaza Independencia que da hacia al teatro del Sol: Teatro Solis.

Allí desayuné tan infantilmente ignorante de la condición aristocrática de aquél café literario y de los personajes prestigiosos que lo honraban y se honraban con él, como lo era todavía de la divina aristocracia de la santidad cuyas estatuas e íconos adornaban los altares laterales del Templo de la Inmaculada: San José, San Juan Bautista, Santa Teresita, San Ignacio de Loyola, San Benito José Labre...

 

 

 

DOS VISTAS DEL BAR TUPÍ NAMBÁ 

La primera hacia 1910 lo muestra en la esquina al fondo.
La segunda hacia 1949,
fecha aproximada de mi primera comunión,
poco antes de su demolición en 1953.

Jesús estaba desde ahora conmigo de una nueva manera, sacramental, portadora de una dínamis santificadora propia y divinamente operativa. Había empezado sin que yo lo advirtiera un proceso de transformación y crecimiento en santidad y gracia. Y creo que Él empezaba a enseñarme a seguirlo solo, libremente, sin ser presionado, pero también como inmunizado a la indiferencia y a la oposición del "medio uruguayo". Todo sucedía como al socaire de mi ignorancia, de mi inadvertencia, a las espaldas de mi conciencia. Como, por otra parte, acontece el mundo a espaldas de la conciencia de los niños.


13. Mi abuelita materna:


A mi madrina y abuela materna, una matrona tan digna como tierna, Doña Felicia Gard y San Juan de Cervetti, le debo una palabra de gratitud por haber luchado para que tomáramos la comunión.

No la recibí sólo por complacerla, aunque también quisiese darle gusto.

Pero quizás, sin su insistencia, no habría comprendido que convenía recibirla.


Pero quiero agregar aquí que ella está también asociada a mi vocación de una manera especial, porque ofreció su vida, sus sufrimientos finales y su muerte por mi sacerdocio.
Siendo yo ya novicio de primer año, en el Noviciado de la Compañía de Jesús, vino una noche mi padre a buscarme para acudir a verla. Ella agonizaba a causa de su diabetes, después de la amputación de una pierna. La encontré en el Sanatorio de la Asociación Fraternidad, acompañada de un jesuita, el Padre López García, que fuera misionero largos años en China, apóstol de las Cárceles, médico y por eso amigo de mi Padre, por haber sido compañeros de estudios.

En mi presencia, el Padre López García procedió a darle a mi abuela los últimos sacramentos y la invitó a ofrecer sus sufrimientos por mi sacerdocio. A mí, que estaba allí aturdido, sin saber bien qué decir o hacer, aquéllo me tomó de sorpresa y me impresionó mucho. Era la noche del 20 al 21 de junio, y ella falleció el 21, en la fiesta de San Luis Gonzaga.

Mi memoria no retiene detalles. Quizás porque lo viví traumáticamente. Quizás porque, una vez más, no fuera importante que yo advirtiese lo que sucedía y lo que se estaba haciendo conmigo. Pero mi piedad se alimenta de la esencia del hecho. Lamento no poder recordar cómo me miraría en aquéllos sus últimos momentos; en nuestra despedida. Intuyo que ella ha sido ministro para mí de muchas gracias esenciales, alcanzadas a través de la Virgen, de la que fue tan devota servidora e hija. Quizás el Padre López García percibió proféticamente lo que yo no percibía.

DOÑA FELICIA GARD Y SAN JUAN DE CERVETTI

Hoy, recordando, medito, por primera vez, que la misma que me sostuvo sobre la pila bautismal, la que veló y nos urgió para acercarnos a Jesús en la Eucaristía, viéndome en aquélla que era su hora, vestido de la sotana de jesuita, la que me dejó en herencia algo de su amor a María, derramó gustosa sobre mi sacerdocio los méritos de su vida, de sus sufrimientos y de su muerte.Pero en ese momento, todo eso sucedía a mis espaldas, a sotavento de mi conciencia

Nuestra vocación está regada con tantos amores, de los que no somos conscientes, pero que el Padre, fuente de todos ellos, tuvo y sigue teniendo en cuenta. De esas fidelidades, que manan de la fidelidad del Padre se nutre, aún sin percibirlo, la nuestra.

Así es la gracia, siempre la contemplaremos luego de que ha hecho su obra oculta.

14. Mis maestros de adoración eucarística

No quiero seguir adelante sin detenerme a dar testimonio acerca del pueblo católico que fue mi maestro de adoración eucarística. A falta de una catequesis eucarística curricular, el clima de piedad eucarística del pueblo fiel fue mi maestro.

Mi Primera Comunión fue el comienzo de una práctica eucarística dominical fiel y regular. Y así ingresé en una escuela donde aprendí cómo adorar al Señor recibido en la Eucaristía. Recojo aquí recuerdos que he escrito para otra ocasión pero que expresan bien lo que quisiera decir aquí:

"Recuerdo el tiempo de mi preadolescencia, por allá por el final de la década de los 40 y comienzos de los 50. En esos años de mi conversión, los fieles católicos, durante la Misa, y sobre todo después de la Comunión, se sumían, arrodillados y con el rostro entre las manos, en una fervorosa y profunda acción de gracias. Todo su porte daba testimonio. Desde que volvían de la barandilla del comulgatorio, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza baja, o con las manos juntas delante del rostro inclinado; hasta que se hincaban en el reclinatorio o en el piso, en algún rincón del templo. Eran testimonios vivientes de un íntimo diálogo de fe y de oración con el Señor. Era posible "ver" al Señor hablando con ellos. Durante unos minutos se transfiguraban, convertidos en verdaderos ostensorios vivientes. Templos. Testigos mudos de su gloria interior. En ellos se hacía visible la comunión del cielo y de la tierra, del hombre y Dios".

"Considero hoy, que aquél era un verdadero y auténtico "pentecostalismo" católico avant la lettre. En aquellos cenáculos, yo veía arder las llamas del amor divino, en los rostros iluminados y encendidos por el fervor, sobre las cabezas inclinadas de la asamblea eucarística, silenciosa y orante, a la vez reverente y recatada. Pienso que el movimiento pentecostal que vino después, nació de la nostalgia de aquel perdido camino del fervor. Y aún hoy no comprendo por qué ni cómo se pudo, y aún se puede, acusar de "sacramentalismo" a ese rico pasado eucarístico.

No recuerdo haber advertido, en aquel tiempo, que nadie ocultara su fervor, ni se irritara con el fervor ajeno. Aunque no excluyo que, en mi admiración adolescente por aquellos extáticos, fuera ciego para posibles acedias - intraeclesiales - hacia ellos. Yo tenía la impresión de que aquello era bien visto y considerado en la Iglesia. Y aún sigo creyendo que lo era. En los años durante los cuales se extinguió aquel fenómeno, yo ya no estaba entre los fieles del templo. Había ingresado en la vida religiosa y mi formación me llevó de un país a otro. No pude por lo tanto presenciar ni observar directamente el proceso de cambio. Tampoco comprendía lo que iba sucediendo, porque yo mismo estaba envuelto en las marejadas y los cambios. Fue sólo años después de la instalación del frío y de la creciente pérdida de la reverencia, que se me abrieron los ojos y comencé a preguntarme acerca del hecho y de sus causas" .

15. La Acción Católica de Estudiantes

El segundo año de Liceo fue también el año en que me vinculé a la Acción Católica de Estudiantes. El Delegado del Liceo Rodó era Mario Genta, un estudiante de Abogacía, mucho mayor que nosotros y de imponente estatura, cuya corpulencia lo hacía caminar con cierta dificultad. Le decíamos cariñosamente "el gordo Genta". Me parece verlo. Años más tarde se casó y formó una familia numerosa. Pero, como me sucedió con tantos otros, mi ausencia del Uruguay durante largos años de formación en otros países me desvinculó de él.

Nos reuníamos en un aula que nos prestaba el Padre Carlos Bigatti en el su Colegio, el liceo católico de la Inmaculada Concepción, al que llaman comúnmente de los Vascos, y mira hacia la calle Mercedes, en la misma manzana que el Anexo del Liceo Rodó (Río Branco) y que el templo de la Inmaculada (Julio Herrera y Obes). Bien puedo decir hoy que aquella manzana de Montevideo fue para mí un territorio de gracia.

El Director del Colegio de la Inmaculada Concepción, el Padre Carlos Bigatti, de la Congregación conocida como “los Vascos” y a quien volveré a referirme, no solamente nos prestaba el local y sino que nos acompañaba como Asesor en las reuniones que teníamos allí los sábados por la tarde.

En esas reuniones de estudio semanales se preparaba también, con mucha anticipación, la Comunión Pascual. Imprimir los volantes para invitar a la Comunión Pascual era toda una empresa. Esas eran las metas inmediatas de nuestro apostolado entre los compañeros de Liceo.

A decir verdad, éramos apenas un puñadito de jóvenes estudiantes, quizás diez y a menudo menos. Gran parte del celo apostólico de la semana se empleaba en invitar, recordar, animar a no dejar de asistir, arrear y empujar la pequeña grey cansina de católicos, dispersos y como perdidos en la majada de los indiferentes. No se explica el ánimo inquebrantable que teníamos, sin una fuerza interior que nos hacía perseverar contra viento y marea. Esa misma situación de minoría era, para mi, una prueba fehaciente de la necesidad de salvación que tenía el mundo y me acicateaba para alcanzarles la salvación de Cristo, para que algunos por lo menos se salvasen.

La Acción Católica de Estudiantes fue el ámbito eclesial donde se desenvolvió mi fe y mi espiritualidad durante cinco años más. Pasado un tiempo me oficialicé y recibí el escudito de la Acción Católica de Estudiantes. Un escudito que me identificaba en público y que las normas de laicidad prohibían usar dentro del edificio liceal. Un distintivo que era objeto de discriminación y hasta persecución, por ejemplo, en las mesas de examen. Aquel escudito, con el que no se podía entrar al liceo público, nos hacía signo de contradicción pero alimentaba el gozo de nuestra militancia. Era bueno recibir afrentas por Cristo y por la Iglesia católica.

Agradezco muy especialmente a la Acción Católica que nos inculcara la espiritualidad de los sacramentos bien recibidos y del cumplimiento lo más responsable y perfecto posible, del "deber de estado"

16. Apostolado y apologética

¡El Apostolado! Era la ocasión de alegrarse con la aceptación, la ocasión de tratar de ganarse a los vacilantes y la ocasión de aguantarse el rechazo. Más rechazos que aceptación. Los que accedían a acudir a la reunión, como dije, se contaban con los dedos. Los demás eran indiferentes. Muchos solían impugnar la fe, la Iglesia. Traían a colación todo lo malo: malos cristianos, malos sacerdotes, la inquisición. las cruzadas, la edad media, el oscurantismo, la alianza con el imperialismo, el Papa bendiciendo los cañones para la guerra de Eritrea...

El apostolado era ocasión de apologética. Allí se me ponía dolorosamente de manifiesto mi impreparación y mi ignorancia, cuando no lograba dar razones para defender lo que amaba; cuando carecía de información histórica para refutar las leyendas negras. Allí se justificaba la necesidad de las reuniones de formación y estudio.

Fue por entonces cuando adquirí, en una librería de viejo, a un precio que me pareció irrisorio para tan precioso tesoro, mi ejemplar de La Religión demostrada, de P. A. Hillaire. Ese fue mi verdadero catecismo, mi arsenal de respuestas. La mayor parte de lo que aprendí inicialmente acerca de mi fe, lo aprendí en ese libro como aprendiz de apologista. Mis conocimientos fueron creciendo en la defensa de lo que amaba. Mi fe se ilustró defendiéndola. He tratado de expresar esta experiencia cuando, años más tarde, escribí la frase que cité más arriba: "Amaba lo que no conocía y después conocí lo que había amado, no permitas que deje de amar lo que conozco"

17. La purificación y santificación por la gracia

Con la vida eucarística, a partir de mi primera comunión, comenzó un camino de purificación y santificación por la gracia. La espiritualidad de la Acción Católica insistía en la vida de gracia por el camino de la frecuencia de los sacramentos y en la santificación por el cumplimiento del deber de estado y de la formación en la doctrina de la fe.

A la salida de una de mis misas dominicales, en la puerta del templo de Nuestra Señora de Lourdes, adquirí un misal dominical de bolsillo, en latín y castellano, con el que me inicié en el rito eucarístico. Allí comencé a distinguir las partes de la Misa y a comprender el sentido de cada una. Empezaba a participar activa y fructuosamente en el culto divino.

No recuerdo bien por qué motivo, iba a la misa dominical a diferentes templos y parroquias, no siempre a los mismos. En algunos de ellos se vendían libros a la puerta. Cada domingo compraba alguno, a veces varios, que devoraba durante la semana. Abundaban los títulos de libros de formación, editados por la editorial argentina Difusión a precios económicos. Comencé así a alimentar mi espíritu con todo tipo de obras: narrativas, formativas, apologéticas, históricas, hagiográficas. La Eucaristía estimulaba mi apetito de conocer más lo que amaba y lo que el mundo aborrecía: Cristo, la Iglesia, María, los modelos de santidad.

En una de mis compras di con la Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis. Se convirtió para mí en un maestro de oración y del diálogo con Jesús en el Sagrario. Recuerdo que lo leía hasta viajando en el tranvía.

En otro libro, - creo que era alguna obra de San Alfonso María de Ligorio-, encontré directivas para ejercitarme en meditar. Y comencé a ensayar caminos de meditación.

Eucaristía, oración, estudio, meditación y apostolado se retroalimentaban. La espiritualidad del cumplimiento del deber de estado, me fue impulsando a tomar más en serio el esfuerzo del estudio. Eso se hizo evidente, para satisfacción de mi padre, a partir de mi tercer año de secundaria en adelante. Y también me empeñé en comportarme mejor como hijo y hermano. ¡Qué maravillosa y equilibrada era la espiritualidad que se nos enseñaba en la Acción Católica, organización que, desgraciadamente ya no existe más en Uruguay!

18. Ejercicios espirituales de San Ignacio: la conversión y la elección

Fue por entonces que el Padre Carlos Bigatti, nuestro asesor de Acción Católica, me invitó a participar en los Ejercicios Espirituales, en total retiro y silencio, que organizaba el Colegio de la Inmaculada para sus alumnos. El Padre Bigatti perteneciente a la Congregación de Nuestra Señora de Betharram, como he dicho, era el Director del Colegio de la Inmaculada Concepción, en la Calle Mercedes y Julio Herrera y Obes. En tres días me predicaron las meditacion

es fundamentales de los Ejercicios de San Ignacio. Los predicadores fueron dos jesuitas que hacían su terceronado y estrenaban sus primeras armas apostólicas, uno argentino, de apellido Rubio y otro uruguayo, el Padre Alfredo Requena. Fueron para mí ejercicios de conversión, en los que lloré mis pecados, los aborrecí e hice confesión general de toda mi vida.
Al año siguiente, en cuarto año de Liceo, en otros Ejercicios Espirituales de tres días, predicados por el jesuita Gerardo Algorta, sentí que el Señor me llamaba al sacerdocio y decidí mi vocación, aunque aún quedaba pendiente la elección entre el clero secular o la vida religiosa; entre los salesianos o los jesuitas, que los Ejercicios Espirituales me habían dado a conocer. Y, sobre todo, la incertidumbre acerca de lo que sucedería el día que revelase mi decisión secreta a mis padres.

19. De la pertenencia, por la militancia apostólica, a la vocación y misión

Se iba completando así un itinerario que describiría un arco de gracia: desde el precoz acto de fe en Cristo; pasando por la conciencia de pertenecer a la Iglesia, admirada como única fuerza de salvación para un mundo necesitado de ella y sin embargo refractario a Cristo y a su Iglesia; por la profundización de un vínculo de amor, nutrido en la comunión eucarística; por el apostolado y el ardor apologético; a la llamada a participar en la misión salvadora de la Iglesia y a asumir la vocación al sacerdocio y la misión.

20. Preparatorios: el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo

En el Uruguay, en mi tiempo, lo digo porque no sé si hoy sigue siendo así, los dos últimos años del ciclo secundario, que constaba de seis, se llamaban Preparatorios. Estaban orientados a las distintas carreras. Yo me anoté en los Preparatorios de Medicina, que habilitaban para seguir, además de esa carrera, la de Odontología, Veterinaria, etc. El entendido familiar era que yo seguiría Medicina, como mi padre.

Preparatorios se cursaba en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, más conocido hoy como IAVA.

Por obra y gracia de la convergencia de estímulos familiares; de la acción de la gracia eucarística y de la espiritualidad del cumplimiento del deber de estado que se nos inculcaba en la Acción Católica, yo me había convertido en un buen estudiante, que hacía rendir al máximo sus cualidades medianas. Había materias en las que estudiaba con verdadero placer, como literatura e historia natural. Otras que estudiaba con ahinco venciendo dificultades, como física, química y filosofía.

En el primer ciclo de Secundaria había ido pasando de año, siempre, por el régimen de exoneración de exámenes que se aplicaba a los estudiantes que estudiaban durante el año. En el ciclo Preparatorios, donde ya no había exoneraciones, salvé, ambos años, todos los exámenes en el período de diciembre y todos con buenas notas, algunas excelentes. Mi padre veía esto con gran satisfacción y eso le hacía tomar a buena parte las inclinaciones religiosas que iba observando en mí.

En ese bienio, comencé a frecuentar la Misa diariamente. Quedaba cerca de mi casa el Noviciado de las Hermanas de María Inmaculada, conocidas como Hermanas Alemanas, fundadas por Paulina von Mallinckrodt. A las cinco y media de la mañana asistía allí a la Misa. Era el comienzo de mi jornada de estudio, organizada con una disciplina casi militar, con una abnegación ascética que la mística del deber de estado me hacía dulce. Años después de mi ingreso en la Compañía, mi padre se convirtió en el médico de cabecera de esta comunidad de hermanas.

21. Primer intento de obtener el permiso paterno

Al final del primer año de Preparatorios le manifesté a mi padre mi vocación sacerdotal y religiosa. Por ese tiempo yo pensaba en los salesianos de Don Bosco, porque nos acompañaba como Asesor de la Acción Católica de Estudiantes de Preparatorios el Padre Fernando Fagalde SDB que fue mi director espiritual. Aunque él jamás me influyó ni me instó a inclinarme por los salesianos, era natural que yo pensara en eso.

Mi padre, con buen acuerdo, me pidió que terminara mis estudios secundarios y que hablaríamos después de terminados y cuando se presentara el momento de ir a la Facultad. Así fue.

22. Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y la vocación a la Compañía.

Hacia fines de 1952, yo terminaba mi segundo año de Preparatorios con notas excelentes. Mis propósitos habían madurado. En tres días de ejercicios cerrados hechos en el invierno de ese año se había aclarado mi vocación y me había ido inclinando cada vez más a entrar en la Compañía de Jesús. No sabía nada de ella. Sólo conocía a un par de jesuitas que hacían de Asesores de Acción Católica: el Padre Juan Carlos Bazzano, el Padre Jesús Urteaga. Traté especialmente y más de mi vocación con este último, en un campamento de jóvenes en el local de vacaciones de verano del Club Juventus, en Piriápolis.


Pero estimo que lo más decisivo para inclinarme al ingreso en la Compañía de Jesús fueron los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, y es posible que, no del todo conscientemente, haya influido algo el perfil espiritual de los sacerdotes jesuitas que me los predicaron, especialmente la de los Padres Alfredo Requena y Gerardo Algorta.

En la primera tanda de ejercicios de tres días, hecha a invitación del  Padre Carlos Bigatti, me había convertido y confesado. En la segunda, uno o dos años después, había visto con claridad mi vocación sacerdotal y había hecho mi elección.

La poderosa eficacia espiritual de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola me aficionaba a la espiritualidad de San Ignacio y me inclinaba a ingresar a su Orden, que me era, por otra parte, totalmente desconocida en sus demás aspectos. Ni sabía que había en Montevideo un Colegio del Sagrado Corazón regido por los jesuitas, ni que la casa de Ejercicios Espirituales donde me había alojado para el primer retiro, era adyacente al Noviciado donde ingresaría después.

No recuerdo bien si antes o después de hablar con mi padre, había hablado con el Viceprovincial de los jesuitas en Uruguay, el chileno Padre Krebs. La entrevista fue en la misma casa donde vivo hoy y que por ese entonces era lo que los jesuitas llamamos Terceronado. Era la residencia del Padre Viceprovincial, porque él era, a su vez, Maestro de los Tercerones.

El Padre Krebs me había hecho entrevistar con los jesuitas examinadores de mi vocación, por lo que a fines de mi segundo año de Preparatorios ya estaba admitido, si conseguía el permiso paterno, para entrar a la Compañía en marzo del año 1953.

Mi decisión estaba tomada. Sólo me faltaba la autorización paterna.

23. Un día decisivo

Un día, a fines de diciembre o principios de enero, mi padre, al sacar el auto del garaje, me dijo: "Andá a buscar el carnet de estudiante que vamos a inscribirte en la Facultad". Yo le manifesté que seguía pensando en entrar de sacerdote. Subimos al coche, donde viajaba también mi madre, y la discusión siguió por el camino. Como último recurso lo convencí de que fuese a hablar con el Padre Fagalde, que era párroco en la Parroquia de San Pedro. Él accedió y mantuvieron una larga conversación. Mi madre y yo, aguardábamos en el auto, afuera. Salió por fin mi padre, convencido de que debía darme permiso para seguir lo que yo consideraba que era mi vocación.

24. O Ángel o quizás demonio

Durante años me pregunté, intrigado, qué le habría dicho el Padre Fagalde a mi padre, para convencerlo tan eficazmente. Mi padre era un hombre de convicciones firmes que no cambiaba fácilmente de parecer, no por tozudo, sino porque estaba racionalmente muy bien fundado en sus convicciones. No me atreví a preguntarles, por entonces, ni a él ni al Padre Fagalde, cuál había sido el argumento que había convencido a mi padre y vencido sus resistencias.

Ya no recuerdo bien cómo vine a saberlo. Creo que se lo pregunté, por fin, después de algunos años, al P. Fagalde en una de las raras ocasiones en que lo vi, siendo yo ya jesuita. Lo que supe que le dijo fue, en resumen, algo así como: "Su hijo es ahora un ángel, no sea cosa que si Usted se opone a su vocación, termine convirtiéndose en un demonio".

Amenaza fuerte para un padre. Y yo sé, ahora, que mi padre apostó, aún renunciando a las ilusiones que justamente albergaba acerca de mí, a que yo pudiera seguir siendo un ser angélico. Como Dios me hacía, como Dios me quería; y para la misión a la que me enviaba. Porque malak en hebreo, angellos en griego, significa eso: mensajero enviado, con una misión de anuncio y revelación; no otra cosa que apóstol.

No quiso mi padre que yo corriera el riesgo de cambiar mi ser angélico en demoníaco. Tuvo mi padre en esto algo de la fe de Abraham, renunciando al hijo. Reconociendo la potestad de Dios sobre su hijo. Y hubo una respuesta de Dios a mi padre, dándole un hijo mejor de lo que él podía soñar como hijo suyo, por dejarlo reengendrar como hijo de Dios. Mi padre tuvo la humildad de reconocer que él podría haber malogrado un ángel por querer someterlo a la ley, humana al fin, de su voluntad y de sus ilusiones.

Me expliqué, pues, después de saber esto, por qué salió mi padre, de aquella entrevista, como confundido y doblegado, como abrumado y vencido. Yo no lo sabía entonces, pero él no venía solamente de hablar con el Padre Fagalde, venía, como Abraham, de entregarle su hijo a Dios. Dios no tardaría en devolverle a su hijo.

Cuando, pasando los años, mi padre me vio perseverante en mi vocación, contento en ella, aventados los temores, fue feliz con su hijo sacerdote. Siendo médico, recorriendo la ciudad para atender a sus enfermos, solía levantar y llevar a los sacerdotes o religiosas que encontraba por el camino, que veía en las paradas del transporte colectivo, y llevarlos a destino, hablando de su hijo religioso que se preparaba al sacerdocio y, con el tiempo, de su hijo sacerdote.

25. Ingreso en la Compañía de Jesús

Ingresé en el Noviciado de la Compañía de Jesús en Montevideo, un 11 de marzo de 1953. Un día de otoño de sol dulce y luminoso, de aire quieto, como son los días del hermoso otoño uruguayo. Fui el primero de mi grupo en golpear a la puerta del viejo noviciado. Puerta que ya no existe, pero estaba entonces flanqueada de jazmines en flor. Fui el primero al que le abrió la puerta el anciano hermano portero Tapiol. Luego fueron llegando, al paso de las horas, los demás compañeros de aquél grupo de seis. De ellos, dos se fueron durante el noviciado, otro después de años de formación, a otro lo llamaron al Padre siendo ya sacerdote pero joven, y dos hemos quedado hasta hoy en la Compañía de Jesús


El Padre Fagalde,santo y sabio salesiano, me había exhortado a entregarme con plena docilidad a la formación religiosa que me iban a dar los jesuitas.
Yo no sabía nada de lo que me esperaba. Había leído solamente la vida de San Ignacio de Loyola de Paul Dudon, que me prestara el Padre Jesús Urteaga; y algún otro libro sobre la Compañía de Jesús. Ahora, empezaría a conocerla viviendo en ella.

Desde entonces hasta ahora, aunque mi vocación continúa. Él me sigue llamando, fielmente, porque su elección es irrevocable. Yo tengo que seguir y quiero seguir respondiendo a su llamado.

Puedo dar aquí por terminada la historia de mi vocación, que me han pedido que narrara.Esta otra historia, la que comenzó con mi entrada al noviciado y estoy viviendo todavía, ya es otra historia, o, si se quiere, una etapa ulterior de esa misma historia, pero ya no la del primer llamado, que he querido narrar hasta aquí, sino la que se sigue labrando hoy, la de la fidelidad recíproca, duradera, llamada a ser eterna, entre Él y yo.