bienaventuranzasEl antetítulo de este comentario de las bienaventuranzas nos da su hondo sentido, en sintonía con el profundo texto de Juan Pablo II que le sirve de introducción. Dice el Papa que Jesús no se limitó a proclamar las bienaventuranzas, sino que también las vivió, pues fue el más pobre de los pobres, el más manso de los humildes, la persona de corazón más puro y misericordioso. De modo que las bienaventuranzas son un verdadero retrato del Rostro de Jesús. Y, añade el Papa, al mismo tiempo las bienaventuranzas son el retrato de su discípulo. Y, por último, la alegría que prometen es la misma alegría de Jesús en su obediencia al Padre y en su entrega a los hermanos. Por eso insiste el autor en que lo que Jesús enseña en las bienaventuranzas es a vivir como hijos lo que Él vivió como hijo. Tenemos, pues, que son el retrato de Jesús como hijo fiel del Padre y el programa para asimilar esta condición de hijos de Dios y hermanos de Jesús. No se quedan, pues, en un conjunto inconexo de principios espirituales, sino que conforman el molde para llegar a ser hijos de Dios. Ahora bien, a pesar de su aparente dureza, las bienaventuranzas no son ideales imposibles e inaplicables, pues no se trata de leyes sino de promesas. Promesas de la acción del Espíritu Santo en el corazón del hombre que se presta dócilmente a seguir sus inspiraciones. Y promesas de felicidad, porque El Padre le dará la misma infinita felicidad que a su Hijo. A partir de estos principios está estructurada la exposición de cada bienaventuranza. Cómo la vivió Jesús y cómo el Padre le cumplió la promesa que contiene. Ambas cosas con su reflejo y adecuación en el discípulo fiel de Jesús. La exposición es clara, subdividida por párrafos numerados, y está completada con unas sugerencias para la oración, hechas principalmente de interpelaciones sobre cómo vivo cada bienaventuranza. Esta concepción se refleja también en la enunciación de cada una de ellas. Pues casi siempre el P. Bojorge introduce al Padre en su mismo enunciado, dándoles un tono mucho más personal. Por ejemplo: «Felices los que lloran, porque el Padre los consolará». Esta obra se termina con el discurso del Papa Juan Pablo II a los jóvenes en la XVII Jornada Mundial de la Juventud, en Toronto, que trata de las bienaventuranzas. En resumen, nos encontramos con una exposición de las bienaventuranzas de orientación pastoral, muy clara de exposición y muy sólidamente fundamentada.