LA PEQUEÑA GREY  LA IGLESIA CATÓLICA
 una nación peregrina, diversa
 y por eso dispersa y oprimida

Los hijos de Dios viven en el mundo pero no son de este mundo”

1. 'No tenemos aquí morada permanente'
San Pedro, en su primera carta, aplica a la Iglesia el nombre de nación o pueblo. Al hablar de la Iglesia como nación, se aplica el término "nación" al pueblo de Dios, en sentido análogo al de la cuarta acepción que le reconoce al término la Academia de la Lengua Española: “conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”.
Aún perteneciendo a los más diversos pueblos y naciones civiles, los católicos creen lo mismo, profesan haber nacido de nuevo y de lo Alto y tener por lo tanto un origen espiritual común, celebran lo mismo, y tienen normas de vida comunes, comparten criterios esenciales comunes. La mística comunión de los santos hace de ellos una mística nación, un pueblo santo.
La condición de los Hijos de Dios como nación peregrina, y por eso diversa, dispersa y oprimida, es un dato primordial de la revelación cristiana que predica la Iglesia Católica. Reviste una importancia tal, que conviene recordarlo, en momentos en que no se lo tiene muy en cuenta, porque ayudará a entender mejor la situación del católico en el mundo.
Estos hechos han de ser tomados en consideración en la teología y en la praxis pastoral, en las reflexiones sobre Iglesia-Mundo, sobre el pueblo de Dios entre los pueblos, sobre la relación Iglesia-Estado, sobre la acción política de los católicos, sobre las causas de su debilidad política; sobre los límites entre la inculturación y la asimilación.
A la luz de esta revelación puede medirse la gravedad de la asimilación de la Iglesia por parte de un estado, como sucede con la Iglesia patriótica China. O como ha sucedido históricamente con las confesiones protestantes y sus “iglesias” nacionales. O como han pretendido lograr a lo largo de la historia moderna los estados nacionales sea liberales sea marxistas.
Familia, ciudad, nación
La Sagrada Escritura considera a los discípulos de Cristo, como hijos de Dios que son, con distintos nombres que aluden a un número creciente de miembros: familia, ciudad, reinado o nación. Los hijos son primero
1) Familia de Dios o Casa de Dios, que crecen hasta ser
2) Ciudad de Dios , Jerusalén celeste , Templo de Dios,
3) y por fin llegan a alcanzar la dimensión de un Reino, una Nación, un pueblo de Dios .
Así se despliega, en número creciente, un gran Nosotros divino-humano eclesial. Empieza como una pequeña semilla de mostaza y aumenta desde la condición inicial de familia de la fe hasta ser una nación numerosa.
Así Jesús es desde el comienzo el dueño de la Casa, o aquél a quien el Padre pone al frente de la casa, pero una vez cumplida su misión, es puesto como Rey al frente del Reino de los hijos para gobernar la nación de los hijos de Dios que es la Iglesia católica .

Es a este último nombre, al Reino, entendiéndolo como aquella nación regida por un Rey, al que nos referimos cuando hablamos de la nación de los hijos de Dios.

Nación y Pueblo peregrino hacia la vida eterna
Este pueblo de hijos de Dios, es un pueblo peregrino porque no tiene aquí morada ni ciudad permanente, sino que peregrina hacia la casa del Padre .
Es una nación de la trascendencia, cuyo horizonte imaginario y cuya meta práctica es la vida eterna, ya incoada. Si alguien no tiene en su corazón esta referencia al Padre, no es hijo y por lo tanto no pertenece a la nación santa. Muchos son, - dice San Juan -, los que “estaban entre nosotros, pero no eran de los nuestros” . Y muchos los que dicen “Señor, Señor” pero no son reconocidos como miembros de la familia de Dios y del Reino, porque sus obras eran malas y obraban la iniquidad: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos [es decir en la condición filial definitiva y en la casa del Padre]; sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos” … “Muchos me dirán en aquél día: Señor, Señor, … y entonces les declararé: apartáos de mí los que obráis la iniquidad” (Mateo 7, 22-23) .
La nación que constituye la totalidad de los que viven como hijos de Dios, es una nación trascendentista. La carta de ciudadanía que otorga la pertenencia a esta nación es precisamente esa orientación interior del corazón hacia el Padre, la cual, incoada en el bautismo, seguirá recibiéndose eternamente.

Diversa, dispersa y oprimida
Debido a eso, esta nación de los hijos de Dios, vive como extranjera y peregrina en medio de las ciudades que construyen los hombres del inmanentismo para habitar y estarse en ellas. Esa condición peregrina entre las naciones de la inmanencia, explica que, viviendo estos peregrinos como si fueran extranjeros en las ciudades de la inmanencia, no disponen de ellas ni las gobiernan.
A menudo los hombres de la inmanencia pretenden someterlos a su visión inmanentista, e imponerles, como si fueran las metas últimas, las metas del inmanentismo y los medios para alcanzarlas.

La apostasía insensible
También es posible que, puesto que viven en medio de las ciudades de la inmanencia, algunos miembros del pueblo de los hijos de Dios - dado que su diversidad les ocasiona sufrimientos: discriminación, persecución, opresión - sucumban a la tentación de asimilarse a los inmanentistas, renunciando a la orientación trascendente del corazón. Tiene lugar entonces una apostasía interior, muchas veces insensible y anónima, pero de graves consecuencias.
La apostasía interior va unida a una pérdida de identidad que, entre otras consecuencias graves, permite la parasitación no advertida de ‘hermanos’ que lo son sólo en apariencia; la intrusión de quienes, sin vivir como hijos y de cara al Padre, se auto declaran católicos o cristianos y conviven con los miembros del nosotros sin pertenecerle realmente. Pueden participar de los sacramentos y del culto pero su corazón no está convertido o ya ha apostatado secretamente. La parábola del trigo y la cizaña alecciona, desde el principio, a los primeros discípulos, sobre esta realidad .
De estos hechos dan testimonio, ya desde los comienzos de la Iglesia, las cartas a las siete Iglesias en el Apocalipsis. Ellas muestran cómo los cristianos podían perder de vista su condición peregrina y la meta trascendente de su peregrinación, para mimetizarse, asimilándose a las ciudades en medio de las cuales vivían. Así la sal perdía el sabor y era menospreciada por los hombres de la inmanencia . Pero también resultaba desagradable al Señor hasta provocar su vómito .
El Ángel escribe a la Iglesia que está en Éfeso, Laodicea, etc. Nótese bien la expresión, no se dice la Iglesia de Éfeso o Laodicea sino la que está en… pero no es de ella. No le pertenece.
Así, la Iglesia católica está en Argentina o en Uruguay, pero no es de Argentina ni de Uruguay, ni del Chaco, de Mendoza, ni de Salto o de Canelones. Menos aún es la Iglesia argentina, uruguaya o china, etc. La Iglesia está en, pero no pertenece a…
Esta manera de hablar, se remonta al magisterio de Jesucristo mismo, que enseña a sus discípulos que están en el mundo pero no son del mundo . Más aún, les advierte que el mundo los odiará. “Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo” . Y que tienen que cuidarse constantemente de peligros que los acecharán en el mundo a lo largo de la historia

La imprecisión a nivel del lenguaje, - actualmente muy extendida y aceptada sin advertir la gravedad de la imprecisión - , es síntoma inequívoco de la pérdida de claridad en la conciencia católica contemporánea al respecto. A pesar de que el Concilio Vaticano II nos lo recordó repetidas veces en sus documentos , se ha nublado la conciencia de que este pueblo de los hijos es una nación que tiene una meta trascendente y por lo tanto vive peregrina hacia la patria celestial. Este enturbiamiento de la conciencia católica brota de un debilitamiento de la fe y da lugar a tentaciones que merecería el reproche de los Ángeles de las ciudades y naciones en las que peregrinamos. Dos tentaciones principales me parece posible percibir, que pueden desembocar en desviaciones, tan reprochables para los Ángeles como los que reprocha el Señor a las siete Iglesias del Apocalipsis. Trataré de ellas primero y después recorreré los textos de la Sagrada Liturgia, de la Sagrada Escritura y de algunos Santos Padres que nos exponen la revelación sobre la condición peregrina, diversa, dispersa y oprimida de la Iglesia.

3. La tentación: instalación y asimilación
En esta tercera y última parte propongo algunas reflexiones que son más bien una invitación a continuar reflexionando desde la condición peregrina de la Iglesia y sacar enseñanzas para nuestra situación actual en ella y en el mundo.
He adelantado que a esta nación dispersa y oprimida, pueden asaltarla tentaciones. Quiero detenerme en esta tercera parte a reflexionar sobre ellas tentaciones.
Diría, en primer lugar y para comenzar, que se trata de una sola tentación que reviste dos formas.
La tentación de los peregrinos es la de instalarse y asimilarse. Esto sucede cuando pierden de vista la meta de su peregrinación, se desentienden de ella y se afincan en la ciudad terrena como en su morada última y definitiva. Dicho en términos juaninos: cuando pasan a amar al mundo más que al Padre.
La instalación y la asimilación se da en dos formas o ámbitos principales. Uno es el de las relaciones de la Iglesia con el mundo, es decir hacia afuera. Y el otro es en el ámbito interior de la Iglesia, es decir hacia adentro. Hacia afuera, se da la tentación de nacionalizarse y hacia dentro la tentación de estatizarse. Me explico.

Tengo contra ti que te nacionalizas
Llamo tentación de nacionalizarse hacia fuera lo que le sucedió al movimiento protestante, que se desmembró en iglesias nacionales: la iglesia de Alemania, de Inglaterra, de Dinamarca, de Holanda o de Suecia.
Es lo que muchos gobiernos anticatólicos y regímenes totalitarios procuraron que sucediese con la Iglesia católica. Es, también, lo que aún hoy los poderes de este mundo no cejan en procurar que suceda. Como ocurre, por ejemplo en China, donde el estado apoya a la iglesia patriótica de China y persigue a la Iglesia católica en China.
Los poderes políticos de la ciudad de la inmanencia imaginan tareas asignables a la Iglesia dentro del orden inmanente. Me viene a la memoria el caso de un político uruguayo conocido por su hostilidad al catolicismo, que propuso cierta vez que la Iglesia se ocupase de promover la seguridad en el tránsito. Es indudable que la santidad produce hombres responsables cuando están al volante. Pero este político es de los que combaten la raíz pero quieren los frutos. El arquetipo de esta actitud puede encontrarse en el faraón, que quería el trabajo del pueblo elegido al tiempo que planeaba acabar con él.
A algún político más generoso, pudo ocurrírsele asignarnos a los católicos la tarea más noble de promover el bienestar social, o la moral pública. Pero todas serán metas intramundanas desvinculadas de la meta última de este pueblo peregrinante.
Hubo pues, históricamente, una presión de los poderes políticos - que hoy hereda el poder político mundial globalizado -, para someter al pueblo de Dios a tareas y metas intramundanas imponiéndoles servicios sociales o políticos e impidiéndoles el servicio divino. Más aún, desconociendo sus méritos y obras pasadas, porque dan ejemplo de que las metas intramundanas se lograron mejor tendiendo a las celestiales. Por eso, en la Constitución Europea no se quería nombrar los orígenes cristianos de Europa.
Esta presión desde el exterior se convierte fácilmente en una tentación que nace del interior del cristiano. Otro ejemplo: los gobiernos europeos habían acusado a los católicos de ser malos ciudadanos por obedecer al Papa, considerado por aquéllos como una potencia extranjera y en cierto sentido enemiga. Llegadas las guerras europeas, los católicos trataron de mostrarse patriotas heroicos en las trincheras, perdida su capacidad de crítica, de indignación y de resistencia contra guerras monstruosas.
La acedia de los gobernantes de la ciudad de la inmanencia, manifestada en acusaciones contra los ciudadanos de la trascendencia, y en negativa a reconocer sus méritos históricos, suscita en éstos culpabilidad. Para quitar motivos a la acusación y para demostrar su inocencia tratan entonces de hacerse agradables al poder político, prestándose a sus exigencias o deponiendo sus justas críticas.
En esa coyuntura es necesario renovar la espiritualidad del martirio y recordar que es necesario obedecer y complacer a Dios, más que a los hombres. Las generaciones de mártires que prefirieron morir que quemar incienso adorando al César, son testigos actualísimos y maestros que muestran un camino.

La organización actual de la jerarquía católica en Conferencias episcopales nacionales puede ser malentendida y vivida, equivocadamente, en la dirección de esa fragmentación de la unidad católica según los mapas políticos, es decir en la dirección de una poli-nacionalización del pueblo de Dios, con mengua de su catolicidad y de su condición peregrina. Así, por ejemplo, en la página web de la Conferencia Episcopal Uruguaya, se estampó inadvertidamente el título "Iglesia uruguaya" hasta que alguien lo hizo notar. Sin embargo, ya se expresaba así un cambio de conciencia que se había instalado en las mentes y en el idioma, y se ha seguido vulgarizando y generalizando. Confieso que me he sorprendido a mí mismo hablando de la Iglesia uruguaya. Pero hoy se oye hablar, sin que nadie lo considere objetable, de iglesia argentina, uruguaya, boliviana, chilena, peruana y hasta de iglesia chaqueña, o salteña, reclamando para cada país o región, vivencias, costumbres y particularidades locales del catolicismo que se apartan de los usos católicos universales.

La tentación de estatización
La otra forma de la tentación de asimilarse al mundo, consiste en un estatizarse hacia adentro, es decir, en que a la nación de los hijos de Dios le crezca dentro una organización de tipo estatal, a imagen y semejanza de los estados de este mundo, y cuyo funcionamiento sea vivido según esa imagen y semejanza, imitando el estilo de los poderes en la ciudad inmanente, más en términos de ejercicio del poder (sicut dominantes in clerum) que como servicio y ministerio (forma facti gregis ex animo).

Entonces surge la forma de la tentación, que consiste en configurarse a imagen y semejanza de los estados de este mundo y de funcionar con un tipo de autoridad semejante a la de los jefes y señores de la tierra. Esta tentación es especialmente congenial y propia de quien, dentro de la Iglesia, todavía ama al mundo más que al Padre y pertenece, por lo tanto, a aquéllos de quienes San Juan dice "salieron de entre nosotros porque no eran de los nuestros" . El peligro no es imaginario .
No. Ya Jesús mismo les advierte a sus apóstoles contra el peligro de concebir su autoridad apostólica a imagen y semejanza de los Señores de este mundo. Cuando, camino de Jerusalén donde él Será rechazado por los gobernantes de Israel y por el representante del Imperio en Palestina, los discípulos iban por el camino disputando acerca de cuál era el primero o el más grande entre ellos, e invocando la intercesión de la madre de Santiago y a Juan para que les concediera los puestos de mayor influencia en su Reino, que ellos concebían como un superimperio divino sobre todos los estados y señoríos de este mundo, pero a imagen y semejanza de ellos.
"Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos." (Marcos 10, 41-45).

Desde el comienzo, por lo tanto, la tentación de los apóstoles y de los discípulos, será la de asimilar la Iglesia a las sociedades de este mundo. A no comprender el carácter de sociedad dispersa y oprimida. A concebir la Jerusalén a la imagen y semejanza de Babilonia.

Cuando esta tentación se instala en la cabeza de los pastores, entonces es posible que lleguen a concebir su gobierno eclesial a imagen y semejanza de los gobernantes de este mundo, que tratan de configurar las sociedades que gobiernan de acuerdo a su voluntad y a sus planes, usando para ello su poder que puede ser legal y hasta tiránico.
Pero esto equivale en la práctica en descreer del Padre y de su acción generadora de sus hijos, de la donación de la vida divina como herencia a los que viven como hijos.

Y también puede suceder que pierdan de vista su situación de ser extranjeros y oprimidos y asuman una actitud de rebeldía y contestación ante los poderes estatales, cuando, por no estar en un pie de igualdad, no es esa la actitud prudente a asumir.
Más bien hay que ver en Daniel, el hombre de las predilecciones divinas, la prefiguración de Cristo y del justo cristiano. La situación de Daniel es la de servidor, de esclavo, pero útil al monarca y por eso apreciado. Y en base al aprecio, capaz de llegar a influir religiosamente sobre el ánimo de los poderes paganos.
Daniel ve en sueños a los estados de este mundo en figuras de animales feroces. Son en efecto la estatificación de la humanidad herida por el pecado original y que ha perdido la imagen y semejanza divina, perdiendo así, al mismo tiempo, la figura humana.
Pero a Daniel se le muestra también el Hijo del Hombre que viene sobre las nubes y al que Dios le entrega el Reino que viene de los Cielos, para que gobierne a todos los pueblos y naciones.
Nótese que mientras los imperios animales surgen del fondo del mar, de la lejanía de Dios, del lugar reservado a los enemigos y rebeldes, el Hijo del Hombre baja de los Cielos, enviado desde el Trono del Anciano. Y a él le da Dios el imperio y el poderío, que es el de Cristo.
Jesús gusta de referirse a sí mismo como el Hijo del Hombre, como el Mesías daniélico. Y por profesar su identidad en esos términos es condenado a muerte por el Sanedrín. Pero al mismo tiempo, interpreta la figura mesiánico-política del Hijo del Hombre en términos del Servidor sufriente de Isaías, con lo cual despolitiza la interpretación estatista de su Reino. Y lo pone en términos del que "da su vida en rescate por muchos".

Parece importante pues tener en cuenta que de la idea de sí misma que se hace la Institución jerárquica eclesial y también el pueblo creyente, dependerán no solamente las formas del gobierno eclesiástico, sino también el relacionamiento con el Estado.

En cuanto al gobierno intraeclesial, cuando se pierde de vista la idea del servicio y predomina la visión de la propia autoridad de la Jerarquía como un poder, es fácil que la instancia jerárquica se olvide de la consideración debida a los débiles. Por ejemplo, que imponga reformas que le parecen aconsejables para el bien de la comunidad, con olvido del escándalo de los pequeños y de la norma paulina que manda renunciar al derecho, en este caso incluso el derecho a imperar, en bien del hermano débil.
En cuanto a las relaciones con los poderes de este mundo, la visión estatizada de sí misma, puede llevar a la Jerarquía y a la Iglesia, o a la confrontación rebelde o al vasallaje servil.
Sin embargo, Daniel, aunque en situación de esclavitud, y aunque útil al Rey por su ciencia de los sueños y del alma, que es la ciencia inspirada acerca del corazón del Rey, nunca actúa servilmente, porque su oración y su fidelidad obediente a los mandatos y a la voluntad divina, lo mantienen interiormente libre ante los reyes, y le permiten bajar al foso de los leones y pasear por el horno.
Tertuliano ha observado que en el Nuevo Testamento, ya no se libra a los justos de los leones y del fuego, sino que entregado a los dientes de los leones y a las llamas, pasan incólumes por la tribulación y dan testimonio en el martirio como lo dio su Maestro, el Hijo.
He ahí la diferencia específica entre el Daniel del Antiguo Testamento y el Daniel del Nuevo. La capacidad de enfrentar la muerte y pasar por ella.


Democracia e inmanentismo, aristocracia y trascendentalismo
La experiencia histórica de un mundo cristianamente ordenado, ha mostrado ya, a los hombres de la inmanencia, lo que podría ser un orden mundano ordenado según las pautas de la trascendencia. Y no queriéndolo de ningún modo, y siendo mayoría, invocan la democracia, el gobierno de las mayorías. Esta democracia inmanentista procura por todos los medios aumentar sus mayorías y hacer disminuir y reducir a minoría despreciable el número de la nación de los hijos de Dios, aumentar su dispersión, privarlos de sus instituciones y medios de expresión, censurar sus puntos de vista, en una palabra, dispersarlos y oprimirlos.
Los hijos de Dios, por ser siempre pocos y estar en minoría, si aspiran a gobernar la ciudad de este mundo, no podrían optar por otra forma de gobierno que la aristocracia del espíritu. Y de hecho, su sociedad fue regida por los monarcas, la nobleza, las corporaciones, los estados (clero, nobleza, burguesía).
Pero siempre Abel será más débil en este estado peregrino, ante la acedia de Caín.


3. La nación peregrina, diversa, dispersa y oprimida

Testimonios de la Liturgia
El Canon Romano de la Misa, comienza con una oración en la que se pide a Dios que proteja a su Iglesia y la congregue en la unidad: “Padre… te pedimos humildemente… que aceptes estos dones… ante todo por tu Iglesia… para que la congregues en la unidad y la gobiernes”. “Acuérdate Señor de tus hijos, y de los que aquí has reunido…”. “Reunidos… veneramos”.
En el Prefacio dominical VI los fieles declaran que: "todavía peregrinos en este mundo", experimentan "las pruebas cotidianas de tu amor": “En ti vivimos, nos movemos y existimos; y, todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura”.

La oración de postcomunión del primer domingo de Adviento dice: "Señor, que fructifique en nosotros la celebración de estos sacramentos, con los que tú nos enseñas, ya en nuestra vida mortal, a descubrir el valor de los bienes eternos y a poner en ellos nuestro corazón".
Los hijos de Dios son pues un pueblo que peregrina entre los bienes de este mundo con el corazón puesto en los bienes eternos: en Dios mismo.

La Sagrada Liturgia de la Vigilia Pascual comienza con una monición del sacerdote que se refiere a los fieles presentes como una congregación de los que estaban dispersos: “Hermanos, en esta noche santa, en que Nuestro Señor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos diseminados por el mundo a que se reúnan para velar en oración”.
Esta monición expresa la visión que la Iglesia tiene de la situación de sus hijos. La vida de los hijos de Dios transcurre en una dispersión en medio del mundo, que es la ciudad no creyente: el mundo. La memoria de los misterios de Cristo y su celebración los reúne en oración. La unión se hace visible en la asamblea que celebra, canta y ora, lee la Sagrada Escritura: "Esto es lo admirable de esta festividad [la Pascua]: que reúne para celebrarla a los que están lejos y junta, en una misma fe, a los que se encuentran corporalmente separados" escribió San Atanasio .
No sería difícil, recorriendo los libros litúrgicos, documentar los otros aspectos: la condición diversa, peregrina y de opresión. Pero basten aquí estos ejemplos.
Esta conciencia de la Iglesia, que se expresa en la Sagrada Liturgia, es un claro reflejo de lo que se lee en múltiples textos del Nuevo Testamento y de los Santos Padres.

Testimonios de las Sagradas Escrituras
La condición de peregrinos, extranjeros en este mundo la encontramos expresada en varios pasajes del Nuevo Testamento.
Recordaré aquí el encabezamiento y el cuerpo de la primera carta de Pedro; el encabezamiento de la de Santiago y pasajes de la carta a los Hebreos, donde se encuentra en la forma más elaborada.

El encabezamiento de las cartas de Pedro y Santiago expresan este rasgo principalísimo de la conciencia y de la identidad de los primeros cristianos:
“Pedro, Apóstol, a los elegidos peregrinos, extranjeros, de la dispersión del Ponto, Galacia, Capadocia, Lisia y Bitinia...” .
“Carísimos, os exhorto como a desterrados, peregrinos y extranjeros que os abstengáis de las concupiscencias de la carne”
“Santiago siervo de Dios y del Señor Jesucristo a las doce tribus de la diáspora ¡gracia!” .

San Pablo, por su parte, dirá, expresándose con las imágenes de las diversas moradas y el camino: "mientras estamos domiciliados en este cuerpo, peregrinamos lejos del Señor, pues caminamos en la fe y no en la visión, confiamos pues, y vemos con agrado más bien ausentarnos de este cuerpo y estar domiciliados con junto al Señor" .
“Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra” .

En los capítulos once al trece de la Carta a los Hebreos encontramos una verdadera amplificación de estos temas de la peregrinación, referidos a la condición creyente que avanza hacia lo que no ve, pero la fe le garantiza.
Hebreos define la vida del creyente, desde Abraham hasta nosotros, como una peregrinación por tierras extrañas, hacia una patria que Dios tiene preparada y mostrará, pero donde uno, sin saber, ya está pisando: “Abraham, al ser llamado, obedeció saliendo para el lugar que había de recibir en herencia y salió sin saber a dónde iba. Por la fe emigró dejando su casa hacia la tierra de la promesa, como a tierra ajena, habitando allí en carpas, lo mismo que Isaac y Jacob los herederos de las promesas” .
Ellos vivían pues, como extranjeros y peregrinos en una tierra que les iba a ser entregada. Estaban ya en ella sin que fuera de ellos. O mejor dicho: ya era de ellos, pero ellos no lo sabían. Era la fe la que los dirigía y guiaba. Y la fe era obediencia al llamado y a la voz de Dios.

En esa fe vivieron en Egipto como extranjeros y salieron de Egipto como perseguidos y anduvieron errantes por el desierto como refugiados.
En esa fe habitaron la tierra y en esa fe fueron deportados y llevados al destierro, donde vivieron como esclavos.
En esa fe, los justos como Daniel oraban postrándose hacia el templo de Jerusalén y esperando el retorno. Así murieron los justos del Antiguo Testamento anteriores a Cristo “En la fe murieron todos ellos, sin haber logrado las promesas, sólo viéndolas y saludándolas desde lejos” . Como viajeros que pasan y a los que se mira pasar.
“Y confesando que eran extraños y forasteros sobre la tierra. Pues los que hablan de esta manera dan bien a entender que andan en busca de una patria . Y si se refirieran a aquélla de la cual habían salido, tendrían la posibilidad de volverse a ella; pero ahora suspiran por una patria mejor, es decir la celestial . Por lo cual Dios no se avergüenza de ellos ni tiene a menos el ser apellidado Dios suyo; como que les había preparado una ciudad ” .
Ya no se trata solamente de la condición de los cristianos, sino de la condición propia de todos los creyentes anteriores a ellos.
Así como la persecución será propia de los discípulos de Cristo por ser herederos de los profetas, así la condición peregrina, la diversidad y la situación de dispersión les es inherente en cuanto creyentes.
En la octava bienaventuranza, Jesús considera que sus discípulos son profetas y les anuncia que serán perseguidos como les sucedió a los demás profetas antes que a ellos: "de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros" .

Aludiendo a los temas del Éxodo - salida de Egipto, cruce del Mar Rojo, peregrinación por el desierto rumbo a la Tierra Prometida -, Pablo expresa la relación que existe entre aquella peregrinación del pueblo elegido en el Antiguo Testamento y la vida cristiana, en estos términos: “estas cosas fueron figuras referentes a nosotros, [...] les acontecían a ellos figurativamente, y fueron escritas como amonestación para nosotros, que hemos alcanzado la plenitud de los tiempos” .
De parecida manera, la carta a los Hebreos aplica lo vivido por los justos del Antiguo Testamento a nosotros, los cristianos; y concluye que también nosotros somos una nación peregrina como aquellos creyentes lo fueron. Un pueblo que no tiene aquí una ciudad para habitar en ella permanentemente: “No tenemos aquí una ciudad definitiva sino que anhelamos la venidera” .

Resumiendo: De estos textos del Nuevo Testamento se desprende la clara revelación de que quienes vivimos, - y si vivimos -, como hijos de Dios somos una nación santa, peregrina, que no tiene aquí una ciudad permanente y duradera; y que por eso vive dispersa en medio de pueblos y formas estatales que le son ajenas y pueden serle adversas. El principio de unidad que une a sus miembros dispersos, es de orden divino y espiritual, es: El Reino de Dios, Su Rey es Cristo. Pero ese Rey afirma: “Mi Reino no es [como los] de este mundo” : Y Él, que ha de ser tenido por dechado de apóstoles y pastores, manifiesta que no gobierna a su Iglesia como lo hacen los reyes y señores de este mundo, sino de otra manera , que Pedro explicará así: “haciéndose modelo de la grey” .

Doctrina de algunos Santos Padres
Después de recordar estos pasajes significativos de la Sagrada Escritura, recordemos ahora algunos textos de los Santos Padres. Ellos nos muestran cómo se reexpresó, en la tradición viviente, esta fe de la que da testimonio la Escritura.

San Clemente Romano
El Papa San Clemente Romano se dirige desde Roma a los Corintios con una fórmula de saludo muy parecida a la de Pedro y Santiago: “La Iglesia de Dios que habita como forastera en Roma, a la Iglesia de Dios que habita como forastera en Corinto" .
De esta condición de exilio, de alienidad cultural en el mundo, deduce San Clemente la conclusión pastoral de que el cristiano debe estar desapegado de este mundo y no temer salir de él, ya sea por un exilio crítico o contracultural, ya sea por el pasaje por la muerte hacia la patria, en una referencia a la situación de martirio que ha empezado a vivirse en Roma y se extiende por todo el Imperio: “Síguese de ahí, hermanos, que abandonando la peregrinación de este mundo , tratemos de cumplir la voluntad de Aquél que nos ha llamado y no temamos salir de este mundo ”.
Expresiones semejantes se emplean en el relato del martirio de San Policarpo, en el que aparece ya el título de católica aplicada a la Iglesia en su condición de peregrina y en su situación de dispersión universal, que la constituye presente en todo sitio pero no encerrada en ninguno, ni atada a ninguno: “La Iglesia de Dios que vive como forastera en Esmirna, a la Iglesia de Dios que vive como forastera en Filomelio y a todas las comunidades, peregrinas en todo lugar, de la santa Iglesia católica" .

San Justino
En su diálogo con el judío Trifón, san Justino alega un hecho nuevo: hay cristianos entre todos los pueblos y naciones. Justino describe el hecho en estos términos: “No hay raza alguna de hombres, llámense bárbaros o griegos o con otros nombres cualesquiera, ora habiten en casas o se llamen nómadas sin viviendas o moren en tiendas de pastores, entre los que no se ofrezcan por el nombre de Jesús crucificado, oraciones y acciones de gracias al Padre y Hacedor de todas las cosas” .

El Discurso a Diogneto
Este notable documento de la antigua apologética cristiana, llamada por las circunstancias adversas a justificarse ante las naciones entre las que peregrina, contiene una notable expansión descriptiva de la condición cristiana: peregrina, diversa, dispersa mal vista y oprimida, a la que sólo la caracteriza y diferencia un rasgo interior espiritual: el de su pertenencia filial al Padre que vincula a sus miembros entre sí en fraternidad espiritual y los hace familia, ciudad y nación.
El antiguo escrito cristiano que se conoce por el nombre de Carta a Diogneto , parece ser la apología de Cuadrato de la que existían referencias y durante mucho tiempo se consideró perdida.
Transcribimos extensamente el siguiente pasaje de este documento porque es tan explícito por sí mismo que no necesita comentarios:
“5,1 Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. 2 Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás.
3 A la verdad, esta doctrina no ha sido inventada por ellos valiéndose del talento y la especulación de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; 4 sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose al vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y por confesión de todos, sorprendente.
5,5 Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros, toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña . 6 Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. 7 Ponen mesa común, pero no el lecho. 8 Están en la carne, pero no viven según la carne . 9 Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo . 10 Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. 11 A todos aman y por todos son perseguidos. 12 Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida. 13 Son pobres y enriquecen a muchos . 14 Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. 15 Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. 16 hacen el bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si dieran la vida. 17 Por los judíos se los combate como a extranjeros y por los griegos son perseguidos. Y sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el motivo de su odio
6,1 Mas, para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo . 2 El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. 3 Habita el alma en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; así los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. 4 El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; así los cristianos son conocidos como quienes viven en el mundo, pero su religión sigue siendo invisible . 5 La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido agravio alguno de ella, porque no la deja gozar de los placeres; a los cristianos los aborrece el mundo, sin haber recibido agravio de ellos, porque renuncian a los placeres . 6 El alma ama a la carne y a los miembros que la aborrecen, y los cristianos aman también a los que los odian. 7 El alma está encerrada en el cuerpo, pero ella es lo que mantiene unido al cuerpo: así los cristianos están detenidos en el mundo, como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. 8 El alma inmortal habita en una tienda mortal; así los cristianos viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos . 9 El alma, maltratada en comidas y bebidas, se mejora; lo mismo los cristianos, castigados de muerte cada día, se multiplican más y más. 10 Tal es el puesto que Dios les señaló y no les es lícito desertar de él" .

El Concilio Vaticano II: La Iglesia peregrina
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium sobre la Iglesia, ha retomado y hecha propia la visión bíblica tal como la expresa San Agustín: "La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios" . Y en la Constitución pastoral Gaudium et Spes ha reflejado la misma visión de la Iglesia peregrina que se desprende de la Sagrada Escritura y de la Tradición: "Todo el bien que el pueblo de Dios, durante su peregrinación terrena puede procurar a la familia humana, procede del hecho de que la Iglesia es el sacramento universal de la salvación". "Caminamos como peregrinos - prosigue el texto algo más abajo - hacia la consumación de la historia humana", que antes se ha dicho cuál es: "El Señor es el fin de la historia humana" . Ya que el Concilio se remite al pensamiento de San Agustín, detengámonos a analizar la enseñanza de este Santo Padre.

San Agustín
Las dos Ciudades

En la obra de San Agustín titulada La Ciudad de Dios, san Agustín se refiere a la Iglesia y al Mundo por el cual ella transita como peregrina, como dos ciudades, diversas y de algún modo antagónicas. Los arquetipos bíblicos de Babilonia y Jerusalén le dan pie para esta visión que encierra una teología de la historia.
"Hemos distinguido el linaje humano - dice San Agustín - en dos géneros: el uno, el de los que viven según el hombre, y el otro de los que viven según Dios. Y a esto llamamos místicamente dos ciudades, es decir, dos sociedades o congregaciones de hombres, de las cuales la una está predestinada a reinar eternamente con Dios, y la otra para padecer eterno tormento con el demonio, y este es el final principal de ellas, del cual trataremos después [...]
San Agustín reconoce el origen de las dos ciudades en Caín y Abel . Y ve en estos dos hombres los arquetipos del hombre de la inmanencia (este mundo) y del hombre de la trascendencia (la Iglesia). Caín es el prototipo de la religión de la inmanencia y Abel el prototipo del creyente o hombre de la trascendencia, por lo tanto del verdadero adorador.
Caín es agricultor, hombre afincado en la tierra y fundador de una ciudad. Abel es pastor, trashumante y peregrino, va tras sus ganados siempre necesitados de nuevas pasturas, por lo cual no puede afincarse en casas estables, sino que habita en tiendas y moradas provisorias.
"El primer hombre que nació de nuestros primeros padres [Adán y Eva] fue Caín que pertenece a la ciudad de los hombres, y después, Abel que pertenece a la ciudad de Dios. [...] Primero nació el ciudadano de este siglo, y después de aquél que es peregrino en la tierra y que pertenece a la ciudad de Dios, predestinado por la gracia, elegido por la gracia peregrino en el mundo, y por la gracia peregrino del cielo.[...]"
"Así que dice la Sagrada Escritura de Caín que fundó una ciudad; pero Abel como peregrino, no la fundó, porque la ciudad de los santos es soberana y celestial, aunque produzca en la tierra los ciudadanos, el los cuales es peregrina hasta que llegue el tiempo de su reino, cuando llegue a juntar a todos, resucitados con sus cuerpos, entonces se les entregará el reino prometido , donde con su príncipe, rey de los siglos, reinarán sin fin para siempre"

¿Cómo se relacionan ambas ciudades? San Agustín ve ya en la conducta de Caín hacia Abel, el arquetipo de lo que será la conducta de este mundo con la Iglesia, de la ciudad terrena contra la celestial.
He aquí la explicación de cómo y por qué la condición peregrina va unida con la condición de opresión, persecución y victimación del pueblo de los Hijos.

La acedia, causa de la persecución
San Agustín no omite mencionar el móvil por el cual Caín mató a su hermano: por acedia. Porque será el mismo móvil por el cual este Mundo se opondrá a la Iglesia. Ese móvil es la acedia, la envidia religiosa: "Caín, el primer fundador de la ciudad terrena, fue fratricida, porque vencido de la envidia, mató a Abel, ciudadano de la ciudad eterna, que era peregrino en esta tierra" .
A propósito de este fratricidio, San Agustín trae a colación otro fratricidio célebre: también Rómulo mató a Remo. Pero ambos eran ciudadanos de la ciudad terrena. A Rómulo y Remo los enfrenta, precisamente, la rivalidad por la gloria terrena, por el dominio y el señorío. El móvil de este fratricidio es una envidia carnal. No así con Caín y Abel, porque Abel no le disputaba a Caín gloria, dominio ni señorío terreno:
"Abel no pretendía señorío en la ciudad que fundaba su hermano, y éste lo mató por diabólica envidia [acedia] que apasiona a los malos contra los buenos, no por otra causa sino porque son buenos y ellos malos". [...]
"Lo que aconteció con Remo y Rómulo nos manifiesta cómo se desune y divide contra sí misma la ciudad terrenal; mientras que lo que sucedió entre Caín y Abel nos hizo ver la enemistad que hay entre las dos ciudades, entre la de Dios y la de los hombres. Sostienen entre sí guerra los malos contra los malos, y asimismo debaten entre sí los buenos y los malos, pro los buenos con los buenos, si son prefectos, no pueden tener guerra entre sí" .

El trigo y la cizaña en la Iglesia - Un principio de división interior
En la nación de los hijos de Dios, observa San Agustín, no todos son perfectos en la caridad. Dentro de la Iglesia hay también acedia, que es el pecado directamente opuesto a la caridad. De aquí nace una diversidad o heterogeneidad que le es propia y que no impide que tenga algo de aquélla heterogeneidad característica de la ciudad terrena, donde los conflictos y oposiciones, las guerras, nacen precisamente de la rivalidad por los intereses, como entre Rómulo y Remo.
En efecto, aún puede suscitarse conflicto entre quienes están en el camino del bien pero no han alcanzado la perfección, por lo que continúa diciendo San Agustín:
"Pero los proficientes, los que van aprovechando y no son aún perfectos, pueden también pelear entre sí, como un hombre puede no estar de acuerdo consigo mismo; porque aun en un mismo hombre "la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne . Así que el deseo espiritual puede pelear contra la concupiscencia carnal a la manera como pelean entre sí los buenos y los malos, hasta que llegue la salud de los que se van curando a conseguir la última victoria"

La heterogeneidad dentro de la nación de los Hijos de Dios que es la Iglesia no nace solamente de la mayor o menor perfección de sus miembros. Nace también de que, en ella, se mezcla el trigo y la cizaña, los peces buenos y los malos, como en el hombre vive mezclada la carne y la gracia.
A este propósito dice San Agustín: "Ahora, como también llenan las Iglesias los que en la era apartará el aventador, no parece tan grande la gloria de esta casa, como se representará cuando quien estuviere en ella esté de asiento para siempre" . "En este perverso siglo, en estos días funestos y malos [...] muchos réprobos y malos se van mezclando con los buenos, y los unos y los otros se van recogiendo como con una red evangélica ; y todos dentro de ella en este mundo, como en un mar dilatado, sin diferencia, van nadando hasta llegar a la ribera, donde a los malos los separen de los buenos y en los buenos, como en templo suyo, sea Dios el todo en todo" .

De esta manera, San Agustín explica que la nación de los hijos de Dios puede vivir dispersa aún dentro del cuerpo de la Iglesia visible. Y que puede también suceder que se vea oprimida por aquellos malos que están dentro de la Iglesia, mezclados con los buenos. Porque también Caín y Abel vivían juntos, hasta que la acedia precipitó la separación victimando el uno al otro.

Dispersión no es división
Este hecho de la división interior que fragmenta a la Iglesia en partidos carnales ya lo encontró san Pablo en Corinto y diagnosticó su raíz: la jactancia de la carne que busca gloriarse ante los hombres por títulos humanos: riqueza, sabiduría, nobleza, vinculaciones .
Este espíritu carnal divide a los Corintios hasta en el momento mismo de la celebración del sacramento de la unidad, en el momento de la Eucaristía . Debiendo ser la Eucaristía el momento en que los dispersos se congregan para celebrar su comunión espiritual, en la fe, la caridad y en la inhabitación del Espíritu Santo, las conductas todavía carnales, no purificadas, meten su cuña divisora entre los hermanos. Hasta tal punto, que lo que celebran "ya no es la Cena del Señor" sino un simulacro que Pablo reprueba.
Esto les sucede a los corintios porque los motivos que aglutinan a los hombres carnales en grupos, partidos y tribus, convocan y congregan a los hombres en uniones y asociaciones carnales, pero son causa de división espiritual entre los fieles. Esos motivos para asociarse según la carne, impiden la comunión eclesial perfecta en la caridad y en su celebración litúrgica en la Eucaristía. Si el corazón aún es carnal, está cerrado al Espíritu.
Se trata, notémoslo, de los mismos dos amores contrapuestos e incompatibles, al mundo o al Padre, de que habla San Juan y que San Pablo expresa en la carta a los Gálatas hablando de los deseos opuestos de la carne y del Espíritu .
El antídoto que prescribe San Pablo contra esta necedad carnal de la que brotan disensiones y discordias , es la sabiduría de Cristo crucificado , es decir, la de Aquél que, no buscando su propia gloria sino la del Padre, se humilló a sí mismo hasta la muerte y muerte de cruz y por eso fue exaltado para la gloria del Padre . Pablo establece aquí - lo repetimos - la misma antítesis juanina entre el amor al mundo y el amor al Padre en términos de la incompatibilidad entre el mundo y Dios: la fuerza y la sabiduría del mundo son opuestas al poder y la sabiduría de Dios .
Pablo comprueba, en el contexto de este conflicto eclesial de los partidos, que en la Iglesia no todos son espirituales, sino que hay aún muchos carnales . Precisamente las divisiones son necesarias para que queden de manifiesto quiénes son los que viven según el espíritu y quiénes según la carne .
La doctrina paulina que hemos sintetizado nos servirá como punto de referencia cuando, más adelante, hablemos del principio unificador de los dispersos: la celebración eucarística como camino de la crucifixión de la carne y la regeneración en el Espíritu Santo.

Reflexiones
La dificultad para que esta Nación se configure como Estado.
Después de confirmar los dichos de San Agustín con el diagnóstico de San Pablo acerca de la naturaleza de las divisiones que impiden la unión de los dispersos, quiero abrir un paréntesis para una reflexión:
La nación de los hijos no puede darse a sí misma un principio de unidad como el que se dan las naciones de este mundo mediante un Estado a semejanza de los Estados que gobiernan las ciudades de la tierra. La aldea cristiana, es una utopía.
Y ello es así, en parte, a causa de aquella falta de homogeneidad de la nación de los hijos, que están en distintos grados de perfección filial, y que viven, - como ya lo experimentó el mismo apóstol Pablo -, mezclados con falsos hermanos , con malos y réprobos. En la ciudad terrena el buen gobernante se impone al malvado mediante la coerción. En la Iglesia no puede ejercitarse la coerción punitiva (no debiera ejercitarse…). Precisamente a los buenos les está vedada y consuman su bondad renunciando a ella. (Con esto no me estoy refiriendo a las penas canónicas que la autoridad del gobierno debe aplicar en forma correctiva y no punitiva a los delitos tipificados por el derecho canónico).
Por eso, no puede estar ya, en este tiempo, sobre esta tierra, la Ciudad de Dios en un estado pleno y definitivo, acorde a la santidad de los ciudadanos del Cielo: porque dentro de ella hay ciudadanos de la inmanencia que viven en ella como extranjeros residentes y porque no todos han alcanzado aún, dentro de ella, el grado de perfección de la caridad hacia el que tienden y caminan. El uso de la coerción punitiva, lícito en la sociedad civil, queda en suspenso en la sociedad eclesial, y se difiera hasta el juicio de Dios.

El principio de unidad de los dispersos es de orden místico y espiritual y se realiza por vía sacramental, litúrgica, eucarística.

Sin embargo, desde el comienzo, los apóstoles tuvieron ya la tentación de pensar su ministerio apostólico y eclesial a imagen y semejanza de los Estados de este mundo. Y esa tentación del principio, comprensiblemente y como lo muestra la experiencia histórica de la Iglesia, se repetirá a lo largo de la historia hasta nuestros días.

Es aquella tentación de los miembros de la Ciudad de Dios, de configurar la nación de los hijos, a imagen y semejanza de los gobiernos de la ciudad terrena.
Pero, como ya lo dijo el mismo Jesús, los príncipes de este mundo, y los que gobiernan las naciones, actúan sometiéndolas, pero en la Iglesia no debe ser así, (aunque muestra la experiencia que puede ser así, sino que, los que gobiernan al pueblo de los hijos, deben ser, como el Hijo, servidores sufrientes que dan su vida por todos . Lo que debe distinguir a la Ciudad de Dios, es que en ella el poder no se ejerce mediante la coerción, sino mediante el servicio.

Y dado que en la Iglesia coexisten, como nos ha dicho san Agustín, 'muchos réprobos y malos mezclando con los buenos' y no siempre es posible adelantar el juicio ni separar el trigo de la cizaña, se dan en la Iglesia situaciones como las que deploraba ya San Clemente en la comunidad de Corinto: "La sedición, extraña y ajena a los elegidos de Dios, abominable y sacrílega, que han encendido unos cuantos sujetos, gentes arrojadas y arrogantes; hasta punto tal de insensatez, que vuestro nombre, venerable y celebradísimo y digno de amor de todos los hombres, ha venido a ser gravemente ultrajado" , "Nacieron emulación y acedia, contienda y sedición, persecución y desorden, guerra y cautividad. Así se levantaron los sin honor contra los honrados, los sin gloria contra los gloriosos, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos" .
Cómo encara y enfrenta San Clemente esta situación merecería una atención que no podemos darle aquí. Podrá detenerse en analizarla quien esté interesado en observar cómo se ejercita la autoridad eclesial ante la realidad mixta de trigo y cizaña, y donde, peor aún, la cizaña parece haberse impuesto hasta dominar. El de Corinto es un caso concreto de la historia de la Iglesia, donde la intervención de san Clemente muestra que el gobierno de esta nación no es reductible a formas coercitivas, calcadas sobre las de los gobernantes de este mundo, pero donde, de hecho, los carnales pueden imponerse y dominar a los demás .

[En nuestro tiempo un santo pontífice, San Pío X, usó de gran energía verbal y disciplinar para alertar contra el peligro modernista con expresiones severísimas en la Encíclica Pascendi:
1. Pero es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo.
Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.
Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre.

2. Tales hombres se extrañan de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia. Pero no se extrañará de ello nadie que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozca sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de lo verdadero quien dijere que ésta no los ha tenido peores. Porque, en efecto, como ya hemos dicho, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera, sino desde dentro: en nuestros días, el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas; y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper. Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida.]

Pero retomemos el hilo de nuestra exposición y continuemos oyendo a San Agustín
.
El Cuerpo Místico: principio de unidad de la nación dispersa
La Constitución Lumen Gentium ha dado amplio espacio a la visión de la Iglesia como pueblo de Dios. Y es dentro de este aspecto de la doctrina sobre la Iglesia, donde se sitúa lo que venimos diciendo acerca de la nación peregrina, dispersa y oprimida.
Pero la Iglesia no es solamente una sociedad como las demás sociedades humanas. Eso es lo que San Agustín ha tenido el mérito de subrayar con su doctrina sobre las dos ciudades y su diversa naturaleza.
Pero la visión de la Iglesia como pueblo debe ser complementada con la visión de Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Ella, en efecto, no es puramente "el pueblo de Dios" en el sentido en que lo era en el Antiguo Testamento el pueblo de Israel.
Si nos preguntamos acerca del principio que unifica a esta nación peregrina y dispersa, nos encontramos con la teología de la comunión y el misterio. "La Iglesia recibe su connotación neotestamentaria más evidente en el concepto de Cuerpo de Cristo. Se es Iglesia y se entra en ella no a través de pertenencias sociológicas, sino a través de la inserción en el cuerpo mismo del Señor, por medio del bautismo y de la Eucaristía" .
El pueblo disperso de los bautizados se reúne en unidad visible cuando celebra la Eucaristía. Luego de celebrada, el Padre vuelve a enviarlos a la dispersión con el saludo final: Ite missa est, podéis ir en paz.
La Didajé expresa bellamente esta reunión eucarística de los dispersos: "como este fragmento [del pan eucarístico] estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino" .

Comentario al Salmo 60
En su comentario a los Salmos, San Agustín comenta el versículo del Salmo 60 que dice: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica .
Al comienzo del comentario elige, como clave de su interpretación, la doctrina del Cuerpo místico de Cristo: "En este salmo, - si es que pertenecemos a sus miembros y a su cuerpo, según nos atrevemos a creerlo puesto que nos lo dice Él -, debemos reconocer nuestra voz, no la de un extraño. Y no dije 'nuestra', como si fuese sólo la de aquellos que actualmente estamos aquí, sino 'nuestra" entendiéndola por la de todos los que estamos por todo el mundo; por la de los que nos hallamos desde el oriente al occidente. Todos nosotros somos en Cristo un solo hombre; él es la cabeza de ese único hombre, la cual está en los cielos, mas sus miembros sufren aún en la tierra. Y porque sufren, ved lo que dicen: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica"
Se pregunta San Agustín acto seguido: "¿Quién dice esto? Parece que uno solo. Pero - responde - veamos si es uno solo: 'Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido". Y continúa su explicación refiriéndose a la condición dispersa de la Iglesia:

La nación dispersa…
"Por tanto, no se trata de uno solo, a no ser en el sentido de que Cristo, junto con nosotros, sus miembros, es uno solo. ¿Cómo puede uno solo invocar a Dios desde los confines de la tierra? Quien invoca desde los confines de la tierra es aquella herencia de la que se ha dicho al Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión los confines de la tierra. Por tanto, esta posesión de Cristo, esta herencia de Cristo, este cuerpo de Cristo, esta Iglesia única de Cristo, esta unidad que formamos nosotros es la que invoca al Señor desde los confines de la tierra".

Y oprimida…
"¿Y qué es lo que pide? Lo que hemos dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica: te invoco desde los confines de la tierra, esto es, desde todas partes. ¿Y cuál es el motivo de esta súplica? Porque tiene el corazón abatido. Quien así clama demuestra que está en todas las naciones de todo el mundo, no con grande gloria, sino con graves tentaciones ".


El porqué de las tentaciones
"Nuestra vida, en efecto, mientras dura esta peregrinación , no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro avance se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones.
Aquel que invoca desde los confines de la tierra está abatido, mas no queda abandonado. Pues quiso prefigurarnos a nosotros, su cuerpo, en su propio cuerpo, en el cual ha muerto ya y resucitado, y ha subido al cielo, para que los miembros confíen llegar también adonde los ha precedido la cabeza.
Así, pues, nos transformó en sí mismo, cuando quiso ser tentado por Satanás. Acabamos de escuchar –prosigue San Agustín- en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.
Si en Él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él y reconócete también a ti mismo victorioso en él. Hubiera podido impedir la acción tentadora del diablo; pero entonces tú, que estás sujeto a la tentación, no hubieras aprendido de él a vencerla".
Hasta aquí el comentario de San Agustín con el que cerramos este recorrido por textos patrísticos relativos a nuestro tema.

Resumo lo expuesto hasta aquí: según el testimonio de la Sagrada Liturgia, la Sagrada Escritura y la Tradición, Iglesia es un pueblo o nación que no tiene aquí morada permanente, sino que, como peregrina, viaja hacia la patria futura. Y por lo tanto vive aquí dispersa entre las ciudades de este mundo, y sufre opresión y tentaciones en medio de las ciudades de la inmanencia.

Una nación oprimida por acedia
Quiero detenerme aquí en repetir que la causa de esta opresión es la acedia propia de Babilonia .
Como consecuencia de esta condición peregrinante y dispersa, que los hace extranjeros y alienígenas, es decir: diversos, los hijos de Dios son una nación envidiada, mirada con acedia y por lo tanto, perseguida y oprimida por las naciones y los estados entre los cuales peregrina.
Jesús lo había preanunciado: "Seréis odiados por todos a causa de mi nombre" ; "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo os he elegido para sacaros del mundo, por eso os odia el mundo" ; "El mundo los ha odiado porque no son del mundo, como yo no soy del mundo" ; "No te pido que los saques del mundo sino que los guardes del Maligno" ; "Hermanos, no os admiréis si el mundo os odia" . Es una cuestión de pertenencia a Cristo que hace partícipes de la suerte de Cristo, odiado por acedia.
Los cristianos están indefensos entre los hombres como ovejas entre lobos . Hablan una lengua extraña y son odiados.
Viven sometidos a poderes de los Estados de este mundo. Es propio de los gobernantes de este mundo - ya lo decía Jesús - imponer su arbitrio a las naciones sobre las que gobiernan y dominan. Y los cristianos han de acatar a las autoridades de las naciones y pueblos entre los que están y pasan como peregrinos . Estados que, en muchas ocasiones, son sus opresores, sus perseguidores y enemigos.
La enemistad de los Estados de este mundo contra la nación católica dispersa es, en nuestros tiempos, bien evidente, para que tengamos que detenernos demasiado en documentarla. El discurso de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, el 12 de setiembre de 2006, apunta precisamente a desarmar las resistencias contra el Logos de Dios encarnado y subsistente en la Iglesia, en lógica continuidad con la doctrina expuesta por él en la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Jesus ,.
Somos pues una nación, pero no como las demás, sino peregrina, dispersa y oprimida. Sin territorio acotado por fronteras, sin configuración estatal.